lunes, 19 de agosto de 2013

La remuneración del trabajo


El trabajo es el único factor económico efímero y que caduca cada minuto que pasa que ya no se puede recuperar ni cobrar.
      El trueque de trabajo no es trabajo y el trabajo altruista tampoco.

El trabajo hay que reconvertirlo en tiempo para que no corra y sea perenne y para ello hay que transformarlo en mercancía. Es la manera de compactarlo y almacenarlo. El trabajo hecho mercancía además se puede trasegar de aquí para allí de tal manera que: si bien las personas que trabajan no pueden traspasar fronteras, sin embargo, convertido su trabajo en mercancía tiene abiertas todas las barreras.

Al trabajo eufemísticamente se le llama capital humano y así se trata de encubrir que la fuerza de trabajo que existe en el sistema con otro decoro. Un factor económico que también controlan los capitalistas desde el momento en el que pueden invertir allí donde quieran llevando con su inversión la necesidad y la posibilidad del trabajo.
      Cuando desinvierte su capital dinerario en algún lugar como lo hace en muchas ocasiones, decide: que en ese lugar concreto, el trabajo ha de estar almacenado a plazo fijo sin aplicarlo a ninguna mercancía.
      El factor trabajo se remunera con el salario.

Pero el salario estricto es el pago no por el trabajo que se realiza, sino por la entrega del tiempo empleado para realizarlo sin tener presente su especialización, su capacidad profesional o la titulación que lo adorna. Esta característica, en realidad muestra al trabajo únicamente desde una perspectiva animal en la que lo importante es estar y hacer aunque no se entienda para qué estar ni por qué hacer.

El avance de las técnicas productivas, la especialización y la división del trabajo ha tenido como consecuencia que sea necesaria apreciar la diferencia existente entre el valor del trabajo que solamente significa vender unas horas diarias de la vida de cualquier persona,  del trabajo concreto en el que la persona compendia: conocimiento, una capacidad de aportar iniciativa personal dentro de una marco de estricta obediencia, y asunción de responsabilidades y objetivos. Por ello hay que concluir que: aunque se cuantifiquen las horas que se trabaja, es el valor que se le da a esa parte de gestión personal, la que en realidad más determina el valor del salario.
 

      La demostración la encontramos en la realidad: en el mundo del trabajo puesto en el mercado, se hace una clara diferencia entre la parte en la que se contempla y se paga por vender las horas de trabajo y el valor de la capacidad de gestión que se aporta a la organización. Este segundo aspecto aportado en esas mismas horas de trabajo siempre se considera de mayor calidad, más elevado y más valioso.


      A esa aportación extraordinaria e individual que se hace de trabajo, le podemos llamar si queremos: gestión.
      Ese aspecto que más se valora de forma sistemáticamente.
      El tiempo de la vida de las personas no vale nada.
      Para ponerla en valor en el mundo laboral y obrerista, incluso en el mundo empresarial, desde una visión ética de esta relación, hasta hace muy poco tiempo se entendía que la remuneración de estas otras capacidades que se aportaban en el mismo tiempo de trabajo, no podía ser tres veces mayor que el valor de la mano de obra directa y básica, especialista se suele llamar en los convenios.
       En la práctica, en la actualidad, a poco que se gestione en el puesto de trabajo se puede doblar el salario. En algunos casos se está llegando a pagar por esa labor de gestión hasta cien veces más que la base salarial que vienen a cobrar quienes solamente entregan sus horas en tareas sencillas, si acaso con algunas horas más de trabajo.
      Este ha sido un cambio significativo en los últimos tiempos y ahora quienes se dedican a pensar y reflexionar sobre esta cuestión hablan de que no podría ser más de doce veces ese salario.
       Otro imposible sin romper con el sistema en todos sus aspectos: económicos, sociales, culturales, educacionales y organizativos.

Por otro lado, vivimos tiempos en los que las mejores mentes y las más pensantes aconsejan a las personas que no tienen trabajo, que aunque no les guste, deben aceptar cualquier trabajo a cualquier precio. Estos sabios justifican sus consejos con los argumentos más peregrinos: el primero de ellos: la necesidad de tener dinero aunque para ello se haya de perder el valor de la única herramienta que tiene para ganarse la vida. Incluso a las personas que por su capacidad y por su cualificación pudieran estar en disposición de aportar una dosis importante de gestión les recomiendan que se olviden que con los que están gestionando ya son suficientes y que ellos vendan su tiempo a cualquier precio para adquirir experiencia.
      Una estafa social en toda regla.

En el mercado se combina siempre la oferta y la demanda.
       A mayor demanda mayor precio.
       A mayor oferta menor precio.
       En cada sector laboral hay oferta y demanda diferente, por lo que se entiende que la remuneración del trabajo nunca es igual para todos los oficios. Las habilidades especiales y los esfuerzos físicos o intelectuales necesarios para ejercerlas, tampoco crean diferencia en la valoración de los empleos. La base de la remuneración viene determinada por la capacidad de presión y fuerza que en el paso del tiempo, han tenido los sindicatos que han defendido a las personas que tenían trabajo en cada sector, oficio punto y lugar.
       El precio el trabajo se ha establecido desde la influencia y apremio ejercido desde la idea asentada desde el confín de los tiempos de que el trabajo es la fuente de todos los derechos de quien trabaja, sin importar nada más que la defensa del precio entre la oferta y la demanda.

Para el reparto de las rentas que participan en el sistema y en concreto para remunerar al trabajo, se ha creado un entramado absolutamente irracional con la entremezcla de los salarios mínimos profesionales marcados de forma general o en convenios sectoriales o territoriales o en convenios propios de empresas que hacen del valor del trabajo un elástico que se amolda allá donde conviene y que nada garantiza a nadie, sino la posibilidad de que nada más que con el valor del trabajo se pueda adecuar el coste de las cosas al mercado.
      La remuneración del trabajo dentro del sector en el que se trabaja se ve directamente afectada por el total de las horas que se trabaja, que se ven reducidas muy poco a poco en los convenios y sin hacer ascos a las horas extras. Bajo ningún concepto se valoran otros condicionantes, si acaso con mínima incidencia los objetivos de producción. Pero es conveniente saber que estos convenios de los distintos sectores son diferentes: no por la calidad y la escasez de trabajo que valoran y ponen precio, sino por la presión que son capaces de hacer los sindicatos en las negociaciones colectivas y de la dependencia que tienen esos sectores en la economía en la que se desenvuelven.
       Pero lo más importante en la remuneración del trabajo es: que todos los aspectos por los que se le paga a quien vende su trabajo por cuenta ajena o propia, se han aislado de tal manera en la contabilidad pública del sistema, que los derechos que emanan no se mezclan ni confunden en ningún momento con otras remuneraciones y con otros conceptos sociales y económicos, por tanto: se impide que el factor trabajo pueda tener otras rentas o pueda absorber recursos de otros factores sociales o económicos para incrementar su remuneración.

