domingo, 17 de marzo de 2013

El deber de trabajar

   El concepto de "el deber de trabajar", en términos históricos ha sido un medio utilizado por los poseedores del poder para inducir a los demás, a la mayoría de la población: a sus esclavos, sus súbditos, sus siervos, sus empleados, a vivir para el interés y  beneficio de quienes eran muchos menos: sus dueños, sus amos, sus patrones, más que para su propio interés.
   A pesar de esta gran contradicción, desde el poder hicieron lo posible para hacer creer que los intereses de la minoría son idénticos a los más grandes intereses de la humanidad.
   Desde que conocemos datos fiables de la historia y sabemos de las ideas de los primeros pensadores que han trascendido hasta nuestros días, ya eran los esclavos los que trabajaban para sus amos nada más que por el derecho a tener techo y comida.

   Aquellos filósofos, que se preocupaban por idear unos sistemas de gobierno que fueran más justos, paradójicamente, nunca reflejaron para hacer justicia que sus esclavos, también formaban parte del mundo y que eran ellos quienes los sostenían con su trabajo.
   Durante los siglos más oscuros de la historia, aquellos en los que se dieron forma las religiones en la conciencia colectiva, la población trabajaba escasamente para vivir y con una ayuda mutua dentro de sus propias comunidades. No obstante, en aquellos tiempos el poder escasamente constituido en cada trozo de tierra por la mal llamada “nobleza”, un poder que había sido implantado por quienes se hicieron los primeros dueños de la tierra a fuerza de violencia, logró de manera coercitiva obligar a la población a entregar una buena parte de sus cosechas. Con esta exigencia, los nobles con sus guerreros y la iglesia con sus sacerdotes, apremiaron a las gentes a trabajar mucho más de lo que necesitaban para subsistir ellos.
   Si quien había conquistado el poder no hubiera actuado por la fuerza de las armas y del temor a dios, si la población hubiera tenido opción de decidir sin la certeza de que les protegían los mismos que les amenazaban, nunca le hubiera entregado sus cosechas a quienes no trabajaban y  nunca hubieran trabajado más que lo necesario.
   Es posible que ese poder, con la fuerza, el miedo y las promesas de protección de los enemigos foráneos, llegaran a inducir a quienes  amenazaban con las armas y con el infierno, a aquella población desarmada e indefensa a la que había obligado a trabajar y producir y a entregar el excedente de sus cosechas, para que aceptaran de una manera natural ese estado de cosas, según el cual, era su deber trabajar intensamente aunque parte de su trabajo fuera a sostener a otros que no trabajaban y que superponían su poder sobre ellos.
  
   Los periodos revolucionarios del siglo XIX después de que la nueva clase de los industriales, la burguesía emergente ganara el poder y pudiera instaurar un nuevo sistema económico, si bien sus divisas fueron: la libertad la igualdad y la fraternidad, de nuevo su sistema lo sustentó en el trabajo.  Trabajar más de lo necesario y en la acumulación de capitales fruto del trabajo de las masas obreras que pudieran emplear. Esta base del sistema hizo imposible que se pudieran implementar sus divisas en la realidad hasta el punto de convertirlas en una utopía.
   Este nuevo sistema cambió la manera de entender el trabajo.
   Con las máquinas, que eran de propiedad de los nuevos dueños de la tierra y la mano de obra que en mayores cantidades y más organizada las alimentaba a fuerza de ser el medio de vida de una parte importante de la población, todo se podía convertir en una mercancía que se pudo comprar y vender aquí y allí sin que nadie fuera consciente del valor real del trabajo que llevaba cada producto.
   Aunque sus valedores fueran poco creyentes, el nuevo sistema, también tuvo que hacer valer la ideología que subyace de la novela sagrada y la sumisión a los designios de dios. Así, rememorando la religión, de nuevo le dieron la legitimidad tan ficticia como necesaria a su poder terrenal y a la obligación de trabajar de todos los que tenían en este mundo de dios al alcance de su capital.
   Buena parte de lo que socialmente damos por sentado acerca de la conveniencia del trabajo procede de esta reconversión ideológica, También entonces alguien necesitaba de otros que trabajaran por mandato divino para hacerse ellos con las plusvalías de su trabajo.
   Una forma de hacer que está adaptada al mundo moderno.
   El mayor fracaso de las reivindicaciones de los trabajadores, de los obreros, de los productores, de los proletarios del mundo ha sido sus revoluciones. En Rusia, desde la primera revolución que se produjo en la primera década del siglo XX y que acabó con el régimen zarista desde una perspectiva burguesa, y posteriormente, cuando tomaron el poder los comunistas, tras otro largo periodo revolucionario, se hizo en nombre de los trabajadores defendiendo no solamente su trabajo y sus más elementales derechos sino queriendo copar en su nombre el poder político para poder salir de la miseria y del hambre en el que se encontraban.
   Mucho trabajaron y posiblemente nunca lo consiguieron.
  Equivocadamente hubieron de organizar un sistema de economía planificada en el que todo pivotaba en torno al trabajo: la necesidad, el control de la oferta para que a nadie le faltara qué hacer, incluso si vivían en los presidios, y la obligatoriedad y sobretodo con un aparato de control y de burocracia que absorbía todo el trabajo.
   Los dirigentes revolucionarios, una vez que tomaron el poder, se consideraron los herederos de aquellos que habían derrocado y asumieron sus mismos privilegios y prebendas, y todas sus ventajas, como sucedía antes, se soportaban en el trabajo y los derechos de quienes trabajaban. Solamente pensaron en hacerles trabajar.
   Un sistema que duró tanto y que ha terminado recientemente y como es natural, ha dejado una huella profunda en las opiniones y en los pensamientos de los hombres de izquierda, que todavía no ha podido recuperarse de la caída y que siguen interpretando el trabajo y el puesto de trabajo como una necesidad que se ha de alimentar por causa de la dignidad humana.
   Los grandes regímenes comunistas que perviven en la actualidad también defienden el trabajo como base del sistema con la que tienen atenazada a la población. Unos sistemas muy atípicos que no sirven sino para la corrupción de las élites, que desde la defensa del trabajo hacen del comunismo una realidad con lo peor del estalinismo y del capitalismo y del financierismo.
 
