domingo, 21 de abril de 2013

Las clases sociales

 
Clase alta, clase baja y clase media.
Una división sencilla en la que las sociedades basan su cohesión y su estabilidad con arreglo a cánones histórico con los que se le trata de dar un carácter de natural. Entre ellas pudiera ser, que un conflicto social al que llaman lucha de clases esté latente. No importa.
Procurando la convivencia de las tres, se consigue en gran medida una melosa paz social. En ese procurar se trata de conservar una clase media solvente y orgullosa de sí misma y de que puede sacar la cabeza fuera del agua y saber alimentar a una oscura burocracia discretamente infiltrada en la sociedad que actúa como adormecedora.
Todo un teatro en el que cada cual interpreta su papel.
Antes se pensaba que el pueblo era aquella parte social que estaba subyugada al poder y que luchaba con su fuerza contra su fuerza hasta llegar a tomar el poder. Luego fue el poder quien de manera indiscutible argumentó que representaba al pueblo.
Hoy el pueblo no existe: existe el poder y quienes viven del poder.
El poder es el del pueblo y es el pueblo quien lucha contra el poder.

En un trabajo titulado Crisis total, realizado a finales de 2008, dejé escrito un acercamiento sobre cómo se reparte el poder político y económico en esta última etapa histórica que he vivido y en el entorno económico que conozco.
Reproduzco un extracto que puede servir de introducción.
Si pretendemos diseccionar el poder político de estas sociedades en las que vivimos y a las que hemos dado en llamar democráticas porque se legitiman desde elecciones universales, si analizamos sus prácticas y sus decisiones en la medida en la que benefician a unos y otros, mal que nos pese, debemos hacer este estudio de la realidad social, quizás, desde un punto de vista poco académico: en función de los intereses individuales, del aprovechamiento económico que hacen los ciudadanos de la legalidad existente y de las decisiones que promueve el poder. Si tratáramos de hacerlo desde el análisis de los intereses colectivos, perderíamos el tiempo.
Los bloques en los que podemos dividir las sociedades actuales y que son los que determinan las tres clases sociales existentes son:
 
 
     1ª Quienes tienen el poder.

No se les conoce.
Casi nadie sabe con seguridad quienes son los que tienen el poder real en el sistema, A veces parece ser unos y luego resulta que son otros y casi siempre ocurre que son los que menos te esperabas. Pero quienes ejercen el poder existen y existen relucientes como las estrellas en el firmamento aunque a casi ninguna de ellas identificamos, y como ellas, juntos, tienen una fuerza  piramidal absoluta aunque quede oculta tras los nubarrones.
El poder hace y deshace a su antojo sin que haya límites establecidos, y si existen esos límites y alguien los reclama,  los pueden saltar con nuevos reglamentos que los anulen, los excepcionen o los permitan... o si es necesario: con solemnes declaraciones que aclaren los equívocos... o manteniendo en secreto sus hazañas.
En todo caso el poder puede cambiar los límites establecidos.
Los poderosos brotan y rebrotan en las elecciones, pero no son unas elecciones abiertas y para ejercer su poder han sido elegidos por unos partidos y partidarios juramentados en no tocar ni un solo pelo del sistema del que emana todo su poder absoluto.
Entre quienes tienen el poder existe un llamado reparto de papeles donde no quedó nada escrito que desparramados en lagunas estancas flotan al nivel que corresponde a cada cual y que se establece tácitamente sin apenas mediar palabra.
 Entre unos y otros se mantiene un equilibrio entre: lo que el de arriba debe al de abajo y lo que depende quien está abajo del que está arriba... siempre desde la idea básica de que donde hay patrón no manda marinero.

2 ª Quienes viven del poder.
Son legión  y nadie se reconoce entre ellos.
Se disimulan abusando a veces del derecho de crítica.
Se pasan la vida llorando y preguntando al aire por lo suyo.
Aunque sin lugar a dudas es un arte, han de trabajar duramente en la ceremonia y el aspaviento que han de hacer para que el poder que ellos mantienen, se mantenga. De las migajas del poder se alimentan frugalmente, incluso cuando también sus frutos llegan a ser su único medio de vida. Y se alimentan de un suero viscoso que llevan a la boca con dos manos sin importarles quién tienen al lado. 
Viven callados, silentes, como avergonzados, haciéndose los inocentes mientras sus falsas verdades, sus dogmas se cuelan en la sicología del sistema. Están siempre alerta y sigilosos, atentos a la defensa de su amo y señor.
Si en unos momentos concretos, hay entre ellos quien está en contra de lo que representa el poder presente, lo está en apariencia porque igualmente sostiene al poder para que no caiga y cuando el poder pase a manos de los suyos esté en perfecto ejercicio.
 
3ª Quienes están al margen del poder.
Estos son los que están pagando el pato durante toda su vida.
Si hablan no se les oye si se les oye no se les escucha.
Se han de buscar la vida por su cuenta sin que ningún poder se preocupe por su fortuna. No reivindican derechos ni aseguran su futuro. No hay convenio que limite su horario ni siente los mínimos de su salario. No les queda otro remedio que seguir haciendo su servicio a la actividad porque si paran no solamente paran la actividad que realizan sino que también detienen la suya propia y eso representa su ruina. Tampoco hay protección oficial que les llegue a amparar jamás. Su bolsa vacía es el recurso más socorrido para arrancar el dinero con el que pagar las costas.
No hay ayuda ni subvención que les llegue.
Ni siquiera sus hijos si son buenos estudiantes se pueden beneficiar de una beca porque sus ingresos, ya sean tan altos y o tan bajos que ni siquiera los declaran, se lo impiden con arreglo a los reglamentos, por tanto, sus hijos, por culpa de sus padres, han de vivir con menos derechos que el resto de los hijos.
Este segmento social personalmente ya no hace preguntas porque sabe que no recibirán como respuesta más que mentiras.
Solamente trabaja cuando puede, cuando se lo busca.
Como no tienen ni portavoces ni altavoces pagados por el común, son los más criticados y atacados por el sistema y no protestan porque saben que no les vale de nada.
Esta es la realidad política en la que se dividen las sociedades actuales con un corte transversal totalmente interclasista.
Que nadie se llame a engaño:
Hoy ya no existe la división en clases que se definió en el siglo XIX cuando incluso a nuestros abuelos les llevaba a las revoluciones y a las guerras... y desde esta división se ha alcanzado todo tipo de dictaduras en anteriores décadas.
Una división horizontal aquella, que no era humana ni razonable socialmente, en la que de alguna manera todos se conformaban con su suerte y como una determinación del destino. Una división que tampoco afectaba a toda la población pero en la que pudiera ser que cada cual sabía en qué nivel  se encontraba y era difícil pasar de uno a otro y mucho menos hacia arriba.
Ahora con esta nueva división en torno al poder y su beneficio económico particular que entiende legítimo cada elector en el ejercicio de su poder, a la misma dictadura le llaman revolución democrática o estado de derecho.
Dictadura de la minoría mayoritaria.
Los ciudadanos no saben qué hacer ante esta situación de CRISIS TOTAL que nos invade y conocen y que por las nuevas circunstancias que ha traído ya no saben concretar en qué escalón de la división horizontal están a cada momento que pasa. Tampoco saben esquematizar qué les corresponde en función de esa posición que ocupan. Todos han perdido el norte y la estrella polar que seguían parece haberse convertido en su estrella de la mala suerte.
Casi todos piensan que está fuera de la órbita en la que se siente el calor del poder y que los que se alimentan calientes son otros. A pesar de todo, todos sostienen al poder puesto que piensan que cuando estén los suyos, entonces serán ellos los que vivan del poder.