Además del salario el trabajo tiene otras remuneraciones:
       ·       Las pensiones comunes y las de invalidez
       ·       Las bajas por enfermedad común o profesional.
       ·       Los subsidios de desempleo y la formación para el empleo.
       ·       Y el fondo de garantía salarial.
       Desde el diseño que se ha hecho en las últimas décadas del sistema, todas estas remuneraciones que se realizan en concepto del factor trabajo y que forman parte del reparto de las rentas que participan en la actividad económica, se hacen a cargo de los ingresos que aportan las cargas impositivas y las llamadas cargas sociales que tienen de los mismos rendimientos del trabajo las personas empleadas.
       Con esta manera de hacer, lo que se pretende por parte de la ingeniería política, es dar la apariencia de una solidaridad obrera o de una autogestión del factor trabajo y no crear dependencia con otros factores públicos o privados, pero en realidad supone un aislamiento del factor trabajo del resto para de una manera más tajante, poder limitar la cuota parte de su renta y que no entren a valorarse otros factores sociales y circunstanciales existentes, muchos de ellos naturales y colectivos, que pudieran ser de reparto idéntico para toda la población.

Esta situación solamente se da para el trabajo menos cualificado puesto que para los más cualificados se buscan otras remuneraciones, por otros conceptos, por otras vías: participaciones remuneración en especie, planes de pensiones de empresa o particulares, primas por despido, en el que para nada puedan dañar los intereses de otros factores económicos.
       Es muy importante este pequeño detalle.
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viernes, 5 de julio de 2013

Animadores al trabajo

Para dar una imagen real de quiénes son los animadores sociales  que predican sobre el trabajo sin que ellos se dignen a dar ejemplo, y para verlos colocados a cada cual en el escalón jerárquico que le corresponde en la línea de mando, podemos recordar la película de Charles Chaplin que se titula: El gran dictador.
     En una de sus escenas hay un cañón militar dispuesto para disparar al enemigo. Delante del cañón está    posicionada toda la cadena de mando que ha de ejecutar la maniobra de disparo del armatoste. Para pulsar el detonador del artefacto, el coronel da la orden al comandante que a continuación se la transmite al capitán y éste al teniente y el teniente al sargento.
     Todos dan la misma orden: disparen.
     Y es el soldado, el último de la fila  el que tiene que disparar después de que ya antes, hubiera sido él mismo quien había acarreado y cargado la munición mientras todos le miraban.
     Era una expresión de lo que era la jerarquía de mando y de cómo las filas se disciplinan para que obedezcan.
 