   En el pasado siglo, en los años pasados desde las últimas guerras europeas, tiempos en los que de manera ficticia se enfrentaban dos bandos que en su esencia nada tenían de antagónicos, hubo cambios importantes en la concepción del trabajo como medio de vida y se reconocieron y asentaron unos derechos al mundo del trabajo que hasta entonces habían sido negados.
   Las sucesivas reconstrucciones nacionales y reconversiones: industriales, agrícolas y mineras, modificaron el concepto del trabajo con la idea de la jubilación a los sesenta y cinco años de quienes habían pasado su vida trabajando. Por primera vez se admite como un derecho que una parte de la población pueda vivir sin trabajar.
   A partir de ahora las generaciones venideras están obligados a trabajar y trabajar para pagar las jubilaciones de los que ya dicen que trabajaron pero en una proporción al menos cinco veces mayor de lo que ellos lo hicieron para los anteriores. El sistema ha conseguido que la propia obligación de trabajar nazca del mismo seno de la sociedad: los jubilados, los que ya trabajaron más de la cuenta, obliga a que las nuevas generaciones hayan de trabajar para ellos.
  
   Desde otra perspectiva, en el fondo y a lo lejos, nos encontramos con la economía oriental que trata de imitar el comportamiento de occidente y a veces dar ejemplo. Se conduce con unos importantes episodios de revolución industrial y de innovaciones tecnológicas que han llegado a alimentar  unas producciones en gran escala, y que también en las últimas décadas ha sentenciado algunas realidades que explican del peligro que tiene trabajar:
              Japón es una de las civilizaciones que más amor demuestra con el trabajo. En la conciencia de sus ciudadanos el trabajo es la base fundamental para realizarse como individuos. Presumen ante el mundo occidental de la organización del trabajo y el compromiso ante el trabajo  y además apenas tienen paro. Llevan ya más de veinte años de crisis y la deuda pública y privada es de las más grandes del planeta. Esta deuda significa lo mucho que han trabajado y que han de trabajar otro tanto o más en los siguientes veinte próximos 
              Y ya veremos donde desembarca China en pocos años y en los que se presume pensar en una cuarta parte de la humanidad que al parecer no tiene otra cosa mejor que hacer que trabajar.


domingo, 10 de marzo de 2013

El trabajo dignifica

En la moderna concepción de los derechos del hombre se aboga por que la actividad humana que dignifica a la persona es el trabajo. Reminiscencias de la filosofía social que se desprende de la novela sagrada y que todavía no ha superado la humanidad. Una visión de la sociedad que también impregnó las ideologías del siglo XIX que defendieron los derechos del trabajador y la preeminencia del trabajo entre todos los deberes y derechos.
Por ello en la proclamación universal de los derechos humanos se defiende que todas las personas tienen derecho al trabajo para poder cumplir con su deber social de trabajar.
Y a pesar de su origen, y dejando clara su provisionalidad, puedo pensar que esta aspiración legal está muy bien, siempre que ese derecho a trabajar se hiciera realidad en la medida imposible en las entrañas del sistema y en su defecto razonablemente se indemnizara.
En estos tiempos que nos tienen cogidos a todos por el bolsillo y en los que una parte importante de la población activa está controlada con la tarjeta de desempleo y sujeta con el bocado de la hipoteca, hay que llegar a entender, que todo sucede como consecuencia de las deudas que los poderes públicos han contraído para que la población hubiera tenido trabajo en el pasado y así mantener el sistema.
Y con la excusa del trabajo compraron sus voluntades. 
Y ahora la crisis significa pagar lo que trabajaron entonces.
Y lo que es peor:

Por una equivocada idea que han tenido los gobiernos en los últimos tiempos de lo que es y significa socialmente el trabajo, la producción, las necesidades sociales, equívoco con el que liaron la idea en una marabunta de objetivos macroeconómicos para tener una zanahoria que perseguir, y que utilizaba la escasez del trabajo como excusa.  Ha hecho trabajar a muchas generaciones mucho más de lo que es necesario trabajar para vivir dignamente. Así han conseguido a lo largo de los siglos que cada generación aporte a la historia mucho más de lo que le correspondía aunque pudiera incidir determinante en el futuro de las siguientes.
Y además, quienes vienen después, las nuevas generaciones, nuestros hijos y nuestros nietos, sin que en nada les beneficie porque ni siquiera van a poder usar una parte importante de lo que les dejamos pergeñado, lo van a tener que pagar ellos, sin aprovecharse del trabajo generado años antes, sino que por el contrario, van a volver a pagarlo otra vez con las jubilaciones de quienes lo hicieron.
Es imposible llegar a calcular: los créditos, bonos, letras, avales y derechos otorgados desde el Estado por todo aquello que nosotros  hemos construido, organizado y planificado durante décadas y que quienes vienen detrás las tienen que atender mañana con su trabajo.
Y los que nos siguen, no van a poder trabajar, porque no tendrán trabajo a no ser que se lo fantaseen, porque ya lo tienen todo hecho para mucho tiempo, y en su andar vital, se tendrán que entretener en alguna otra cosa para no verse inmersos en su propia desgracia.
Porque la realidad es: que varias generaciones hemos trabajado durante décadas, no sólo lo que nos correspondía a los que estábamos activos, sino que ya hemos hecho en nuestro beneficio, lo que en buena lógica tendría que trabajar las siguientes generaciones para poder tener una actividad productiva en función de sus necesidades.
Ni trabajo en el que ocuparse les vamos a dejar a los que vienen.
Porque si no cambiamos pronto la concepción de las necesidades sociales y el equilibrio de la economía y si no aprendemos a discernir entre el trabajo necesario y el innecesario y si a partir de ese punto no pensamos en el reparto del trabajo: hasta nuestros nietos se van a quedar sin trabajo desde la perspectiva que en estos tiempos tenemos.
Otros defienden que es con el trabajo con lo que se realizan las personas y que el esfuerzo lo dignifica todo en la vida y es la base de todos los derechos sobre todo el derecho a la propiedad.
Y es importante saber cuánto significa para muchas personas el trabajo y el esfuerzo propio con el que encuentran su realización personal y su felicidad y su modo de vida y no es necesario desdeñar su derecho a trabajar cuanto quieran en lo que quieran y que cobren lo que le quieran pagar. Porque también hemos de comprender cuántas personas hacen del trabajo su vida, porque su vida es el trabajo y han de tener la libertad de obrar como quieran y trabajar cuanto quieran, porque están en su derecho: si no fuerzan a los demás a trabajar.
No es problema que las personas que quieran trabajar trabajen y trabajen cuanto quieran, el problema real es que haya otras personas que no tengan para vivir dignamente aunque no trabajen y no porque no quieran sino porque no pueden porque no tienen trabajo.
Porque: ¿cuántas personas viven sin trabajo, que dicen es un derecho fundamental de los hombres y les hacen creer que viven en la indignidad de vivir sin trabajar? Personas que difícilmente pueden comer ni realizarse, y muchas veces no solo ellas, sino que también a sus familias les falta qué comer y todos los esfuerzos que hacen por trabajar, los hacen en el baldío de la incomprensión.
A muchas de estas personas, que en muchos casos podríamos considerar que ya son desheredados del mundo laboral, para calmar nuestra conciencia social las ponemos a coger las colillas del suelo con una escoba y un palín en cualquier jardín. Nos reinventamos de nuevo una tarea  para que tengan un trabajo que los dignifique como personas y un lugar en el que sembrar su esfuerzo como creyendo que así contribuimos a integrarlos en la sociedad como personas.
Lo cierto es que el trabajo determina las posibilidades reales de las personas a lo largo de toda su vida, con unas diferencias tan grandes, que el mismo hecho de trabajar te puede colocar en una vida en la que relativamente no te falte de nada o que por el contrario si andas a trancas con el trabajo, en toda tu vida no consigas que el faldón te tape del todo el culo, y que además, alguien se piense que es más importante que tú, y que además tú no eres más que un vago.
Así que cada cual tiene lo suyo y así, entre quienes están muy satisfechos subyugados por el trabajo y los que no tienen trabajo, nos encontramos con una población que está trabajando, y que si se está por encima de los cincuenta años, ya harta y cansada, está suspirando por la jubilación, porque su trabajo, durante toda su vida, no ha sido más que la tragedia a la que se ha tenido que enfrentar cada día.
Y esa parte de población joven que todavía no sabe si disfrutará mañana con su trabajo y que está suspirando por ser funcionaria: una manera de vivir sin pasar la mayor agonía que sufre la población por la ausencia de trabajo, si se cansará pronto de soñar, o será de la que habrá de coger las colillas del suelo dentro de unos pocos años.
 
     Quedan muchas preguntas a la hora de proyectar en futuro y poder organizar el trabajo y el volumen de trabajo que hemos de hacer a plazo corto y el que debieran contraer y realizar las siguientes generaciones para mantenernos a nosotros dignamente. ¿Cuántas personas con necesidad de trabajar no buscan ese trabajo que le sirva para toda la vida, porque así se gana la vida con todos los derechos soportados incluso sobre quien no tiene el derecho al trabajo?
    Respuestas que además sirvieran para no porfiar en los errores que se han cometido con la concepción del trabajo durante siglo.
Se podría saber:
    ¿Cuántas personas están trabajando infinidad de horas sin hacer nada salvo estar y que por estar, les ganan su pan a otros, a los que se les exige un esfuerzo y un estrés sin límites?
Y más todavía:
     ¿Cuántas otras haciendo enormes esfuerzos, no consiguen hacer en beneficio de la sociedad, ni la mitad de lo que harían si no trabajaran?
O desde otra mirada:
    ¿Cuántas personas en la plenitud de su vida han conseguido ya que otros sudemos su pan por ellas y además lo consideran su derecho a costa de lo que sea sin cuestionarse nada?
Y sería posible calcular:
    ¿Cuántas personas hacen trabajos totalmente improductivos socialmente y que componen el aparato burocrático de los gobiernos con el que se controla el trabajo y el producto del trabajo de los demás?
Y hemos de llegar a determinar:
    ¿Cuántas horas de trabajo serían necesarias para poder atender única y exclusivamente las necesidades de las personas?
Y por último si se administrara el trabajo como un recurso escaso
     ¿Cuánto trabajo no se ahorraría para todo…?