Vivimos tiempos en los que cualquier salida puede ser buena, incluso aquella en la que nunca se hubiera pensado y esta estructura de poder en la que todo el mundo trabajaba sin saber en qué ni para qué y que ahora está quedando totalmente desubicada, Creo que se puede modificar sustancialmente si desde la base social nos concienciamos con una nueva concepción del TRABAJO.

domingo, 14 de abril de 2013

El sistema



En este SIGLO XXI que avanza inexorable, vivimos otro sistema que se diseñó a finales del siglo pasado. Una manera de entender la economía: la escasez de bienes y recursos, que fue creado a costa de la mayoría social y es explotador de los recursos de esa mayoría.
Es muy posible, eso espero, y con ese propósito escribo estas páginas, que en estos tiempos, con muy pocas décadas de vida el nuevo sistema haya entrado en crisis terminal, pero mientras pasa el tiempo y se sostiene, su maquinaria hace la succión de los peculios de la población de una forma más sutil y transversal, en apariencia menos violenta que lo que fueron los antiguos regímenes, pero el entramado del sistema lo sigue con las mismas dosis de crueldad e injusticia que lo hicieron aquellos siempre en perjuicio gratuito de una porción social.
* Con lo que paradójicamente se ha convenido en llamar la redistribución de la riqueza, hoy explota el propio sistema, y lo hace con más fuerza que nunca y en mayor medida de la que había explotado y extorsionado ningún otro.
* También explota quien gestiona los capitales de los pequeños ahorradores que los aprovechan en tiempo y espacio y que los van depositando aquí y allá según convenga. Capitales que en grandes bolsas les confiere un poder al que nadie puede hacer contra.
* Incluso explota el descamisado y aunque hace unos años vistiera peto. Hoy por la fuerza del poder que sustenta, se aprovecha de quien no tiene camisa, y quien si acaso la tiene, no le llega para cubrir el cuerpo aunque pretenda dentro de poco llevar chaqueta.
* Sin duda explota quien administra el caudal público y organiza la manera de esquilmar con rigor a los ciudadanos. Aquellos que se han convertido en los nuevos burgueses, con dogmas distintos a los que llaman democráticos cuando de esa calidad no tienen nada.
* Explota quien exige para sí mismo unos derechos muy discutibles a los que nadie tiene la obligación de responder. Derechos que grita y exige por medio de una presión desmesurada y finalmente los consigue… pero que resultan siempre a cuenta de los derechos de terceros que nada pueden hacer para impedirlos.
* Aunque lo niegue: explota quien impone unas obligaciones tan subjetivas y aleatorias a la sociedad que aunque sectores económicos enteros no las quieren y las desprecian, sin embargo, solamente para una parte de la población son de obligado cumplimiento.
* Y explota quien prioriza una cosa sobre otras, sea quien sea, el que por egoísta conveniencia da más importancia a unos derechos que a otros y pone sus derechos por encima de los derechos de los demás aunque los derechos de los demás sean inalienables.
No obstante una masa social mayoritaria está de acuerdo con la idiosincrasia del sistema en el que los unos nos explotamos a los otros sin que esta injusticia tenga importancia salvo cuando nos toca soportarla a nosotros.
Nadie quiere entender que haya otras muchas personas que no explotan sin embargo es a ellas a quienes explotan y a los que además continuamente les trasmiten la idea de que las cosas están muy mal y que hay que resignarse y quedarse quietas.

A quien esté leyendo estas páginas, si no se ha parado a pensar en este detalle,  le puede parecer inaudito que el sistema económico en el que vivimos y que aparentemente se mantiene con solvencia y ofreciendo seguridad a la sociedad en nuestro medio de vida y en nuestro futuro, está montado en el fracaso.
Un fracaso cíclico y permanente.
Un fracaso previsto pero que nadie sabe cuándo llega.
Y el fracaso que arrolla a los unos, dicen que siempre resulta ser la oportunidad de los otros que salen fortalecidos y con una nueva acumulación de energías económicas positivas.
Es la justificación de lo que no tiene justificación
Se puede comprobar a poco que se rasque en la genealogía de las familias y nada más que con la memoria que cada uno tiene, los unos y los otros son siempre los mismos, y solamente en algunos casos excepcionales se traspasan de un lado al otro la fuerza y el fracaso.
El fracaso siempre está en el mismo lado de la sociedad.
Y el mismo sistema se regenera fracasando de tiempo en tiempo y haciendo fracasar con él a la mayoría de la población que paga las consecuencias y que se tiene que volver a apretar los cinturones y a una parte la inunda de pobreza. Este fracaso del sistema en el alma de la sociedad también se aprovecha para que quien cae en la pobreza recuerde una vez más que es pobre y que si alguna vez creyó que no lo era fue gracias al propio sistema y que ya puede rezar para que el sistema vuelva a funcionar.
Los mismos defensores del sistema, los que son más acérrimos de sus fundamentos, aquellos que nunca piensan en que ellos mismos pudieran fracasar y que creen que serán siempre los demás quienes fracasen, ya advierten y reconocen, pero como un aspecto positivo del propio sistema: que cada cierto tiempo ha de entrar en crisis puesto que siendo tan eficaz, algunas cosas crecen desmesuradamente y que en las crisis se limpian las ineficiencias del sistema porque solamente afecta a los peores dejando sus estructuras libres de cargas que los hundan.
A ellos al parecer nunca les llega porque son los mejores.
Pero no obstante casi siempre son los mismos fracasados los primeros que vuelven a poner el sistema en movimiento, sin necesidad de asumir sus fracasos anteriores, si acaso tratan de disimularlos y ocultarlos.
No escarmientan.
Pero son los que mantienen el sistema.
Los que dicen que han aprendido de los fracasos.
La realidad es que por necesidad han de insistir en volver a echar otra partida que les saque de su fracaso. Desde sus propias cenizas vuelven a encender su fuego y vuelven a confiar en el sistema. Con el calor se vuelven a activar con nuevas energías, para otra etapa, sin replantearse para nada la verdadera eficacia del propio sistema.
Y en esa partida nos arrastran a toda la sociedad.
Administrar el fracaso mientras que se pueda y no se note y después retirarse sin reconocer nunca que se ha fracasado y que es el sistema el que no permite más que el fracaso.