Estos elementos son la viva imagen de quienes no trabajan ni piensan en trabajar y animan a los demás a trabajar mientras ellos hacen aquellas tareas para las que no es preciso tomarse ningún trabajo y que además las cuelgan de presunción y galones.
     La secuencia demuestra que su trabajo no sirve para nada
Y ahora la falta de trabajo, de ese trabajo inútil, nos la presentan tan grave que los animadores del trabajo nos siguen insistiendo en que debemos formarnos para trabajar. En estos tiempos en los que se alimenta el desempleo aconsejan a quienes no tienen trabajo que lo que no cursaron de niños cuando iban a la escuela lo cursen ahora.
     Hay que formarse para trabajar, dicen.
     Ellos no hace falta que se formen: ya se lo saben todo.   
     ¡Que no hay otra cosa que tenga más sentido en la vida que el trabajo: que un puesto de trabajo aunque sea mal pagado es tan necesario como respirar¡
    Lo dicen de un tirón sin respirar ni nada que no lo necesitan.
    Si me pongo a pensar sobre quiénes son los que más hacen por animar a la población para que trabaje, aquellos que dicen que es necesario más trabajo y más esfuerzo general para que el común salga adelante, y limpio de prejuicios mi reflexión, me doy cuenta de que en realidad son las voces más vagas de la sociedad.
     Aquellas que nunca se han quedado roncas trabajando.
Todas aquellas bocas que mientras otros están pelando las patatas, meten la cuchara en el caldero sin pelar nunca una patata. Piensan que el derecho a comer las mejores patatas se lo ganan de otra manera: aunque no tengan ni idea de cómo hacerlo, mientras come las patatas, están pensando qué hacer para que pelar las patatas sean más rentables y concluyen con la boca llena que los peladores han de estar más tiempo pelando patatas y han de pelar más y más rápidamente para cuando haya demanda poderlas vender. Como ellos necesitan de tantas patatas para calmar su estómago codicioso, no piensan en otra cosa que los peladores sigan pelando patatas aunque no quepan más en el caldero, y cuando del caldero caigan al suelo y se empiecen a pudrir, ya tendrán la crisis de las patatas y de los peladores de patata para justificar todo lo que pueda ocurrir como consecuencia.
     ¡Poner más patatas en mi plato!
     A la vez que comen las patatas reflexionan sobre el hecho de que los peladores de patatas, al menos un par de veces en la jornada, paran a descansar y a tomar un café y comer un algo. Ellos saben que este hábito es muy contraproducente para la productividad general de la actividad de las patatas. Nunca piensan en que en ese mismo lugar ellos se pasan todo el día vigilando para que se trabaje sin otra obligación que no hacer nada, sino mirar a ver quién trabaja y cómo trabaja y comer patatas. Nunca se les ocurre que si ellos pelaran alguna patata bien se podrían tomar un café en un rato que además debieran de alargar cada vez que el caldero de patatas estuviera casi a rebosar.
     ¡Qué gente siempre pensando en cómo trabajar los demás!
Curiosamente, quiénes más animan el trabajo son:
     ·       Las personas, instituciones e ideas que tienen un carácter muy amable y convincente y un mensaje muy altruista y que con sus consejos alientan a los demás a trabajar.
     ·       Todas aquellas fuentes de la necesidad humana que hay quien las alimenta haciendo correr el agua pero de las que nunca beben.
     ·       Esas maneras de comunicar aquellas consignas e instrucciones que tratan de que todo lo que hayan de hacer las personas en su vida vaya encaminado a que sea de provecho y a trabajar y a ganar dinero.
Estos imprescindibles para fomentar el trabajo son quienes:
     ·         Animan a los emprendedores que tienen ideas originales para un nuevo negocio, aunque en realidad no son negocios sino invenciones con las que trabajar seguramente en algo inútil aunque esperen con ese trabajo comer el día de mañana.
     ·         Se empeñan con denuedo en predicar que las personas se han de formar para encontrar un empleo. No importa otra cuestión salvo pensar en qué se ha de trabajar el día de mañana y asumir que es su deseo.
     ·         Hacen de cualquier trabajo una mercancía que se puede comprar y vender y entre medio ganar algún dinero, no por el trabajo, sino por las oportunidades de especular que da la vida.
     ·         También en estos tiempos en los que no hay empleo para hacer ver que se hace algo, son los gobiernos que han decidido que las personas paradas se vean obligadas a que por muy mayores que sean se pongan a estudiar si quieren seguir ser subsidiados aunque sea a costas de hacer dejación de los derechos fundamentales e ir perdiéndolos.
Ahora que ya no hay trabajo ni para los que tienen dos carreras.
     ¡Cuánto trabajo para no trabajar!
      De manera permanente desde las mismas cajas de resonancia y desde todos los rincones del mundo predican y animan al trabajo. Los mensajes incansables recuerdan a los pobres: que el trabajo es una manera de vivir que dignifica, porque el trabajo dignifica la vida, y  hay que aprender a ser pobres pero trabajadores y honrados.
     Los redobles hacen vanagloria de laboriosidad, sobriedad, buena voluntad y disposición para trabajar muchas horas a cambio de lejanas ventajas, inclusive sumisión a la autoridad.
Ahora, las mentes más vinculadas al sistema, ante la necesidad económica que nos corre, alentada por el viento en contra, dicen que es necesario fomentar el I+D como una manera de fomentar el trabajo y de crear puestos de trabajo tan necesarios para reactivar la economía.
     Cualquiera se opone a esta idea.
     ¿A quién se le ocurre poner barreras a los científicos…?
      Son los expertos modernos en inventarse necesidades y trabajos.
      -          Grandes lentes para buscar vida en la estratosfera.
      -          Videos y video juegos para los que viven en la tierra.
      Ahora que me he remangado diría más: ni las socorridas excusas de que los centros científicos y tecnológicos investigan el cáncer: valen… y más cuando no son capaces de investigar en otros ámbitos, en otras necesidades más elementales de la humanidad como pudiera ser que ya no se les murieran más críos de hambre.
       Ese sí que sería un buen trabajo que nadie lo va a inventar.
Todo reaparece tal y como estaba previsto en última instancia por el dios del universo el día que creó el mundo, y ahora es ratificado por los nuevos defensores del trabajo por encima de todas las cosas y por quienes se han proclamado de los trabajadores y que buscan en lo que llaman progreso el destino final.
      Al final, este sistema económico se ha construido sobre la filosofía que emana de una civilización que se ha conformado a base de costumbres, hábitos y leyes sagradas y el paso de los años y la sucesión de las generaciones una tras otra que muestra la una a la siguiente la necesidad de trabajar y necesita de mensajeros y predicadores.
Así, con la estructura de: poder, jerarquía y propiedad privada se ha establecido que una mayoría del género humano haya de vender una cuarta parte de su vida a un tercero. Una vida propia entregada a una dedicación en la que tiene que hacer lo que le dicen que haga y tiene que hacer de su persona lo que quieran que sea.
      Es importante llegar a ver la contradicción existente en el hecho de que quienes más defienden el sistema del trabajo aunque sea en cosas inútiles son los propios trabajadores. También son ellos los que más animan sobre todo a sus hijos a trabajar, y son quienes viendo el valor que le ha dado el sistema a su propio trabajo se muestran incapaces de vislumbrar para su descendencia que hayan de trabajar lo necesario para vivir y para poder disfrutar de lo más sencillo.
      Esta es una situación absurda y aberrante que además trata de degenerado y descerebrado a quien así la pinta..
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domingo, 30 de junio de 2013

Los emprendedores

     Aunque nos pueda parecer mentira, las grandes inteligencias del sistema son las más acérrimas enemigas del desempleo. Desde su propia lógica, sus neuronas son las más preocupadas por tener todos los brazos de la humanidad ocupados. Hasta en el tercer mundo procuran que no estén paradas las manos de la infancia y hacen para que la gente trabaje para que la maquinaria de multiplicar el dinero no pare y llene los cazos de la abundancia.
     El sistema tiene una necesidad permanente para la reproducción del propio entramado. Son los emprendedores quienes lo fecundan. En estos tiempos de crisis, es, cuando el propio fracaso del sistema exige que haya personas que valientes y solitarias tomen el relevo de los últimos quemados por las dificultades. Nuevas voluntades que sustituyan a quienes acabaron fracasados, a quienes resultaron derrotados en las últimas batallas, de aquellos que han quedado sin armas ni bagajes.
     Son los nuevos emprendedores, aquellos que no saben muy bien de qué va la cosa, quienes puede hacer galopar al sistema hasta la siguiente crisis. Es la nueva carne humana que recluta el sistema que puede ser hasta de mayor calidad y así el tejido se va regenerando de nuevo.
Los gestores del sistema, los animadores y defensores del Estado y del estado de cosas que se viven en medio de una crisis que no pueden cabalgar porque no pueden ni pensar en la necesidad de cuestionarla en su totalidad, necesitan urgentemente opositores al fracaso para sostener el sistema y el Estado.
     Hay que apoyar a los emprendedores.
     Hay que ayudar para que la gente inicie nuevos proyectos.
     Hay que facilitar la tarea a los que tienen una idea y la realicen.
     Claman permanentemente, por los emprendedores, por los cabos de varas que han de meter en el cuartel a la tropa que quiere trabajar.