Aunque parezca imposible, habríamos de detectar y señalar con el dedo a aquellas personas que siendo tan activas que no paran en su trabajo, solamente persiguen que todo los demás seamos dignos y honrados a su manera y trabajemos como ellos aunque no haga falta.

domingo, 3 de marzo de 2013

El paraiso


La maldición divina es el trabajo. Así aparece en aquella novela sagrada con la que los judíos trataron de dar forma y contenido al  devenir de su poder e influencia en la historia de la humanidad.
Nunca imaginaron que hubiera de tener tanta trascendencia.
Y en esta civilización que se ha construido en los últimos treinta siglos, tan determinada por la sabia que la alimenta desde las raíces judeocristiana y que abona con su tradición cada generación, los gobiernos y toda clase de instituciones, tratan de llevar a la práctica esta maldición a rajatabla sin importarles y con toda la carga de castigo que conlleva para los ciudadanos.
Aquello que dicen que dijo el creador al hombre:
Te ganarás el pan con el sudor de tu frente.
Una sentencia que se ha utilizado para hacer desgraciadas a todas las generaciones que se han sucedido a lo largo de la humanidad desde entonces. Decisivamente, era lo que trataba de conseguir aquella maldición que decían divina, escrita por quienes querían dirigir a la humanidad a fuerza de sumisión a su poder humano para temer a dios. Hombres que encontraron su mejor arma de poder en hacer trabajar a los semejantes. Aquellos líderes se invistieron de la autoridad de un dios que nadie conoció entonces ni conoce ahora.
Una sentencia que ningún dios verbalizó pero que a alguien se le ocurrió cuando escribía la novela sagrada para la posteridad como la justificación y la herramienta de control económico y social.
Así cuentan que fueron expulsados Adán y Eva del paraíso terrenal. En aquel lugar, hasta ese día, habían vivido los hombres sin necesidad de trabajar, Cuentan que pecaron y con una sentencia, que tiene más que ver con una licencia literaria pero que les servía a sus propósitos: los condenaron al trabajo. Después, otros aprovecharon la máxima para que valiera a largo plazo de instrumento y de estrategia con la que hacer al hombre un esclavo del trabajo y para liberar a los elegidos que por causas divinas no trabajan.
Que de eso tratan las religiones: de escarmentar a los hombres y a las mujeres mientras tienen vida.
Dicen otros que yo he leído, que hasta entonces, habían sido tiempos en los que la humanidad comía lo suficiente con poco esfuerzo. Aseguran que había de toda clase de alimentos en su paraíso sin más necesidad que estirar la mano y tomar de lo que la naturaleza les ofrecía. Es posible que desde entonces no se ha hecho otra que discurrir cosas que hacer y que no sirven para nada, entre ellos, quizás el principal: las tareas de promover el amor a dios como justificante de todo lo demás, un trabajo, que luego se convirtió en religión y doctrina y que hasta el día de hoy soportamos.
Esta técnica de ingeniería filosófica y social que ha inspirado el devenir de la humanidad guiada por sus reyes y sus religiosos en el mundo occidental, esta maldición implacable, se resume en:
Hay que trabajar para comer.
Esta maldición es la que nos ha llevado a que el trabajo sea una necesidad que no la provee definitivamente ni la concreta claramente ningún derecho, y sin embargo, si no se tiene trabajo conlleva la pena de que se niegue a la persona cualquier otro derecho.
Quizás la necesidad de trabajar para comer sea una máxima que nadie discutiera porque  cae por su propio peso y cordura. También puede ser una idea que sin duda acariciaría toda la humanidad con independencia de sus creencias y para todas las ideologías puede ser una premisa socialmente correcta y éticamente asumible.
Pero todas estas insignias, puestas en medio del maremágnum en el que se convierte las posibilidad de trabajar para una parte importante de la población, ha pasado a ser un aforismo que puesto en práctica de forma dogmática y punitiva en el mercado de las necesidades vitales, nos ha llevado por unos derroteros totalmente antagónicos a lo que en realidad predican.
Lo que en la realidad ha sucedido no estaba contemplado en aquella idea después y aquello tan loable de: te ganarás el pan con el sudor de tu frente, que entendemos puede tener una cierta coherencia social y llegado el caso tuviera que ser condición para la dignidad humana, sin embargo, en las complejas circunstancias de la vida, hay quien no tiene un trabajo con el que sudar la frente y en su esfuerzo por encontrar su medio de ganarse la vida y se ha convertido en:
Te ganarás el pan quitándole el trabajo al prójimo.
Esta es la batalla entre quienes necesitan de un trabajo para vivir.
Y desde esta concepción social y como consecuencia de ella finalmente vemos que se promueve que quienes necesitan de un trabajo hayan de pelear entre sí para conseguirlo, y lo que es peor: que hayan aparecido los proveedores de trabajo a partir de una nueva idea que aprendieron y que practican:
Te ganarás el pan con el sudor de la frente del prójimo.
Y se han constituido como inventores de trabajos
Una realidad que han procurado los poderes: sociales políticos y económicos a lo largo de los siglos para tener cogida a la humanidad por las miserias  que produce la falta de trabajo y la necesidad de que alguien lo provea y se aproveche de él.
En medio de esta necesidad imperiosa de trabajar, la escasez de trabajo para todas las personas, es la pena que ha conseguido sentar esta maldición, en estos tiempos en los que vivimos y en todos los demás pasados: una condena inapelable. Esta es la realidad contra la que hemos de trabajar, aunque este trabajo no nos sirva para comer, para que la concepción del trabajo vaya lejos de lo que ha supuesto la maldición y cambie de raíz este mundo en el que vivimos.