El sistema tiene su propia manera de entender las conquistas y triunfos de la vida. Aplaude las épocas de crisis porque de la crisis y del fracaso sobrevienen nuevas oportunidades de volver a empezar y siempre las aprovechan quienes no han fracasado. Este aspecto es uno de los motivos de las grandes acumulaciones de riquezas en unos pocos.
 Pero el mayor fracaso del sistema es lo que afecta a la sociedad, a la población con menos posibles tanto en tiempos de crisis como en los tiempos de bonanza.
Y ese fracaso no se tiene presente.
El fracaso de una sociedad que tan sólo necesita para subsistir del trabajo racional y con arreglo a sus posibilidades de las personas que lo componen, y que sin embargo, se le somete sin piedad cada cierto tiempo a unos vaivenes que no llevan más que miseria y dolor.
En estos tiempos el sistema parece que está pasando por unos momentos de apuros que pueden ser definitivos aunque son muchas las fuerzas que tratan de sostenerlo y recomponerlo con engaños y amenazas. Es ahora cuando algunos sabios profetizan que ha llegado su final sin tener en cuenta que los gestores del capital siempre sabrán dar el golpe de timón para reconvertirlo en favor de los que son dueños del dinero y de la continuidad de los estados que son los que les dan cobijo y a la concatenación de cosas que los sostiene.
Los encubridores del poder sistemático instituido están en estos momentos con sus elucubraciones y polvos mágicos están buscando salidas milagrosas a la ruina. Entre todos tratan de concretar dónde hay que establecer el punto de apoyo de la toma de sus decisiones y ya han provisto que sea desde el punto más alto y más lejano de la población para que a ser posible nada puedan hacer para impedirlo.
Lo que voy a decir a continuación quizás no se pueda defender sino con la perspectiva que dan los años y la experiencia acumulada y posiblemente una buena dosis de inocencia, pero creo que: un sistema que para su supervivencia debe entrar en crisis cada cierto tiempo y que sin replantearse su filosofía ha de volver a renacer desde nuevas energías con más esfuerzos y más ilusiones y más mentiras, no merece seguir con vida, más si cabe si como dicen sus defensores, esas crisis no se pueden evitar y le son necesarias al sistema, y como consecuencia, se convierte en tanto sufrimiento para la sociedad que no ha hecho nada salvo inocentemente seguir durante toda una vida en los valores que le han inculcado.
Algo tendrían que pensar los economistas para cambiarlo.
Y los sicólogos y los filósofos y quienes dicen que piensan en el bien social y que a lo mejor cobran por hacer esta faena.

domingo, 7 de abril de 2013

La zanahoria y el palo.



El sistema y la filosofía que emana del sistema: trata por todos los medios de reconducir a los jóvenes para que vayan entrando en él sin mostrar demasiadas resistencias y todo su entorno lo encamina para ese lado y resulta frustrante si no se llega a pasar dentro.
Hace unos años se inició una experiencia con la que tratar de que los jóvenes se independizaran de la generación que ha sido los progenitores del sistema para que una vez emancipados se vieran obligados a ganarse la vida y regenerar su sangre con nuevos glóbulos rojos.
Desde el gobierno, por no saber o no querer tomar las medidas adecuadas a la realidad, se tomó la decisión de subvencionar la vida cotidiana a los jóvenes hechos y derechos de su país, que hemos de suponer que estaban en edad de trabajar y trabajar. Manos a la obra  diseñaron desde sus gabinetes de ingeniería social la forma de amamantar a toda una generación que no conseguía destetarse de las ubres familiares.
Grave.
Decidieron que tenían que ayudar económicamente a superar las dificultades económicas de la vida cotidiana a hijos ya en edad de merecer. Esos  hijos de una generación del bien pensar, pero que sin embargo, y paradójicamente, representando el futuro de la sociedad estaban mano sobre mano y eso que desde las estructuras sociales les ha formado en las últimas década como nunca antes en la historia se había formado a los jóvenes: idiomas, carreras y master.
La ayuda implicaba que no pensaban en la posibilidad de que ellos, por sí mismos, se puedan ganar la vida plenamente.
Muy grave.           
Sin ninguna herramienta de análisis sociológico especializada para ello, en cualquier caso no la tenía, cualquier persona con un poco de capacidad de pensamiento, podía detectar que algo estaba corroyendo esa sociedad por sus adentros. Y a los ojos del profano se podía entender hace ya tres o cuatro años como el primer gran síntoma de una enfermedad de difícil curación.
Metástasis.
¿Qué podemos pensar ahora sobre una medida como esa?
Pensemos.
    Una propuesta político social de este tipo es una especie de relámpago de demagogia que se confunde con paternalismo estatal sin que se pueda llegar a adivinar a ciencia exacta cuál de estos aspectos: demagogia y ESTADO, que ponen en marcha tan abyecta subvención, son humana y socialmente más negativos para el futuro de la sociedad a no ser que cargue ocultos con otros intereses.
    Una propuesta económico social negativa sobre manera, si se analiza desde el punto de vista de independencia económica de sus ciudadanos, sin necesidad de la tutela plenipotenciaria del ESTADO una vez que es llevada a la práctica y se consolida como un derecho nada más que por ser joven y querer emanciparse.
    Acallar con dinero el grito de la impotencia juvenil es no querer por parte de los responsables políticos y de quienes les consienten y aplauden, entrar a profundizar y analizar con martillo y buril la realidad socioeconómica que persiste, y que ellos los jóvenes, padecen desde una incomprensión que se convierte en caridad paterna, a la que deben estar filialmente agradecidos.
    No dar importancia a este hecho que produce escalofríos sociológicos y que haya pasado de manera satisfactoria entre los formadores de opinión, es un inmenso dislate con el que en realidad, por activa y por pasiva, se humilla a los jóvenes, se les conmina a que se acostumbre a que nunca encontrarán una sociedad justa y libre, y trata de encaminarlos por un camino por el que no quieren ir.
    Y en todo caso por parte de la inteligencia social que los justifica, es una apuesta por tratar de ocultar la realidad objetiva y para que esta realidad no manifieste demasiado la ignorancia de unos y otros. Y si profundizamos un poco más: prueba la desfachatez de la sociedad en su conjunto de hacer bueno aquello de: “dame pan y dime tonto...” y trasladarlo al universo social.
    Sin lugar a dudas esta manera de proceder por parte del ESTADO y directa e indirectamente de los padres demócratas, artífices del estado de regular estar que han fabricado pensando en ellos mismos, era una compraventa a cara descubierta y a tocateja de las voluntades de los jóvenes que no sabían que a cambio habrían de cargar con una hipoteca, que ellos mismos, ni la conocían ni se la imaginaban, y que no la hubieran podido pagar en ningún futuro.
    Mercado de voluntades que ya se abaten y que reivindica y asume con normalidad la gran mayoría de los ciudadanos. Hombres y mujeres que ya hace tiempo han saldado su dignidad cediéndola al ESTADO, aparentemente de buena gana, bajo el concepto confuso al que llaman soberanía y se inmola en la representación popular directa, que  permite al ciudadano en cada ocasión por impertinente que sea el momento... preguntar: ¿Qué hay de lo mío...?
    Más allá, este mercadeo es un reconocimiento implícito por parte de los padres de la incapacidad que otorgan a sus procreados para  hacer uso de la propia libertad individual y por ello han de vender su voluntad. Generación de hijos que llegando a la edad del “jodo perico”, no acaba de romper el cascarón: presiente el frío que hace afuera y se contenta con malvivir una realidad que les asfixia.
    Argüir ahora, que esta generación a la que hemos domado y castrado dándole una niñez y una adolescencia materialmente muy fácil y en la que no han experimentado ni una pizca de escasez vital, ni adversidades, no sirven: sin reconocer que estas experiencias no son necesarias para que surtan los beneficiosos efectos que creemos lo mayores que ejercen los sacrificios sobre el carácter.
    Estos jóvenes al parecer viven en la pobreza y hay que hacer caridad con ellos. Pensaron que una vez subvencionada esa pobreza se convertiría en apatía hacia la política y perdería las virtudes reivindicativas y subversivas que tiene la pobreza cuando es rica.
    No quisieron saber que hay jóvenes con unos derechos, pero también con pundonor y dignidad que no solicitaran ni requerirán ninguna  ayuda al Estado porque saben dónde está su enemigo.