Se busca: personas que a ser posible sean jóvenes, que traigan las fuerzas y ganas sin gastar, mentes creadoras de nuevos inventos y de nuevos trabajos, héroes que estén dispuestos a alcanzar la gloria desde el mérito que supone ser capaces de facilitar que otras gentes tengan dónde vender su fuerza de trabajo.
     Es así de sencillo: emprender, para que el sistema pueda seguir reproduciéndose con la rotación de personas e ilusiones.
     Como en el cuento de nunca acabar.
     Se necesitan nuevas estrellas, nuevas ambiciones para alimentar de hojarasca la hoguera de las presunciones, la corona de laurel de quienes triunfan a costa de cualquier indignidad que se pueda imaginar.

Las fuerzas económica y de propaganda, reclaman sin rubor y de manera absolutamente irresponsable: para que aparezcan personas que estén dispuestas a tomar desde abajo el relevo. Siempre hay alguien que está dispuesto a arriesgarse y sacrificarse por su proyecto: el ingenio de un nuevo trabajo con el que alimentar y justificar el sistema y mantener a la gente trabajando aunque sea para nada.
     Son los emprendedores.
     Gente admirable porque en realidad hacen y no saben qué se hacen.
Los emprendedores llegan por tres vías diferentes:
      
     Los que ya han fracasado al menos una vez.
    Muchos de los nuevos emprendedores, ya fracasados en alguna otra tentativa, tratan de componer su figura para ser uno más de los redentores del sistema y redimirse a sí mismos. Sin duda que están convencidos de que no fueron ellos quienes fracasaron sino que fueron las circunstancias que lo acordonaron.
     Es esa idea que casi siempre por necesidad vital de subsistir, se arraiga en la estupidez humana y hace que vuelva a tentar de nuevo a la fortuna, sin creer que va a tropezar en el mismo sitio.
     Algunos de estos emprendedores son recurrentes recalcitrantes que ya lo han perdido todo y tienen que volver a empezar con lo que sea y como sea para tratar de recuperarlo.
     Tienen tanto mérito como el peligro que representan.
        
      Los que emprenden por primera vez.
     Son gente joven con iniciativa y ambición. Casi siempre son jóvenes con ganas de salir para adelante. Nada saben de casi nada, seguramente que ni de lo suyo, y nada, de lo que es y significa una empresa, y cuando alguien les advierte no lo quieren ni escuchar porque tienen una idea que sacar adelante y muchas ganas de trabajar que es lo importante.
     Es lo que hace la inocencia y la ignorancia.
     Una idea que me viene a la cabeza como una nube negra: es que estos jóvenes emprendedores son la verdadera carne de cañón del sistema, más si cabe, cuando en su gran mayoría emprenden en sectores de poco valor añadido y escasa dificultad y tecnología y piensan que pueden sacar valor del trabajo de los que son sus iguales.
      Ninguno de ellos presiente que se ha de jugar todo lo que tiene en una partida, que la tiene perdida de antemano.
      
      Asalariados que quieren tener su propia empresa.
     Antes eran los trabajadores por cuenta ajena quienes daban el salto a crear su empresa. Su último trabajo fue el trampolín que utilizaron muchos emprendedores en las últimas décadas. Ahora esa salida no se concibe porque en el fondo se reconoce que se está muy bien cobrando cada mes el salario y procurando hacer valer todos sus derechos como trabajador, a la par que se observa con el rabillo del ojo al paisano empresario que no vive de noche ni de día aunque sea yendo de  aquí para allá montado en su Mercedes.
     En los últimos años, quienes desde su experiencia laboral por cuenta ajena trataron de poner en marcha proyectos con los que pensaban en hacerlo mejor que donde estuvieron trabajando y ganar más dinero, han sido aquellos trabajadores que fueron convencidos por algunas empresas para las que trabajaban y mal cobraban, de que se hicieran autónomos. Les aseguraban que subcontratados, si organizaban el trabajo por su cuenta y trabajaban más, más dinero podrían ganar.
     La gran mayoría de las veces estas esperanzas no se cumplieron.
     Son ahora una de las más trágicas consecuencias del fracaso.

     Hay pequeños empresarios que nacieron de una voluntad firme de dejar de ser asalariados, de trabajar por cuenta ajena. El resto de los trabajadores, sus antiguos compañeros, los odian como traidores que son a su clase y nunca les perdonan posiblemente porque se llevaron con ellos los secretos que se guardan en el alma proletaria.
Quizás no sea odio ni prevención, sino que los envidian porque el pobre siempre ha de ser pobre y el proletario siempre proletario.

     Los emprendedores profesionales
    Sin embargo hay otros emprendedores que se pasan la vida emprendiendo. Son las grandes corporaciones o grupos empresariales que saben muy bien lo que significa esa labor de emprender y si es preciso: fracasar y volver a emprender. Entonces hacen que las instituciones públicas paguen su voluntad para no irse con la empresa a otra parte.
Para ser emprendedor no es preciso nada, salvo que se te meta una idea en la cabeza y te hagas al propósito de que con esa idea te vas a poder ganar la vida y que vas a posibilitar que otras personas que no son emprendedoras también se la puedan ganar contigo.
     ¡Menuda obra social!
     Es una manera eufemística de ocultar el deseo de hacerse ricos.
     A nadie le llama la atención que la gran mayoría de los que un día fueron emprendedores, digamos en los últimos treinta años, cuando las cosas eran relativamente más sencillas y se llevaba a favor soplado el viento por las necesidades sociales y de bienestar, pasado el tiempo se arrepintieron de haber emprendido nada.
     Los emprendedores de antes, ahora, desesperados, pretenden convencer a las personas jóvenes para que creen trabajo y a ser posible para que les compren sus negocios. Es una nueva manera de engañar a las nuevas generaciones que además: suelen ser las mejores.
     Para que las empresas funcionen deben dar beneficio, si no: no funcionan y desde hace algunos años la empresa tal y como está concebida, si está basada en el buen hacer empresarial: no da dinero.
     Y para que la empresa tenga su sentido ha de hacer o dar algún servicio que tenga utilidad social, y en la actualidad es difícil encontrar esa utilidad en nada de lo que se imagine, y ya, ni siquiera construir casas o fabricar coches: tiene sentido.
     Ahora, quien quiere emprender por primera vez, ve más cerca el fracaso que el posible éxito de sus sueños. Los que ya han fracasado alguna vez, aquellos que en otros tiempos hubieran podido emprender de nuevo  de alguna manera, ahora han quedado con una insolvencia tan profunda que les es imposible empezar de nuevo.