En la misma novela bíblica desde la que se ha cimentado la forma de creer y de pensar de esta civilización que nos lleva a pensar como a la misma religión y a sus promotores les interesa, nos relatan que dios hizo al hombre con una particularidad muy importante y determinante con respecto al resto de los animales:
La razón.
Con un hálito, con un soplo, con una chispa divina que salió de su dedo que surgía de entre las nubes por delante de sus barbas, a diferencia del resto de los animales nos creó racionales: a su imagen y semejanza y nos encargó para que le administráramos la tierra.
Sin embargo, en estos últimos milenios de los que se conoce de alguna manera la historia de la humanidad, podemos comprobar que en realidad lo que nos ha hecho diferentes a los hombres de la gran mayoría del resto de los animales, es tener que trabajar para mucho más que para comer y que en buena manera la razón no ha sido el elemento diferenciador con los irracionales, sino la capacidad de multiplicar el trabajo.
Porque quizás desde la razón, habría que plantearse la cuestión del trabajo desde la idea también vieja de:
Hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar.
Una reflexión que los más ancianos y humildes muchas veces se hacen, pero que difícilmente cuaja entre quienes comienzan su vida laboral y económica independiente en la edad de comerse el mundo a dentelladas calientes. Una idea que de la misma manera no hubiera cuajado en ellos cuando eran jóvenes y estaban convencidos de que habían de progresar en sus vidas con mucho trabajo.
Porque en realidad, culturalmente nos educan en aquello de que hay que trabajar para hacernos ricos y tener un de todo y que no nos falte de un de nada. Luego, cada cual se hace su propia composición de lo que es el todo y la nada, que a fuerza de soñar, siempre acaba en una profunda pesadilla con el más estrepitoso de los fracasos
Trabajar para vivir: una idea que sin duda podría hacer más feliz a la humanidad y libre de la obligación de enfrentarse consigo misma con la que posiblemente conseguiríamos trabajar todos menos, y que se podría concretar en: ser seres humanos: racionales y mortales.
No vivir para trabajar: que se ha de practicar desde la realidad y desde la propia experiencia individual porque, bien sabemos todos, que al final del camino todos acabamos inertes y los dineros y las haciendas propias y comunes, que en realidad es trabajo acumulado propio y ajeno, nadie, que se haya sabido, se los ha llevado a la otra vida para poder entonces descansar con el trabajo ya realizado.
Tampoco nadie se lleva al otro mundo ni una autopista ni un museo, que nos parece un regalo que les hacemos a las siguientes generaciones, y que nos olvidamos sin embargo de que les dejamos las deudas colectivas para que las paguen ellas en el futuro con su trabajo y un camino marcado de cómo ha de ser su futuro.

domingo, 24 de febrero de 2013

Cuánto trabajar


Antes de empezar quiero decir que estoy convencido de que se ha trabajado demasiado en el mundo, y que además, ese trabajo que se dice ha creado tanta riqueza, en realidad lo que ha creado en las sociedades es mucha pobreza económica y espiritual y una civilización que se ha visto tantas veces descompuesta por las injusticias.
Una manera de concebir el mundo que quizás ahora esté tocando a su fin  porque el sistema económico que ha estructurado, esté dando sus últimas sacudidas desde esa idea de que la humanidad tenga que trabajar tanto y tanto aún a costa de su bienestar y de su futuro, .
Pienso que la creencia inducida desde la antigüedad al género humano de que el trabajo es una virtud menester de practicar, ha causado enormes daños a la humanidad.
Una creencia que además, a lo largo de toda la historia nunca le ha dado respuesta a los graves problemas que han tenido las sociedades y que casi todos ellos todavía están sin resolver.
Me ha quedado demostrado en muchos lugares, que tanto trabajo, embrutece tanto a las personas y las hace tan insensibles como pueden llegar a ser los animales que se han utilizado para trabajar, y sin embargo, en el camino me he encontrado con gentes de edad avanzada que hubieran podido presumir de una inteligencia natural envidiable y que no han podido conformar su condición humana porque el trabajo no les ha dejado tiempo para conformarla.
Seguramente, agarrado a ideales que ya son viejos y que siempre perdieron en esa vieja batalla de cambiar radicalmente el devenir de la historia venidera, a lo mejor de de acuerdo con otros muchos que ni oigo ni conozco pero que existen, desde hace algunos años vengo defendiendo y  predicando al pensamiento de las gentes con la que normalmente tengo contacto, algo completamente distinto a lo que hasta ahora siempre nos habían enseñado y con mis desmanes y palabras despotrico contra esta manera de entender la vida alrededor de trabajo, que al final he constatado que no ha traído al planeta más que ruina y destrucción, miseria e injusticia.
Todos se sorprenden.
No me tratan por tonto porque me conocen.
Con mis palabras, les queda claro que era una gran mentira lo que nos enseñaron a nuestra generación para que creyéramos y para que desde esa fe pensáramos qué íbamos a ser hoy y así fuéramos y que llegados a esta altura ya ha fracasado.

Todas aquellas mentes jóvenes que además tuvimos ocasión de estudiar un poco más allá de los catorce años fuimos educados en el espíritu de algunas sentencias que se repetían en la familia en la escuela y la iglesia en torno al trabajo.
* El trabajo dignifica al hombre.
* El ocio es la madre de todos los vicios.
* Ganarás el pan con el sudor de tu frente.
* Trabaja cada día y haz economía cada minuto.
* El trabajo es la paga de todos los derechos que tienes.
* Si no trabajas nada puedes exigir porque no mereces.
* No morderás la mano que te da trabajo y te da de comer.
Hay que ver lo poco que ha cambiado el mundo que todavía se utilizan estas mismas consignas para educar a la población, si bien es muy posible que ya una parte de quienes las escuchan no les hagan caso y obren en función de otras ideas radicalmente contrarias.