Decían que es una renta emancipación cuando en realidad era el empujón que creía el poder democrático que debía dar a una juventud que no tenía muy claro su futuro y que se negaba a afrontarlo con la suerte de cartas que le han echado.
¡Que no se quieren ir los hijos de casa...!
Este plan duró muy poco tiempo porque la crisis ha dejado al Estado sin dinero, y ahora, no sé si por venganza, se les ha dejado a cierta edad fuera del sistema sanitario, más que nada por vagos.
Porque si no trabajan es porque son malos trabajadores.

Algunas preguntas más se cuelgan en el aire:
    ¿En qué pensarán quienes han ideado estos planes sociales en los que se decreta la inutilidad de los jóvenes, para ver en ellos algo en positivo cuando a todas luces no tienen ni pies ni cabeza...?
    ¿Cómo se puede crear tan grave dependencia de los jóvenes de la voluntad del ESTADO en los años de mayor crecimiento personal de los humanos y ofrezcan dinero para negar otros derechos anteriores?
    ¿Cómo podemos admitir que no puedan valerse por sí mismos...?
    ¿Cómo se puede considerar un derecho de los jóvenes una renta con arreglo a  unas condiciones tremendamente subjetivas y con el que se trata de ocultar otros derechos...?
    ¿Quién puede redactar unas condiciones para determinar que un joven no se vale por sí mismo... si somos nosotros mismos los que antes los hemos inutilizado y quienes manteniendo las condiciones del sistema les impedimos que se emancipen?
    Nadie se atreve a advertir que estas medidas de subvencionar la vida  de quienes están en plenitud vital, es el reconocimiento y la asunción de una invalidez de los jóvenes como si fuera crónica y que no se calma ni siquiera royendo el hambre?

La realidad es que hay una epidemia sistemática que ataca a toda la juventud sin que nadie encuentre medicina para aliviarla. Todas las prescripciones las podemos encontrar en las contradicciones del sistema en el que vivimos contestando a estas tres preguntas.
    ¿Por qué todos estos jóvenes tienen un jornal al límite de subsistencia y que rayando con la parte más baja de su productividad queda sin ninguna perspectiva de que ni cambie su situación a medio plazo?
    ¿Qué sociedad les estamos dejando a estos jóvenes a los que además estamos pergeñando cada día como los podemos meter en vereda, incluso queriendo comprar sus voluntades?
     ¿Por qué no somos capaces de diseñrr un nuevo sistema en el que la gente nueva, la gente joven, incluso quienes todavía no han nacido, se puedan integrar de buena gana y sin que tengan que venir  con un pan debajo del brazo…?
    ¿Cómo podemos admitir que no puedan valerse por sí mismos...?
    ¿Cómo se puede considerar un derecho de los jóvenes una renta con arreglo a  unas condiciones tremendamente subjetivas y con el que se trata de ocultar otros derechos...?
    ¿Quién puede redactar unas condiciones para determinar que un joven no se vale por sí mismo... si somos nosotros mismos los que antes los hemos inutilizado y quienes manteniendo las condiciones del sistema les impedimos que se emancipen?
    Nadie se atreve a advertir que estas medidas de subvencionar la vida  de quienes están en plenitud vital, es el reconocimiento y la asunción de una invalidez de los jóvenes como si fuera crónica y que no se calma ni siquiera royendo el hambre?

La realidad es que hay una epidemia sistemática que ataca a toda la juventud sin que nadie encuentre medicina para aliviarla. Todas las prescripciones las podemos encontrar en las contradicciones del sistema en el que vivimos contestando a estas tres preguntas.
    ¿Por qué todos estos jóvenes tienen un jornal al límite de subsistencia y que rayando con la parte más baja de su productividad queda sin ninguna perspectiva de que ni cambie su situación a medio plazo?
    ¿Qué sociedad les estamos dejando a estos jóvenes a los que además estamos pergeñando cada día como los podemos meter en vereda, incluso queriendo comprar sus voluntades?
    ¿Por qué no somos capaces de idear un nuevo sistema en el que la gente nueva, la gente joven, incluso quienes todavía no han nacido, se puedan integrar de buena gana y sin que tengan que venir con un pan debajo del brazo…?


domingo, 31 de marzo de 2013

¿Y ahora qué?


El otro día estuve en casa de un amigo charlando un rato.
Su hijo se sienta a la mesa en la que estoy discutiendo con otras personas de mi edad que defienden estas ideas que han defendido siempre y que yo las rebato porque además de haberse demostrado inútiles ya están agotadas. El muchacho escucha lo que digo quizás para ver de buscar en sus propias conclusiones alguna respuesta y seguro, porque se pasa un buen rato viendo como a mis amigos los saco de quicio en una batalla de palabras.
Al poco rato, quienes estaban conmigo cansados de discutir se levantan. Entonces el muchacho puesto de frente a mí me pregunta un par de cosas a cuenta de los últimos pasos que tiene que dar para finiquitar un negocio que ha tenido en los últimos años y con el que ha fracasado sin entender todavía el porqué.
Aquel negocio con el que tenía un objetivo principal que era crearse y mantener su propio empleo en el pudiera ganar un salario de supervivencia le ha dejado en este punto de su vida un tanto perdido en el mundo y sin saber muy bien qué hacer, y a pesar de ser muy joven, ya se siente un poco viejo y un poco fracasado.
Con sus preguntas quiere solventar algunas de las dudas que le tienen confundido. Trata de definir y vislumbrar su propio futuro que tan deprisa como corren sus aspiraciones y deseos no los alcanzan. 
Yo le contesto tratando de trasmitirle tranquilidad y confianza.
Él me responde tratando de explicar y justificar lo que para mí no necesita explicación ni justificación. Hace tiempo que ya estoy de vuelta de muchas situaciones como la que está pasando él y creo que no tiene por qué demostrar a nadie que es inocente.

Ya caliente la conversación le pregunto:
- ¿Y qué vas a hacer ahora…?
- Estudiar,
- ¿Estudiar para qué…?
- Bueno primero voy a ponerme a buscar trabajo.
- ¿Buscar trabajo para qué…?
- Bueno de algo tendré que comer.
- ¡Que te alimente tu padre...!
Cualquiera puede pensar que lo que le estaba tomando el pelo o en caso contrario que le estaba mal aconsejando y que lo que le dije no tiene ni pies ni cabeza pero eso no es cierto.
Puede que sean cosas mías.
La verdad es que eso es lo que hay para que quien lo quiera entender lo entienda. No creo que sea buen camino para la juventud que siga estudiando siguiendo los conductos reglados para buscar trabajo, ni que busque un trabajo que en la medida en que lo encuentre y lo realice: más piedras se tirara a su propia cabeza.
La juventud no se puede dejar arrastrar por nuestras palabras cuando van cargadas de consejos viejos. No se puede dejar engañar bajo ningún concepto por ese estado psicológico en el que nosotros también nos encontramos deambulando perdidos en el mundo de nuestras buenas intenciones. No somos conscientes de que les empujamos para que se inicien en una vida en que han de pelear sin sentido y sin ninguna clase de suerte.
Creo que quienes se espera sean los siguientes en sustentar el sistema, se han de negar a alimentarlo, y para ello, no les queda mejor estrategia que aguantar en casa de los padres, esperando a ver qué pasa, a que se arregle todo y mientras, las nuevas líneas maestras de un nuevo sistema se vayan recomponiendo.
Los jóvenes no pueden aceptar la herencia que les dejamos.