Esta crisis que nos lleva en los últimos años y que parece que se le haya roto los frenos, ha dejado el campo en un erial tan inmenso y seco para los nuevos emprendedores es absurdo  emprender nada.
Mejor si iniciamos entre todos: el cambio del sistema.
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domingo, 23 de junio de 2013

Los sindicatos


Los sindicatos son un elemento más del engranaje del sistema económico que nos absorbe y que nos hacen odiar al trabajo cuando tenemos trabajo, y soñar con poder trabajar cuando nos falta. Son las instituciones que en última instancia animan al trabajo y a la creación de empleo, puesto que quienes tienen trabajo: los trabajadores, son sus clientes potenciales y no pueden ir perdiendo poco a poco su cuota parte del negocio y con una parroquia a la baja.
      Viven en el mismo estado de agonía y descrédito que vive el propio sistema. Aunque los sindicalistas no lo reconozcan, ellos mismos, también han podido comprobar que el producto que venden, mantener el concepto de trabajo como hace más de cien años, de nada le sirve a una sociedad en la que el propio trabajo suplanta la esencia de su existencia.
Un día, en una empresa en la que estaba prestando mis servicios de consultoría, había que hacer elecciones para elegir al representante sindical. Uno de los trabajadores lo había requerido de la mano de uno de los sindicatos que operan en el sector. Una vez convocadas las elecciones, fueron avisadas el resto de las centrales sindicales que tienen derecho a ser informadas del proceso elección en cualquier empresa.  Finalmente dos organizaciones se quisieron presentar para que la candidatura electa estuviera adscrita a su organización.
     La primera candidatura planteó una pelea muy cutre para evitar que otra candidatura alternativa del sindicato contrario pudiera presentarse con la aquiescencia de la empresa y la pudiera dejar fuera de juego. Porque es cierto, que la segunda central pretendía que la dirección de la empresa eligiera a la persona que encabezara la candidatura a su conveniencia pero bajo el manto de su central.
     La pelea entre los dos representantes fue bastante lamentable.
     De cada una de las centrales, aparecieron en la empresa los representantes del sector en el que estábamos para ofrecer sus servicios sin llegar hablar directamente con los trabajadores y sin embargo me utilizaron de mediador sin haberme prestado en ningún momento a esta labor y trataron de convencerme de sus virtudes para que les apoyara.
     La primera central me prometió lo siguiente:
     ·      Desde su sindicato, pasara lo que pasase, no nos iba a molestar para nada en nuestra actividad con reivindicaciones de ningún tipo.
     ·      Se ofrecían a prestarnos sus servicios de asesoría laboral, incluso si era en conflictos laborales con los trabajadores.
     ·      Para mostrarnos su apoyo, nos incluirían en el catálogo que tiene el sindicato de empresas amigas para que sus afiliados de la zona hicieran sus compras en nuestro establecimiento.
Lo cierto es que en aquella empresa en la que se trabajaba bajo unos criterios cercanos a la esclavitud, se necesitaba una acción sindical que concienciara a la empresa y también a sus empleados: de unas mejoras importantes en la concepción y organización del trabajo en la seguridad e higiene y de la duración de la jornada laboral.
     Ninguno de los dos estaba preparado ni dispuesto a hacerla.
     Estaban a lo suyo: una labor comercial de su fuerza y marca.
    
     En realidad los sindicatos son unas organizaciones que también se han creado en el entorno del trabajo, de los trabajadores, de los derechos laborales y la formación para trabajar y de ello han hecho no la razón de su existencia sino su modo de vida. Las consideradas centrales sindicales mayoritarias han logrado, atendiendo las necesidades menos imprescindibles del sistema y sin que nadie las cuestione, darle la mínima conjunción y credibilidad necesaria al propio sistema.
      Pero en realidad lo que han conseguido es una red, una estructura en la que miles de sindicalistas tienen un puesto de trabajo y de paso ser una fuerza de choque y de presión o una polea de transmisión con la que pueden incidir en toda clase de decisiones políticas y sociales aunque nada tengan que ver con el mundo del trabajo.
     Otra tela de araña tejida de trabajo surgida del invento.
Los sindicatos en la actualidad, nada tienen que ver con aquellas organizaciones que nacieron hace más de un siglo, de la mano de obreros valientes y justicieros que luchaban contra el hambre y la miseria y que desde una labor absolutamente altruista lideraban a los suyos y les llamaban a1 rebelarse contra el amo. Aquella era una labor  en la que los mejores trabajadores entendían sus reivindicaciones como el primer paso para conquistar el poder político y cambiar el mundo.
     Todo ha cambiado desde entonces.
     Ahora son profesionales, no sé si obreros o trabajadores.
     No pueden reivindicar cuestiones políticas sino sindicales.
     Tienen que mantener engrasados los engranajes del sistema
     No pueden romper la máquina que los alimenta.
     Llaman al orden y la concordia y están alerta de las líneas rojas.
Si los sindicatos sirvieran para algo de lo que se les supone sirven, tomando como base su historia y tradición, sin duda esas estructuras serían financiadas con los pagos de los beneficiarios por sus servicios y por las bolsas de resistencia que se creaban ante cualquier conflicto. Nunca cogerían ni un céntimo de sus enemigos. Sin embargo como no son capaces de dar la suficiente satisfacción a los clientes aque apoyan y asesoran, entonces, con excusas bien conformadas a lo largo de los años consiguen que sea el Estado quien los financie y que les posibilite líneas de negocio con las que poder tener un chiringuito propio.
     Esta circunstancia sirve para los que en definitiva trabajen para el Estado y por ende para el sistema. O sea que nunca llamará a la rebelión para acabar con el sistema como lo hicieron antes y mucho menos contra ese Estado en el que cuelgan todas sus esperanzas.
     Una vez financiados por el Estado los sindicatos ya son uno más de los valedores del sistema que nos contemplan, y sin ni siquiera ocultar su estrategia: son precursores por encima de todo del poder del Estado. También alimentan el pensamiento social en función de la necesidad del trabajo, su ordenamiento y sus diferentes escalados en los que se ubica no su poder, porque en el sistema ya está todo decidido, sino su pesebre.
En la actualidad, la labor de los sindicatos ya no es la de revolver la sociedad desde sus entrañas obreras como tradicionalmente se había entendido, sino que se ha especializado en plantear dentro del sistema todas aquellas ocurrencias positivas que puedan aportar y desarrollar para que nada cambie y para que el sistema se realimente. También su tarea consiste en procurar que todas las relaciones de trabajo sean cada día más complejas, confusas y difíciles para crear una cierta dependencia y que en nada de lo que hay establecido pueda romper su devenir, y de paso, que los trabajadores que están afiliados salgan favorecidos en la marabunta.
     Va, todo un cuento que para qué contar.
     Las circunstancias son diferentes cuando se refiere a aquellos sindicatos que se consideran independientes, en las últimas décadas se han creado sindicatos obreros de todas clases que son exclusivamente especializados en asuntos de un sector específico o de una empresa concreta, o que tratan en exclusiva de determinados profesionales. Estas organizaciones lo único que hacen es reconocer el sistema como injusto, pero sin embargo, únicamente tratan de hacer valer sus derechos específicos por encima de los derechos de otros trabajadores y en ocasiones aprovechando de forma desmedida su posición en la organización de la actividad económico y social o lo que es lo mismo aumentar la injusticia.
Estos sindicatos nunca cometen el pecado de ir contra el sistema ni se les ocurre meterse en política, se consideran los más honrados y consecuentes cuando no es más que manera egoísta de preocuparse por lo suyo y dejar de preocuparse de los asuntos de los demás.
     Todos predican la unidad en torno a ellos mismos.
     Unidad de acción le llaman.
    