Aunque la última guerra todavía estuviera sangrando sus heridas, las nuestras y las de los otros, los que nacimos en los años en los que las guerras parecían lejanas, se decía que estábamos viviendo una era de paz y prosperidad y había que olvidar el pasado, quizás también eran tiempos en los que era necesario el trabajo de todos porque estaba todo por hacer y rehacer. A pesar de todo tampoco había trabajo para todos y la población lo había de solucionar saliendo al exilio o a la emigración. Entonces vivimos el trabajo como una necesidad y como una obligación que no se podía esquivar.
En mi caso, dicen que era un niño con muchas virtudes, aquellas que prometen un gran futuro, esas que les gusta decir a los padres que tienen sus hijos, aunque no las tenga, pero que al parecer yo las tenía, aunque todavía hoy no sepa cuáles eran.
Formal y tranquilo, aplicado y cariñoso, obediente, sumiso.
Más listo que el aire decían mis abuelas.
Y muy tímido diría yo.
Y con mucho carácter y personalidad.
Entre estas mimbres quedó aquella educación.
En aquellos años en los que tomé las primeras lecciones, creí todo cuanto me dijeron sobre el estudio y el trabajo, hasta los curas nos hacían trabajar el domingo por la mañana después de misa para santificarlo, y así adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar intensamente durante toda mi vida y hasta el momento actual porque además casi siempre disfruto trabajando.
También yo empecé a trabajar desde niño.
Incluso pudiera ser que trabajar ya me diera derecho a fumar como un hombre. En aquellos años en los que no se habían construido otras necesidades, para la adolescencia era casi nuestro mayor reto para ser mayores de edad definitivamente: trabajar y fumar.

Pertenezco a la última generación a la que en este país se le ha obligado a trabajar desde niños, y con doce o trece años ya tenía que echar una mano en casa, ya tenía que ganarme el pan con el sudor de mi frente ya tenía que ver la vida con los ojos de trabajar cada día.
Y lo hice, vaya que si lo hice.
Y estaba orgulloso de trabajar y de valer para casa.
Y no tuve ninguna consideración porque era esa mi obligación.

Muchas veces recuerdo aquel domingo 21 de Junio de 1970 en el que intuitivamente fui consciente de que ya tenía que ganarme la vida con mi trabajo sin entender muy bien qué era eso.   

Nadie me tuvo que decir que tenía que contribuir al común familiar y empecé a comportarme como una persona mayor cuando ese día lo supe.


Era como el comienzo de la vida real.

La profesión que aprendí de niño en mi casa fue la de herrero y todavía me recuerdo alrededor de la fragua y del yunque, entra las tenazas y martillo que se usaban para un trabajo de manos negras.




Antes a la infancia, que se decía que llegaba al nacer con un pan debajo del brazo, se le acostumbraba al trabajo haciéndoles ganarse el pan en cuanto tenían edad y fuerza para echar una mano en lo que fuera.

Pronto se habían comido el pan que traían.

En estos tiempos incluso, más que antes, todos lo padres pretenden que sus hijos se críen en el amor al trabajo y al esfuerzo y para ello les preparan otro tajo.
Son los deberes escolares para que puedan tener las mejores notas de ka Escuela. 
Son aquella infinidad de actividades fuera de la educación reglada en las que además de su esfuerzo también tienen el apoyo de sus padres aplaudiendo y si es preciso dando gritos.
Ahora el pan se lo han de ganar con un trozo de chorizo,
Se ha llegado a un punto en el entrenamiento de la infancia, en el que se puede observar y comprobar que en la mayoría de las familias trabajadoras en las que hay infancia y adolescencia, entre unas obligaciones y otras acaban trabajando más horas que sus padres y además con la responsabilidad de que tienen no solo han de cumplir sino que han de ser mejor que nadie.

Pero también, conforme me he hecho veterano, de anciano prematuro me califico desde hace años, cuando trato de hacer valer mi experiencia, aunque creo que mi conciencia haya controlado mi trabajo dependiendo si era para vivir o para ser yo mismo, en la medida en la que me lo he podido permitir, he trabajado de acuerdo a como profundamente he pensado en estos años, sin saber cómo concretarlo entonces, pero estando muy seguro ahora de qué hice y porqué lo hice.
Pasados estos años, el grueso de mis opiniones ha experimentado una importante evolución y aunque no me arrepiento de haber trabajado tanto, pero he visto, he comprobado, que éste no es el camino para la buena convivencia social y para procurar la felicidad individual y de quienes nos rodean. Ni siquiera es un buen camino para quienes tienen una gran capacidad de trabajo y pudieran depender únicamente de sí mismos.
Y no por aquello de:
* Nadie se ha hecho nunca rico trabajando.
* Todos tenemos derecho a ganarnos la vida.
* Amarte a ti mismo sobre todas las cosas.
* No subyugar al desgraciado que te da de comer.
* La vida es muy corta como para perder el tiempo trabajando.  