Es el problema que tiene esta gente joven se está radicalizando y profundizando cada día que pasa y tiene muy difícil solución si no analiza en toda su extensión:
- En la escuela trataron de que aprendiera cosas que no entendían y que eran absolutamente inútiles para la vida ni para la felicidad de sus pocos años. Materias que siendo ya mayores se pueden aprender en un rato si  es necesario en un momento determinado.
- Una parte de la juventud que pasa por el sistema educativo, abandono escolar o fracaso escolar al sistema no le importa puesto que está previsto que ellos serán el carbón de la fragua del sistema. 
- En la escuela no les enseñaron a pensar ni a ser libres.
- Desde la severidad que se le supone al enseñante, les educaron en la disciplina y la obediencia y los hicieron temerosos de tomar cualquier camino que no fuera el que ya estaba marcado.
- La gran mayoría de esta juventud ya en la adolescencia se dio cuenta de que lo que había estudiado no servía para nada. Por eso abandonaron los estudios más pronto que tarde. Si algunos los acabaron la verdad es que tampoco les sirvió de nada y a los que les sirvió fue para seguir sembrando por mucho tiempo la semilla de los triunfadores.
- Sobre todo en el entorno familiar, durante la adolescencia les acostumbraron a mantener viva la ilusión en cosas que todo el mundo sabe que son falsas. Como si fueran tontos. Alimentando sus dudas para que nunca abrieran los ojos por su cuenta no fuera a ser que descubrieran por sí solos que los tontos no eran ellos que eran otros.
- Ahora la gente joven tienen que aprender de verdad a valerse por sí misma, y aún siendo consciente de esta realidad que sufre, no puede empezar buscando un trabajo que no existe, y que si existe alguien lo va a aprovechar nada más que para dar de comer a su propio ego.
- Ha llegado un momento en el que no le merece la pena estudiar para encontrar un trabajo, ni siquiera es un buen propósito vital buscar un trabajo en el que malvender lo único que tiene y le interesa, el tiempo. su tiempo.
- En el galimatías de tener que formarse para encontrar trabajo la juventud se ve abocada a estudiar siguiendo los mismos criterios y las mismas bases con el que el sistema ya les hizo fracasar, y cae en la trampa de reengancharse con el bachillerato.
- En ningún momento se le ha mostrado a la gente joven  las dificultades que tiene el sistema para ganarse la vida y solamente se han preocupado de mentalizarlos que antes o después tendrán que ponerse a trabajar como todos trabajamos antes.

No me equivoco si aseguro que en el entorno que hemos creado con este sistema financiero cuya esencia vital implica tener que trabajar hasta la extenuación con la seguridad de que por mucho que se trabaje no se garantiza nada y que trabajando hasta las últimas consecuencias, es decir hasta la ruina total, no hay ninguna posibilidad de que ningún joven pueda montar un negocio con el que crear su puesto de trabajo.
A la gente joven, el sistema, desde las estrategias financieras ha dispuesto que antes de empezar a trabajar en una competencia a muerte con sus iguales ya tienen que pagar mucho más de lo que ellos van a tener posibilidades de disponer.
Aunque cada día les recordamos a ellos, a los más jóvenes, que les hemos dejado todo hecho, la juventud se tiene que poner mano sobre mano a no hacer nada y pensar las maneras en las que puede y vivir su vida con humildad y modestia,  sin los grandes anhelos y ambiciones que adornaron a sus padres que no les dejaron más herencia que dejar a sus hijos entrampados de por vida.
Nosotros les hemos dejado un sistema que explota a los jóvenes en nuestro beneficio que de tanto decir que los hemos criado entre algodones no queremos reconocer que los hemos dejado indefensos y están penados aunque no hayan cometido ningún crimen.
Para calmar nuestras equivocaciones les hacemos representar a los jóvenes la obligación de que sean los aprendices de lo que nosotros no aprendimos y lo aprendan y les conminamos para que adquieran las experiencias que a nosotros no nos han servido para nada, si acaso para hacernos mucho peor que los que son ellos.

.      Hoy es muy fácil adivinar la situación real.
En el bloque en el que yo vivo a diario, cuando subo y bajo por el ascensor me puedo encontrar con personas que sabes que están jubiladas desde hace años con una buena paga y que están ahorrando. Otras veces me cruzo con personas que hace unos años compraron el piso, quién sabe si por cincuenta o sesenta millones de pesetas, porque creyeron en el sistema que les ofrecía hacer realidad sus deseos, y que estoy seguro que andan que no le llega la camisa a tapar el culo para pagar la hipoteca, aunque sin embargo, todos lo meses aportan la parte correspondiente de la jubilación de la primera.
Esta situación es imposible que se pueda alargar mucho tiempo.



lunes, 25 de marzo de 2013

La educación y el trabajo

 
En esta civilización inmemorial, las generaciones que están en edades reproductivas tienen la mala costumbre de moldear a la descendencia a su imagen y semejanza y en ese modelar es muy importante la educación.
En la mayoría de las ocasiones, con esa educación que fomenta hábitos y objetivos, todas las generaciones que están criando, en el aspecto de cómo se han de ganar la vida, tratan de que sean capaces de alcanzar aquellos sueños que ellos no lograron y que sea capaces de hacer lo que sus padres nunca pudieron hacer.
Por eso se les educa desde la infancia en el trabajo.
Esta educación se basa en trasmitir un sentido del deber ante determinados valores y obligaciones y de obediencia a la autoridad que se representa en el orden establecido.
Es la base del sistema que hay que educar propagar y estampar permanentemente. Nadie propone que en las generaciones futuras se despierten aficiones y que capaciten al hombre para tener confianza y autonomía para valerse por sí mismo para usar con inteligencia su tiempo libre en el futuro.
A nadie se le alecciona para hacer valer sus derechos. 
A nadie adiestran para que sea feliz o que sea libre.
Nadie prepara a la gente que empieza a vivir para que ayude a los demás sin pensar en el precio que ha de cobrar por su ayuda.