     Los empresarios también tienen sus sindicatos.
     Parece mentira hasta dónde se llega a jugar con las palabras.
     Sus organizaciones sindicales también suelen defender el mundo del trabajo para que haya más disposición de trabajo más barato y más dúctil. En esta confederación unen sus intereses grandes y pequeñas empresas o empresarios mostrando una ensoñación de intereses comunes desde su parco conocimiento de una realidad aparente en la que se mezcla sin juicio el agua y el aceite.
Desde el mundo sindical además también se tiene una perspectiva de la sociedad muy interesante: de una manera ladina los sindicatos de ambos lados han ido organizando una tela de araña de mesas sectoriales y planes de formación para el trabajo y para el mundo de la gestión empresarial y sus necesidades: técnicas modernas de mando, con el que han conformado una actividad económica paralela al mundo que funciona a su aire para justificarse.
Estos sindicatos ya consolidados en el sistema se puede decir que son los primeros en aprovecharse de los potenciales beneficios de los unos y del trabajo de los demás.

domingo, 16 de junio de 2013

Los empresarios

     Las madres, esposas abnegadas de empresarios nunca permiten a quienes alumbraron que sigan los pasos de su padre, y si los siguen porque al chico o a la chica le gusta y porque para eso han estudiado, siempre lo aceptan a regañadientes y poniéndose al lado de quienes parieron y enfrente del padre empresario. Cuando tienen que acudir a la empresa familiar porque no les queda otro remedio si no tienen otro trabajo mejor, las madres lo aguantan de muy mala gana.
     Esto lo he comprobado el cien por cien de las veces.
     Hace unos veinte años me hice socio de un club de empresarios con la intención de aprender de aquellos que decían que eran lo que yo pretendía ser más por necesidad que por ganas.
     Quise conocerlos de cerca y me apliqué con denuedo.
     Desde allí me hacían llegar diversos manuales sobre todas las artes de la empresa y de vez en cuando asistía a alguna de sus reuniones y debates en las que más que participar escuchaba.
     Mezcla de timidez y prudencia, de curiosidad y avidez.
     Recuerdo que en alguna ocasión asistí a buenas conferencias de las que aprendí algunas cosas con las que en realidad, casi ninguno de los asistentes estaba de acuerdo.
     La verdad es que estar entre medio de empresarios, algunos con más años de los que yo tengo ahora, aunque de nada me servían, era como darme un baño de orgullo y sabiduría por las capacidades que daban a entender con sus palabras aquellos que se vendían como héroes sociales aunque a mí me parecieran unos pedantes.
      Enseguida me di de baja.
Aunque era bastante joven, para entonces ya me había dado cuenta de que la mayoría de los empresarios que había conocido apenas sabía nada de lo que era una empresa, y muy poco sabían de la suya propia y que el mundo empresarial no lo concebían más que desde su ombligo y que más que observarlo, lo rascaban. Había advertido que en realidad el único interés de aquellos era alimentar su ego y su prepotencia y lo que más me afectaba era que en el fondo despreciaban a la mayoría de las personas que trabajaban en sus empresas a los que en buena medida consideraban de su propiedad.
Después he comprobado que la realidad en la que viven estos presuntos triunfadores que les lleva a creerse superiores a quienes les rodean les aventaja. Se invisten de una prepotencia que se manifiesta del mil maneras, una de ellas es determinante: el titular de la gran mayoría de las empresas, aunque su forma jurídica sea la de sociedad limitada con varios socios, en realidad, son empresas unipersonales en las que prácticamente no hay ninguna posibilidad de socios dueños de la propiedad, participen en la gestión, ni cualquier otra acción social. Son amos que no permiten que nadie pueda hacer lo que está bien si no es lo que ellos quieren, y aunque ni siquiera sepan en realidad lo que quieren, para ellos es igual, que si eso ya lo pensarán otro día, cuando tengan más tiempo que ahora no tienen y bastante tienen en qué pensar.
     Así son la gran mayoría y así lo cuento.