domingo, 17 de febrero de 2013

El burro


Una cosa es muy cierta: cualquier persona con un poco de sensibilidad ha pensado alguna vez en lo que significa el trabajo y en cómo está organizado el mundo del trabajo.
Sin duda, en estos tiempos en los que nos acorrala el desempleo, cualquiera habrá llegado a pensar sobre estas cuestiones, y seguro que en su pensar ha podido sacar sus propias conclusiones.
Mi amigo Joxeluís, un hombre trabajador por excelencia con una gran predisposición al trabajo altruista, que es muy posible que esté de acuerdo con casi todo lo que pienso pero que trata por todos los medios de disimularlo, me ha hecho una pequeña exposición de cómo se organiza el trabajo cuando le planteé un pequeño esquema de cómo iba a ser esta obra.
Así me escribe:
Estoy seguro de que cada uno puede llegar a unas conclusiones muy diferentes sobre el mundo del trabajo y que seguramente dependerán de las distintas experiencias laborales y sobretodo de la situación personal en la que cada ser humano se encuentra en referencia al trabajo.
Es decir:
* Si camina montado en el burro.
* Si tira del ramal llevando al burro.
* Si camina a pie detrás del burro.
* O si es el burro.
* O si es el amo del burro.
Esta es la realidad del mundo del trabajo.
También es cierto que siempre ha existido esa eterna lucha entre los que quieren subirse al burro para ver el mundo desde lo más alto, y los que ni a empellones quieren bajarse del mismo burro porque están muy bien a horcajadas agarrados fuertemente con sus piernas al pobre animal. Y ciertamente también nos podemos encontrar con la gran indiferencia que se muestra entre los que andan despistados al lado del burro, sin preocuparse ni de unos ni de otros y mucho menos del burro. 
La condición humana es así, y siempre lo ha sido.
La historia lo pone en evidencia.
Amigo Pedro ya me conoces, lógicamente yo tengo  una opinión formada sobre esta cuestión, y podría largar un rato sobre el tema, pero no viene al caso. No obstante  creo que he vislumbrado la solución que se va a dar en el futuro al mundo del trabajo. Mejor dicho, la solución que querrán darle los que están montados en el burro si entre todos no la evitamos.
Ya sabes eso que se dice de que  las ciencias avanzan que es una barbaridad, pero sólo me centraré en las relativas a lo que se viene en denominar hibernación del hombre o lo que es lo mismo la creación de contingentes de parados que sientan de tal manera la necesidad de trabajar, que por querer trabajar a toda costa, le den menos valor a su trabajo y que mientras tanto trabajen o no trabajen vivan atemorizados.
Aquí está según los del burro la solución:
Basta con hibernar la mano de obra sobrante y almacenarla durante un tiempo, y, después, según las necesidades económicas ir dándole salida desinvernando la masa productiva necesaria que además sale del almacén mucho más dócil y callada...
¿Y si después sobra mano de obra?
Pues nada, se hiberna de nuevo y resuelta la cuestión.
Obviamente quizás esté exagerando un poco pero no tanto como para estar alejado de la realidad de sus pensamientos.
Los del burro son capaces de hacer cualquier cosa por seguir con lo suyo, que es lo que les interesa; lo suyo y nada más que lo suyo, que es lo que han hecho siempre, pues de lo contrario, no nos hubiera costado tanto conseguir los actuales derechos que se desprenden del trabajo, derechos que ahora vemos que se pueden desmoronar en un santiamén si no estamos alerta.
A los del burro siempre les tienen que salir las cuentas.
Yo creo que es un buen esquema de cómo está organizado el trabajo de tal manera que nadie piensa en el burro. Esta es una de las circunstancias en la que Joxeluís no ha pensado y que es la más importante de todas.
Sin embargo en esta letanía lo importante es:
* Qué hace el burro
Y el burro lo que hace es dar vueltas a una rueda sin sentido. Hemos de tratar de que no sea necesario el burro o de que al menos no sea necesario dar tantas vueltas.
* ¿Quién es el amo del burro…?
Y aunque pueda parecer imposible, el dueño del destino del burro es la propia voluntad del burro.

En los momentos de crisis también es muy peligroso mantener la fuerza del trabajo sin un mínimo de estrés que recuerde que ha de trabajar, que ese es su destino y no puede estar mucho tiempo mano sobre mano. También ha de saber que estando inerte y almacenada no solamente han de sufrir la incomodidad y el peligro de las estanterías de las oficinas de empleo, sino que también poco a poco va perdiendo una buena parte de sus derechos mientras esté parada.
Aún con mano de obra almacenada en grandes cantidades, sin pretenderlo, se demuestra que mal que bien podemos pasarnos sin su trabajo. Así, de otro lado, el sistema procura que un alto porcentaje de la población esté trabajando en exceso sin que para nada le preocupe que haya quien no tiene trabajo.
Estos métodos simples y perversos de psicología social que si no están planificados sí que están consentidos, a menudo demuestran ser inadecuados y provocan stocks de mano de obra que pueden llegar a reventar el almacén si la población no acepta con resignación su suerte. Es cuando el sistema ha de mandar gentes a la emigración, y convence de distintas maneras y desde distintos perfiles para que un cierto número de personas salgan a vender su trabajo en otro sitio.
Las bandadas de emigrantes son cíclicas y crónicas.
Con una combinación de todos estos dispositivos en el que el empleo y el desempleo son las dos caras de la moneda del trabajo, sin ninguna dificultad el sistema se las arregla para mantener viva la noción de que el hombre medio debe realizar una gran cantidad de duro trabajo manual para ganarse la vida o vivir angustiado en las  frías estanterías de las oficinas de empleo, y a ser posible, de alguna manera inutilizar su capacidad de pensar.
Sólo se piensa en tener y si lo tienes, en que lo puedes perder.
Si por medio de las sucesivas crisis no se diera solución cada cierto tiempo, en todos los lugares, de una forma u otra, todos los estados se ponen a fabricar explosivos de alta potencia. Después por un quítame esas pajas se van creando conflictos ficticios entre: naciones, religiones o intereses estratégicos y se dice que llevaban larvados varios siglos y se envía a otro número determinado de personas a hacerlos estallar. Y como si fuéramos niños que acabáramos de descubrir los fuegos artificiales, nos congratulamos en los telediarios con nuestra historia, nuestra patria y nos reconciliamos hasta la muerte con nuestra propia estupidez.
Son las guerras otra manera de crear y organizar trabajo.
Otra manera muy asentada de organizar el trabajo en el entorno geográfico en el que vivimos, y como consecuencia de determinar la vida social y ciudadana, es la celebración de las fiestas religiosas, las que sirven para dar gloria a la virgen o al santo de cada sitio o lugar. Estas fiestas son las que construyen puentes de ocio, y quien trabaja, los tiene presentes desde el minuto siguiente en el que ha disfrutado del último. Dicen que gracias a la magnanimidad de quien santifica esta manera compulsiva y aleatoria de generar descanso entre periodos de trabajo, también generan consumo y empleo porque hace que la gente guarde fiesta, se mueva y gaste.
Es la iglesia quien mejor controla el calendario laboral.
La organización del trabajo en términos globales, como una herramienta de construcción social, es en realidad la manera de justificar y de entregar horas de trabajo, aunque no se haga nada y aunque lo que se haga sea destruir el tejido social sin piedad.
Siendo así, lo mismo nos da sacrificar al burro.