Una educación que tanto en la familia, como en el entorno y como en la educación reglada, se implementa para hacer ver para toda la vida la necesidad del trabajo. Una manera de conducir a la infancia que trata de proveer la formación y la educación desde su base para que desde la más corta edad se discipline y asuma la obligación de trabajar. Y trabajar desde el primer día, no en lo que más te gusta sino trabajar en lo que haya que trabajar según la filosofía del sistema aunque sean las matemáticas.
Para ser algo en la vida.
Para que seamos lo que ellos quieren.
Porque todo es cuestión de esfuerzo y sacrificio.
Nada se consigue queriendo ser: lo que uno quiera ser en la vida
Una manera de exigir esfuerzos permanentes desde la infancia y haciendo valer por encima de los demás, al que demuestra que hace esos esfuerzos con un carácter siempre competitivo.
Esfuerzos para conseguir las metas que los planes educacionales y los educadores y el sistema quieren y necesitan y esfuerzo para sacar adelante sus deseos particulares.
Una educación que además desde que empieza a procurarse, con las calificaciones y clasificaciones, tratan de que los que van entrando de la niñez a la adolescencia, sin excepción, entren en pugna entre iguales para que quede constancia clara de quiénes son los mejores y quiénes son los que menos valen.
Es el modo de ampliar las diferencias entre unos y otros.
Y luego viene esa educación que se mama en la calle y de  la que nadie se puede aislar de todo lo que se succiona en el ambiente desde que comenzamos a correr por las calles es que hemos de trabajar: no para comer sino para triunfar, para ser los primeros y para hacernos ricos y esa esperanza que siempre hay en el aire del dinero.
Es el ansia social más propagada: tener dinero.
Esa sensación que se tiene desde niño tanto en las familias en las que hay escasez como en las que hay abundancia de la importancia que tiene el dinero y que incluso para comprar unos caramelos se necesita dinero. Menos mal que las personas mayores tienen la cartera.
Los personas más mayores, las abuelas y los abuelos, a los nietos, a los sobrinos, desde esa luz que da la experiencia les enseñan las cosas en las que han de creer para afrontar la vida, esa filosofía que se trasmite desde las familias de cualquier condición social de que hay que trabajar y no importar que se trabaje de más puesto que ese trabajo transformado es dinero, y ellos, tiene tan dentro esa convicción de haber sido siempre tan pobres, que piensan que no hay nada más importante que tener dinero en el bolsillo y que al menos nunca te falte para tabaco.
Quienes forman, educan, aconsejan a las nuevas generaciones, lo hacen porque saben que si lo que hacen creer a los que están aprendiendo, independientemente de que sea cierto o falso queda bien gravado en el consciente el subconsciente y el inconsciente a la hora de pensar pesarán en función de en qué han aprendido a creer y a entender como sagrado.
Son muchos los aspectos en los que nos enseñan a creer.
La religión y el temor a dios.
La idiosincrasia y las bondades de la patria.
La necesidad y la obligación de trabajar para comer.
La importancia de la seguridad. 
El miedo al futuro.
Estas creencias están puestas en orden de su presunta dignidad, pero en la práctica se defiende en orden inverso y siempre se utilizan todas conjuntamente porque la una alimenta y sostiene a la otra pero todas vienen a procurar que el sistema tenga continuidad.

Antes en la niñez y en la adolescencia, en amplias capas de la sociedad, había que trabajar para comer. Aquel era el sino de unos tiempos en los que no había otra alternativa. La infancia en cuanto tenía una cierta edad ya estaba preparada para ganarse el pan.
Cosas de la vida.
Ahora también se hace trabajar en esas edades incluso más de lo que se les hacía trabajar antes, cuando había de llevar el paso de la yunta en el surco y había que empezar andar justo había amanecido.
Parece mentira.
Y se les hace trabajar a muchos hijos más que lo que trabajan en el día a día sus padres con la excusa de que puedan comer mañana y que sean algo en la vida. Ahora a los niños se les hace estudiar para ser todo aquello que no pudieron ser los padres y más si puede.
Los mismos padres exigen a sus hijos un esfuerzo inaudito sea por la mañana por la tarde o por la noche. Y ya no entramos en que pudieran ser deportistas y después de la jornada escolar los llevamos todos lo días a  entrenar al fútbol. ¡Eso sí que da gloria y dinero…!
Quién sabe si no terminamos comiendo todos del deporte.
Porque todo el sistema está pensado sin pensar en nada y cualquier ensoñación es un reto colectivo y social que la sociedad tiene que alcanzar. Por ejemplo: ¿quién puede explicar racionalmente la necesidad que tienen los críos de saber tres idiomas… si no se hace con naturalidad y sin ninguna obligación para contraer mérito?
Y mucho menos si su objetivo es que tengan trabajo mañana.
Y mucho menos si es porque les abre la posibilidad de emigrar.
Esta educación para trabajar es la parte esencial del sistema social que denuncio. La educación hasta llegar a la adolescencia no quiera ir más allá del punto que generalmente alcanza la enseñanza en la actualidad, donde, digan lo que digan y aunque digan lo contrario, lo más importante son las matemáticas, la herramienta con la que tratan de medir la inteligencia de quien está aprendiendo para hacer una selección natural sin que nadie se dé cuenta, y los idiomas que abren todas las puertas del futuro en cualquier lugar del planeta.
Lo demás es manipulación y mentira.
La formación tiene una cierta antipatía por procurar otros entretenimientos y aficiones a quienes van aprendiendo y creciendo. Los esfuerzos en educar hacen consumir todas sus energías activas de quienes aprenden, les hacen esforzase en los estudios y en toda clase de obligaciones que se inventan para tenerles entretenidos, pero haciendo un verdadero esfuerzo, para que se vayan habituando al trabajo y con las mochilas al hombro entre el ir y venir ocupan todo el tiempo de su día. Sin duda, si quienes empiezan a ver la vida tuvieran más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos y entretenimientos de los que debieran tomar parte activa e interrelacionarse con los demás.
Se ha llegado a un punto de exigencia, que si se tiene una afición se prohíbe hacerla si antes no se han hecho los deberes escolares.
Es muy curioso que cuando se piensa en qué se quiere ser de mayor, siempre nos referimos a qué profesión queremos tener cuando crezcamos y en qué actividad vamos a vender nuestra fuerza de trabajo y solamente se puede entender que uno va a ser trabajador de algo que tenga sentido económico.

domingo, 17 de marzo de 2013

El deber de trabajar

   El concepto de "el deber de trabajar", en términos históricos ha sido un medio utilizado por los poseedores del poder para inducir a los demás, a la mayoría de la población: a sus esclavos, sus súbditos, sus siervos, sus empleados, a vivir para el interés y  beneficio de quienes eran muchos menos: sus dueños, sus amos, sus patrones, más que para su propio interés.
   A pesar de esta gran contradicción, desde el poder hicieron lo posible para hacer creer que los intereses de la minoría son idénticos a los más grandes intereses de la humanidad.
   Desde que conocemos datos fiables de la historia y sabemos de las ideas de los primeros pensadores que han trascendido hasta nuestros días, ya eran los esclavos los que trabajaban para sus amos nada más que por el derecho a tener techo y comida.

   Aquellos filósofos, que se preocupaban por idear unos sistemas de gobierno que fueran más justos, paradójicamente, nunca reflejaron para hacer justicia que sus esclavos, también formaban parte del mundo y que eran ellos quienes los sostenían con su trabajo.
   Durante los siglos más oscuros de la historia, aquellos en los que se dieron forma las religiones en la conciencia colectiva, la población trabajaba escasamente para vivir y con una ayuda mutua dentro de sus propias comunidades. No obstante, en aquellos tiempos el poder escasamente constituido en cada trozo de tierra por la mal llamada “nobleza”, un poder que había sido implantado por quienes se hicieron los primeros dueños de la tierra a fuerza de violencia, logró de manera coercitiva obligar a la población a entregar una buena parte de sus cosechas. Con esta exigencia, los nobles con sus guerreros y la iglesia con sus sacerdotes, apremiaron a las gentes a trabajar mucho más de lo que necesitaban para subsistir ellos.
   Si quien había conquistado el poder no hubiera actuado por la fuerza de las armas y del temor a dios, si la población hubiera tenido opción de decidir sin la certeza de que les protegían los mismos que les amenazaban, nunca le hubiera entregado sus cosechas a quienes no trabajaban y  nunca hubieran trabajado más que lo necesario.
   Es posible que ese poder, con la fuerza, el miedo y las promesas de protección de los enemigos foráneos, llegaran a inducir a quienes  amenazaban con las armas y con el infierno, a aquella población desarmada e indefensa a la que había obligado a trabajar y producir y a entregar el excedente de sus cosechas, para que aceptaran de una manera natural ese estado de cosas, según el cual, era su deber trabajar intensamente aunque parte de su trabajo fuera a sostener a otros que no trabajaban y que superponían su poder sobre ellos.
  