También debido a las relaciones que he tenido que hacer, mantener y romper por mi trabajo a lo largo de muchos años, consecuencia de mis actividades profesionales de apoyo a la gestión empresarial con la que me he ganado la vida y que me llevaban en ocasiones a tener una relación muy especial de sinceridad, complicidad y confianza, he conocido a fondo y en casi siempre a brazo partido, a muchas personas que se llamaban a sí mismas empresarias aunque en realidad no supieran cuál es su compromiso al asumir esa condición.
     Conforme pasaban por mi conocimiento he comprendido que para ser empresario es necesario ese ego y esa prepotencia.
     Es imposible ser empresario sin ese sentimiento de superioridad.
No obstante, además de observar el poderío para verse capaces de ponerse por encima de todos los problemas que les rodean y abruman, y ciegos tras su objetivo de hacerse ricos llegar a sentirse legitimados para saltarse como pueden todas las barreras que se ponen delante como si fueran superhombres, siempre se encuentran empresarios de todo tipo y condición.
   - Cultos o tan ignorantes que no entienden nada financiero.
   - Inteligentes o limitados en sus capacidades intelectuales.
   - Trabajadores o vagos hasta el punto de que lo hagan los demás.
   - Honrados o sinvergüenzas y sin escrúpulos.
   - Condescendientes o tan tiranos como se pueda imaginar.
   - Comprensivos con quien trabajan o amantes de la esclavitud.
   - Con carácter y sin personalidad.
   - De Izquierdas y de derechas.
      Puedo asegurar que también a todos ellos, en algún momento, les he escuchado decir que estaban arrepentidos de haber iniciado la montura en aquel potro de tortura. Recuerdo de quien me contaba que había comenzado una vida en una mina de carbón de la que no podía salir. Hablaba de su mina en todas las interpretaciones que se pueda dar de ella, decía que tanto había escarbado en ella que había determinado su manera de vivir hasta el punto de que no había nada más importante en su vida aunque la fuera perdiendo en sus galerías. La mayor prueba de esta insatisfacción es que todos y cada uno de los que he conocido, cada día pensaban en cómo podían vender su empresa aunque no fuera más que sacando lo suficiente para pagar lo que debían.
La necesidad de salir para adelante en este sistema en el que vivimos y para solapar todas sus contradicciones y sobre manera la lucha de clases, ha obligado a la inteligencia del sistema a definir a la empresa como un bien social en el que converge el empresario y el trabajador y en la que se necesita de una colaboración mutua para procurar el bien social colectivo.
     La empresa que yo conozco no es así.
     La empresa con la que el sistema, los gobiernos y los deseos sociales de crear empleo pretenden sea la base para afrontar el futuro a corto plazo: tampoco es así.
      La ideología del sistema trata de unir dos intereses antagónicos: los de la empresa y los de los asalariados. Quiere que sirva esta conjunción para alimentar una forma de entender la actividad económica en la que es necesaria su colaboración pacífica y para que las dos partes respeten sus normas e intereses disciplinadamente.
En el entramado ideológico no hay espacio  para cuestionarse el devenir del propio sistema que es el que en definitiva sangra con sus condiciones implacables a las empresas y a sus trabajadores. Incluso quienes están muy alejados ideológicamente también alimentan esa confluencia de intereses desde la perspectiva tradicional de la lucha de clases, en la que una de ellas busca trabajo desesperadamente, y creen y han asumido: esa idea irracional que nació hace ochenta años en busca de un nuevo mundo y que anunciaba la superación de las clases sociales como base de una reconciliación histórica.
      En realidad, la empresa es el centro económico en el que se dan cita todas las perversiones de la inteligencia social y económica, y en el que conviven para su desgracia los mayores afectados del sistema: los empresarios y los trabajadores. Dos partes que han de actuar como si fueran diferentes y que se encuentran en una pelea permanente y desigual, sin darse cuenta, de que quienes en realidad se aprovechan de ello son los otros factores económicos que alimentan su actividad. De cada paso que ellos dan para subsistir y ganar el pan, aquellos sacan una buena tajada.
En esta relación de desconocimiento e incomprensión mutua entre los dos contrincantes, a la fuerza, nos podemos encontrar con estas dos realidades objetivas y comprobables para quien quiera, en cualquier momento y lugar:
    - Si en cualquier empresa se pregunta a los responsables cuántas horas se trabajan: ninguno sabrá contestar.
    - Y si a cualquier persona que está trabajando en cualquier empresa que vive de lo que produce o vende, si se le pregunta cuánto produce o vende ella cada hora que trabaja seguramente contestará: que ni lo sabe ni le interesa.
    Esta es la realidad en la que se vive el Trabajo en la Empresa.
    Podría contar algunas más pero esta es sencilla y significativa.

     Con toda la admiración y respeto que me merecen aquellas personas que hacen de su vida la empresa y que con sus más y sus menos tratan de pagar todos los meses las exiguas nóminas a sus trabajadores, lo peor que propone el sistema en estos tiempos de crisis es: que se haya de confiar en los empresarios: pasados, presentes y futuros, y que se apele a serán capaces de crear un nuevo tejido empresarial con el que sea posible mantener un empleo digno hasta alcanzar un índice de parados mínimo. Máxime ahora que la gran mayoría de quienes tienen o dirigen una empresa se han colocado en una situación de espera de la que difícilmente se van a mover a corto plazo.

domingo, 9 de junio de 2013

Las empresas

 
Si importante es el trabajo como elemento tractor que transmite el movimiento a todos los factores de la actividad económica, la empresa es el espacio en el que se mueven y pelean todas las afecciones que representan a estos factores que soportan el sistema.
El propio sistema en ocasiones se denomina de Libre Empresa.