   Los periodos revolucionarios del siglo XIX después de que la nueva clase de los industriales, la burguesía emergente ganara el poder y pudiera instaurar un nuevo sistema económico, si bien sus divisas fueron: la libertad la igualdad y la fraternidad, de nuevo su sistema lo sustentó en el trabajo.  Trabajar más de lo necesario y en la acumulación de capitales fruto del trabajo de las masas obreras que pudieran emplear. Esta base del sistema hizo imposible que se pudieran implementar sus divisas en la realidad hasta el punto de convertirlas en una utopía.
   Este nuevo sistema cambió la manera de entender el trabajo.
   Con las máquinas, que eran de propiedad de los nuevos dueños de la tierra y la mano de obra que en mayores cantidades y más organizada las alimentaba a fuerza de ser el medio de vida de una parte importante de la población, todo se podía convertir en una mercancía que se pudo comprar y vender aquí y allí sin que nadie fuera consciente del valor real del trabajo que llevaba cada producto.
   Aunque sus valedores fueran poco creyentes, el nuevo sistema, también tuvo que hacer valer la ideología que subyace de la novela sagrada y la sumisión a los designios de dios. Así, rememorando la religión, de nuevo le dieron la legitimidad tan ficticia como necesaria a su poder terrenal y a la obligación de trabajar de todos los que tenían en este mundo de dios al alcance de su capital.
   Buena parte de lo que socialmente damos por sentado acerca de la conveniencia del trabajo procede de esta reconversión ideológica, También entonces alguien necesitaba de otros que trabajaran por mandato divino para hacerse ellos con las plusvalías de su trabajo.
   Una forma de hacer que está adaptada al mundo moderno.
   El mayor fracaso de las reivindicaciones de los trabajadores, de los obreros, de los productores, de los proletarios del mundo ha sido sus revoluciones. En Rusia, desde la primera revolución que se produjo en la primera década del siglo XX y que acabó con el régimen zarista desde una perspectiva burguesa, y posteriormente, cuando tomaron el poder los comunistas, tras otro largo periodo revolucionario, se hizo en nombre de los trabajadores defendiendo no solamente su trabajo y sus más elementales derechos sino queriendo copar en su nombre el poder político para poder salir de la miseria y del hambre en el que se encontraban.
   Mucho trabajaron y posiblemente nunca lo consiguieron.
  Equivocadamente hubieron de organizar un sistema de economía planificada en el que todo pivotaba en torno al trabajo: la necesidad, el control de la oferta para que a nadie le faltara qué hacer, incluso si vivían en los presidios, y la obligatoriedad y sobretodo con un aparato de control y de burocracia que absorbía todo el trabajo.
   Los dirigentes revolucionarios, una vez que tomaron el poder, se consideraron los herederos de aquellos que habían derrocado y asumieron sus mismos privilegios y prebendas, y todas sus ventajas, como sucedía antes, se soportaban en el trabajo y los derechos de quienes trabajaban. Solamente pensaron en hacerles trabajar.
   Un sistema que duró tanto y que ha terminado recientemente y como es natural, ha dejado una huella profunda en las opiniones y en los pensamientos de los hombres de izquierda, que todavía no ha podido recuperarse de la caída y que siguen interpretando el trabajo y el puesto de trabajo como una necesidad que se ha de alimentar por causa de la dignidad humana.
   Los grandes regímenes comunistas que perviven en la actualidad también defienden el trabajo como base del sistema con la que tienen atenazada a la población. Unos sistemas muy atípicos que no sirven sino para la corrupción de las élites, que desde la defensa del trabajo hacen del comunismo una realidad con lo peor del estalinismo y del capitalismo y del financierismo.
 
   En el pasado siglo, en los años pasados desde las últimas guerras europeas, tiempos en los que de manera ficticia se enfrentaban dos bandos que en su esencia nada tenían de antagónicos, hubo cambios importantes en la concepción del trabajo como medio de vida y se reconocieron y asentaron unos derechos al mundo del trabajo que hasta entonces habían sido negados.
   Las sucesivas reconstrucciones nacionales y reconversiones: industriales, agrícolas y mineras, modificaron el concepto del trabajo con la idea de la jubilación a los sesenta y cinco años de quienes habían pasado su vida trabajando. Por primera vez se admite como un derecho que una parte de la población pueda vivir sin trabajar.
   A partir de ahora las generaciones venideras están obligados a trabajar y trabajar para pagar las jubilaciones de los que ya dicen que trabajaron pero en una proporción al menos cinco veces mayor de lo que ellos lo hicieron para los anteriores. El sistema ha conseguido que la propia obligación de trabajar nazca del mismo seno de la sociedad: los jubilados, los que ya trabajaron más de la cuenta, obliga a que las nuevas generaciones hayan de trabajar para ellos.
  
   Desde otra perspectiva, en el fondo y a lo lejos, nos encontramos con la economía oriental que trata de imitar el comportamiento de occidente y a veces dar ejemplo. Se conduce con unos importantes episodios de revolución industrial y de innovaciones tecnológicas que han llegado a alimentar  unas producciones en gran escala, y que también en las últimas décadas ha sentenciado algunas realidades que explican del peligro que tiene trabajar:
              Japón es una de las civilizaciones que más amor demuestra con el trabajo. En la conciencia de sus ciudadanos el trabajo es la base fundamental para realizarse como individuos. Presumen ante el mundo occidental de la organización del trabajo y el compromiso ante el trabajo  y además apenas tienen paro. Llevan ya más de veinte años de crisis y la deuda pública y privada es de las más grandes del planeta. Esta deuda significa lo mucho que han trabajado y que han de trabajar otro tanto o más en los siguientes veinte próximos 
              Y ya veremos donde desembarca China en pocos años y en los que se presume pensar en una cuarta parte de la humanidad que al parecer no tiene otra cosa mejor que hacer que trabajar.


domingo, 10 de marzo de 2013

El trabajo dignifica

En la moderna concepción de los derechos del hombre se aboga por que la actividad humana que dignifica a la persona es el trabajo. Reminiscencias de la filosofía social que se desprende de la novela sagrada y que todavía no ha superado la humanidad. Una visión de la sociedad que también impregnó las ideologías del siglo XIX que defendieron los derechos del trabajador y la preeminencia del trabajo entre todos los deberes y derechos.
Por ello en la proclamación universal de los derechos humanos se defiende que todas las personas tienen derecho al trabajo para poder cumplir con su deber social de trabajar.
Y a pesar de su origen, y dejando clara su provisionalidad, puedo pensar que esta aspiración legal está muy bien, siempre que ese derecho a trabajar se hiciera realidad en la medida imposible en las entrañas del sistema y en su defecto razonablemente se indemnizara.
En estos tiempos que nos tienen cogidos a todos por el bolsillo y en los que una parte importante de la población activa está controlada con la tarjeta de desempleo y sujeta con el bocado de la hipoteca, hay que llegar a entender, que todo sucede como consecuencia de las deudas que los poderes públicos han contraído para que la población hubiera tenido trabajo en el pasado y así mantener el sistema.
Y con la excusa del trabajo compraron sus voluntades. 
Y ahora la crisis significa pagar lo que trabajaron entonces.
Y lo que es peor:

Por una equivocada idea que han tenido los gobiernos en los últimos tiempos de lo que es y significa socialmente el trabajo, la producción, las necesidades sociales, equívoco con el que liaron la idea en una marabunta de objetivos macroeconómicos para tener una zanahoria que perseguir, y que utilizaba la escasez del trabajo como excusa.  Ha hecho trabajar a muchas generaciones mucho más de lo que es necesario trabajar para vivir dignamente. Así han conseguido a lo largo de los siglos que cada generación aporte a la historia mucho más de lo que le correspondía aunque pudiera incidir determinante en el futuro de las siguientes.
Y además, quienes vienen después, las nuevas generaciones, nuestros hijos y nuestros nietos, sin que en nada les beneficie porque ni siquiera van a poder usar una parte importante de lo que les dejamos pergeñado, lo van a tener que pagar ellos, sin aprovecharse del trabajo generado años antes, sino que por el contrario, van a volver a pagarlo otra vez con las jubilaciones de quienes lo hicieron.
Es imposible llegar a calcular: los créditos, bonos, letras, avales y derechos otorgados desde el Estado por todo aquello que nosotros  hemos construido, organizado y planificado durante décadas y que quienes vienen detrás las tienen que atender mañana con su trabajo.
Y los que nos siguen, no van a poder trabajar, porque no tendrán trabajo a no ser que se lo fantaseen, porque ya lo tienen todo hecho para mucho tiempo, y en su andar vital, se tendrán que entretener en alguna otra cosa para no verse inmersos en su propia desgracia.
Porque la realidad es: que varias generaciones hemos trabajado durante décadas, no sólo lo que nos correspondía a los que estábamos activos, sino que ya hemos hecho en nuestro beneficio, lo que en buena lógica tendría que trabajar las siguientes generaciones para poder tener una actividad productiva en función de sus necesidades.
Ni trabajo en el que ocuparse les vamos a dejar a los que vienen.
Porque si no cambiamos pronto la concepción de las necesidades sociales y el equilibrio de la economía y si no aprendemos a discernir entre el trabajo necesario y el innecesario y si a partir de ese punto no pensamos en el reparto del trabajo: hasta nuestros nietos se van a quedar sin trabajo desde la perspectiva que en estos tiempos tenemos.
Otros defienden que es con el trabajo con lo que se realizan las personas y que el esfuerzo lo dignifica todo en la vida y es la base de todos los derechos sobre todo el derecho a la propiedad.
Y es importante saber cuánto significa para muchas personas el trabajo y el esfuerzo propio con el que encuentran su realización personal y su felicidad y su modo de vida y no es necesario desdeñar su derecho a trabajar cuanto quieran en lo que quieran y que cobren lo que le quieran pagar. Porque también hemos de comprender cuántas personas hacen del trabajo su vida, porque su vida es el trabajo y han de tener la libertad de obrar como quieran y trabajar cuanto quieran, porque están en su derecho: si no fuerzan a los demás a trabajar.
No es problema que las personas que quieran trabajar trabajen y trabajen cuanto quieran, el problema real es que haya otras personas que no tengan para vivir dignamente aunque no trabajen y no porque no quieran sino porque no pueden porque no tienen trabajo.
Porque: ¿cuántas personas viven sin trabajo, que dicen es un derecho fundamental de los hombres y les hacen creer que viven en la indignidad de vivir sin trabajar? Personas que difícilmente pueden comer ni realizarse, y muchas veces no solo ellas, sino que también a sus familias les falta qué comer y todos los esfuerzos que hacen por trabajar, los hacen en el baldío de la incomprensión.
A muchas de estas personas, que en muchos casos podríamos considerar que ya son desheredados del mundo laboral, para calmar nuestra conciencia social las ponemos a coger las colillas del suelo con una escoba y un palín en cualquier jardín. Nos reinventamos de nuevo una tarea  para que tengan un trabajo que los dignifique como personas y un lugar en el que sembrar su esfuerzo como creyendo que así contribuimos a integrarlos en la sociedad como personas.
Lo cierto es que el trabajo determina las posibilidades reales de las personas a lo largo de toda su vida, con unas diferencias tan grandes, que el mismo hecho de trabajar te puede colocar en una vida en la que relativamente no te falte de nada o que por el contrario si andas a trancas con el trabajo, en toda tu vida no consigas que el faldón te tape del todo el culo, y que además, alguien se piense que es más importante que tú, y que además tú no eres más que un vago.
Así que cada cual tiene lo suyo y así, entre quienes están muy satisfechos subyugados por el trabajo y los que no tienen trabajo, nos encontramos con una población que está trabajando, y que si se está por encima de los cincuenta años, ya harta y cansada, está suspirando por la jubilación, porque su trabajo, durante toda su vida, no ha sido más que la tragedia a la que se ha tenido que enfrentar cada día.
Y esa parte de población joven que todavía no sabe si disfrutará mañana con su trabajo y que está suspirando por ser funcionaria: una manera de vivir sin pasar la mayor agonía que sufre la población por la ausencia de trabajo, si se cansará pronto de soñar, o será de la que habrá de coger las colillas del suelo dentro de unos pocos años.
 
     Quedan muchas preguntas a la hora de proyectar en futuro y poder organizar el trabajo y el volumen de trabajo que hemos de hacer a plazo corto y el que debieran contraer y realizar las siguientes generaciones para mantenernos a nosotros dignamente. ¿Cuántas personas con necesidad de trabajar no buscan ese trabajo que le sirva para toda la vida, porque así se gana la vida con todos los derechos soportados incluso sobre quien no tiene el derecho al trabajo?
    Respuestas que además sirvieran para no porfiar en los errores que se han cometido con la concepción del trabajo durante siglo.
Se podría saber:
    ¿Cuántas personas están trabajando infinidad de horas sin hacer nada salvo estar y que por estar, les ganan su pan a otros, a los que se les exige un esfuerzo y un estrés sin límites?
Y más todavía:
     ¿Cuántas otras haciendo enormes esfuerzos, no consiguen hacer en beneficio de la sociedad, ni la mitad de lo que harían si no trabajaran?
O desde otra mirada:
    ¿Cuántas personas en la plenitud de su vida han conseguido ya que otros sudemos su pan por ellas y además lo consideran su derecho a costa de lo que sea sin cuestionarse nada?
Y sería posible calcular:
    ¿Cuántas personas hacen trabajos totalmente improductivos socialmente y que componen el aparato burocrático de los gobiernos con el que se controla el trabajo y el producto del trabajo de los demás?
Y hemos de llegar a determinar:
    ¿Cuántas horas de trabajo serían necesarias para poder atender única y exclusivamente las necesidades de las personas?
Y por último si se administrara el trabajo como un recurso escaso
     ¿Cuánto trabajo no se ahorraría para todo…?

Aunque parezca imposible, habríamos de detectar y señalar con el dedo a aquellas personas que siendo tan activas que no paran en su trabajo, solamente persiguen que todo los demás seamos dignos y honrados a su manera y trabajemos como ellos aunque no haga falta.