Cómo se entroncan los factores económicos en la empresa.
·         Tierra.
La imperiosa necesidad de inmuebles que se soportan con rentas o hipotecas, muchas veces sin valorar adecuadamente ni su necesidad ni su coste, es el espacio físico en el que se establece la activad de la empresa. Dentro de este concepto también se debe incluir a otros grandes inmovilizados. La satisfacción de esta necesidad suele tener una importancia, transcendencia y coste definitivo para la actividad empresarial. En las últimas décadas para dar viabilidad a estas inversiones se han puesto en práctica fórmulas de ingeniería financiera se ha retorcido el derecho civil hasta hacerlo incivil.
Este componente que en la actualidad está soportado de una u otra forma por grandes las corporaciones financieras, tiene leyes que lo protegen en cuanto a: los contratos de arrendamientos, leasings, hipotecas, en lo que respecta a su resolución o impago y en muchas ocasiones es determinante para la viabilidad de cualquier Empresa.
·         Capital.
Posiblemente porque quien tuviera abundante capital nunca montaría una empresa, hay una costumbre de crear empresas que desde el primer minuto están descapitalizadas. La ley lo permite y es muy habitual encontrarse con empresas que nacen ya quebradas y que hasta sus primeras pérdidas las han de compensar con créditos.
La financiación básica de las empresas, en sus primeros años, no se realiza con capital sino con préstamos que se consiguen como se pueden si se han aportados suficientes avales personales y casi las más de las veces a corto plazo. Si se aguantan las primeras olas y ha pasado suficiente tiempo, entonces es el crédito más amplio y a largo plazo. El sistema financiero esquilma sin piedad a las empresas sobre todo en aquellos momentos de mayor dificultad.
·         Trabajo.
No puede haber empresa sin trabajo. Y aunque el trabajo trata de vivir en un ambiente de avenencia y de navegar en el mismo barco que la empresa, por el bien de ambos, la realidad es que el mundo del trabajo en la empresa, se convierte en un problema esquizofrénico en el que se puede plantear cada día cualquier ecuación irresoluble en medio de una pelea inagotable a la que han llamado lucha de clases.
·         Gestión.
La capacidad de Gestión en todas las facetas necesarias para el buen desarrollo de la actividad empresarial, si no es por sus propios medios sí por asesores externos, se supone como la cualidad más importante de la que se reviste la Empresa.
Nada más lejos de la realidad hasta en las cosas más importantes.
Esta necesidad de gestionar a todos los niveles y en todas las direcciones no pasa de ser satisfecha con actitudes de emoción e ilusionismo, de presunción e ignorancia.
Por ello puedo decir sin temor a equivocarme que es tan escasa la capacidad de gestión que se tiene en las empresas más comunes, que visto que el beneficio le corresponde a su capacidad de gestión casi todas ellas están de pérdidas.
·         Y el Estado.
Para el Estado las empresas resultan un negocio redondo por lo que supone de impuestos con los que han de aliviar sus arcas, si no por los impuestos que le corresponden directamente sí por los que debe de recaudar en su actividad y de sus trabajadores.
El Estado también utiliza la plataforma que suponen las empresas en su quehacer diario y con su burocracia, y las utiliza para que soporte la logística de cualquier iniciativa legislativa que no sabe cómo vehicular con sus propios medios y las obliga a ponerse a su servicio sin posibilidad de réplica.
El Estado es capaz de conseguir que una empresa tenga mayores problemas y tribulaciones en su relación con la administración y con las obligaciones con carácter prioritario que le impone, algunas veces de la noche a la mañana, que con los problemas comunes de su actividad que pueden quedar en un segundo plano.
Todos estos intereses se baten sin respetarse en este espacio ficticio que es la Empresa y desde ese punto cada día hace que se active la economía. La empresa además se tiene que hacer cargo de todo lo que pasa a su alrededor sea por la causa que sea y se ve rodeada por una infinidad tan grande de leyes normas y obligaciones que ni el más listo de la clase podría saberlas todas.
 


Como consecuencia del trabajo que he realizado a lo largo de mi vida he conocido muchas empresas por dentro. Grandes y pequeñas. Solventes y quebradas. Con inteligencia y buen hacer o dirigidas desde la estupidez y el desconocimiento. Artesanas y vanguardistas. La única virtud que he encontrado en todas ellas es que a trancas y barrancas han ido alimentando algunos puestos de trabajo. Al menos reconozco que son el medio de vida de muchas gentes y familias, incluidos quienes las dirigen, que de otra manera, si alguien tuviera que contratar a ellos mismos para trabajar, lo tendrían muy difícil.
Desde hace muchos años siempre he mantenido la idea de que una empresa es una partida de póker que a fuerza de alcohol y tabaco hace una apuesta tras otra mientras está viva y se puede defender en el mercado. Cuando se crea una nueva Empresa se hace la primera apuesta y casi siempre se pierde. Sin embargo, se apela a la mala suerte y de una manera u otra se hace sus cuentas para convencerse de su viabilidad y vuelve a apostar el doble en una nueva partida. Así una y otra vez siempre pensando recuperar lo puesto y lo perdido con anterioridad. Pasan muchas partidas hasta que se es consciente de que se está jugando a doble o nada. En algunas partidas se gana y entonces la euforia lleva a cometer las grandes locuras porque se llega a pensar que por fin se le ha encontrado el tranquillo y que se le pueda ganar a la baraja y no hay manera de levantarse de la mesa.
Al final se comprueba que en la partida los demás son tahúres.
Cuando en la primera apuesta se gana entonces la cosa puede ser mucho peor porque entonces ya todo parece fácil y la Empresa se convierte en un ente fantástico e irreal en el que cualquier proyecto por descabellado que sea tiene cabida.
Conozco muchas tragedias que nacieron del éxito.
Hay algunas personas que se montan empresas con las ideas más descabelladas que se pueden imaginar. Los medios, las noticias, para animar a los emprendedores, anuncian a bombo y platillo que cualquier idea puede ser válida para hacer negocio y que nada es imposible si se aplica el suficiente esfuerzo e imaginación.
Se puede admitir socialmente cuando estas empresas innovadoras tienen éxito y producen algo útil, pero no siempre es así, porque la mayoría de estos inventos están destinados a producir productos y servicios que no tienen ningún valor para la humanidad. .
No obstante todas tratan por todos los medios que sus productos, pasen a formar parte de las necesidades cotidianas de la sociedad aunque humanamente no sirvan para nada.
En las últimas décadas son muy pocos los que han servido para algo.
Cuando oigo que se han cerrado no sé cuántas mil empresas, me invade una sensación agridulce, puesto que entiendo cuáles son sus consecuencias negativas, pero a la par, pienso en cuántas personas por fin han dejado de sufrir y de alimentar un sistema en el que la empresa es el engranaje en el que pivota toda la maquinaria y que tiene la responsabilidad de hacer ver la necesidad del trabajo y de justificar el trabajo como único medio de hacer rodar al sistema.
En nuestros días, sin embargo, nadie puede negar salvo desde el desconocimiento más descomunal que la mayoría de las empresas que se inician, fracasan en su empeño nada más empezar, y en el fracaso lo que hacen es, a pesar de haber entregado a ellas mucho trabajo, dejar un montón de tierra quemada en todas las direcciones.
Más adelante el noventa por ciento de las empresas que se inician a los pocos años están cerradas habiendo dejado muchas secuelas entre todas las gentes que de una u otra manera con ella colaboraron.
Estos son datos que se silencian para que conociendo la realidad quien se inicia no vea quemadas sus ilusiones antes de empezar.
Pero mientras tanto ha alimentado los otros factores del sistema.
Por eso el sistema trata por todos lo medios que inicien empresas.
El cierre de la empresa es uno más de la serie que contempla el fracaso y sin duda que con el cierre de una hay otra que se beneficia.
       Un enemigo menos.