viernes, 8 de febrero de 2013

Trabajará quien quiera


¡Pues no! Me quedan muy pocas dudas de que esta obra procura las líneas y caminos que se van a recorrer en el futuro sin que nadie pueda hacer nada por impedirlo. Un cambio, en bien de la sociedad y de la humanidad, que servido por la conciencia social, ya se está dando más o menos conscientemente desde las nuevas actitudes de las gentes que van conformando la necesidad de ese cambio.
En pocos años, nada será como lo estamos viendo ahora.
No por ello, hay que estar a lo que hay que estar puesto que:
* Hay que ir preparando el camino para andarlo despacio.
* Hay que programar las conciencias ante lo inminente.
* Hemos de cambiar el sistema para que pronto sea posible.

Mi amigo Xabier lo tiene muy claro y lo explica con una sola frase. Una frase de pocas palabras, dicha como si fuera la expresión perfecta de una provocación a la que nadie puede hacer frente.
- ¡En unos pocos años trabajará quien quiera…!
Y se queda tan ancho detrás de esa voz que suena bajo.
Y pone una cara inocente para que nadie le suelte un manotazo.
La primera vez que se le escucha entran ganas de no hacerle caso y ni siquiera pensar ¿qué estará diciendo éste?
Yo creo que Xabier, después de haber observado y reflexionado durante toda su vida sobre el mundo del trabajo, siendo según fueran las circunstancias de su vida en cada época: empresario, trabajador, parado y jubilado, también es capaz de defender su conclusión con una sola pregunta como si no tuviera otra
Y lanza esa pregunta que no espera que nadie conteste:
-¿Quién se hubiera podido imaginar nada más que hace cien años que podría haber personas a las que se les pagara una cantidad cada mes para que pudieran vivir sin trabajar y que no trabajaran…? 
- ¡Y eso ahora se ve tan normal…!
Y vuelve a contestar.
Xabier ya no te deja ni respirar, sabe que si respiras le vas a soltar de la misma letanía que le quieren hacer respirar a él de toda vida de dios, los de siempre. Respuestas que ya lo tienen aburrido de tanto esfuerzo como predican y de tanto quehacer, de hacer y deshacer.
- ¡Y ahora parte importante de la población vive sin trabajar…!
- ¡Y algunos no han trabajado en su vida…!
- ¡Y llevan toda la vida cobrando…!
- ¡Hasta dos pagas tienen algunas personas…!
- Y a todos nos parece tan normal…!
- ¡Hasta quien no tiene trabajo tiene un salario de garantía…!
- Aunque con esta crisis se esté reajustando todo…!
- Pero quedará una base desde la que volver a empezar.
Parece como si no dijera nada y lo dice todo.
Xabier es un hombre pequeño y tranquilo, con esa tranquilidad que dan los años y que permite no tener ni miedo ni respeto por nada de lo que nos enseñaron que habíamos de temer y respetar.
Cuando te habla te mira a la cara y te persigue con su mirada sin dejar que se escape la tuya hacia las musarañas y sigue diciendo sin importarle qué puedas tú estar pensando, y como si en ese instante no hubiera más razón que la suya:
- Si te pones a contar nada más que entre la gente que tú conoces en tu alrededor, y buscas las personas que están: jubiladas, prejubiladas, paradas, pensionadas, subvencionadas… ya te faltan números para llegar a contarlas a todas… y que conste que a mí me parece bien… porque son muchas las circunstancias por las que ya se ha llegado a que una parte importante de la población esté en esas condiciones de no necesitar del trabajo para vivir… y será más de una cuarta parte la que cobra del común sin trabajar… y para qué te voy a decir lo contrario si soy uno de ellos.
Como no te queda otro remedio que aguantar lo que te dice, le vas cogiendo el rollo de lo que explica y lo sigues sin darte cuenta de que te está empezando a interesar lo que dice, y a la vez, empiezas a caer en una realidad a la que estás tan acostumbrado que hasta ese momento te parece tan normal que no le dabas importancia. Sí que es verdad que ya hay muchas personas que cobran sin trabajar y que se admite más que con normalidad, como un derecho de esas personas.
Y sigue diciendo:
- Y entre esa parte de la población que vive sin trabajar y que dice para justificar lo que cobra que bastante trabajó antes, aunque luego hay justificaciones de todo tipo porque nunca nadie trabajó tanto como dice, te puedo asegurar, que hay algunas personas con una actividad ociosa pero altruista y laboriosa, que hacen más cosas de valor y beneficio a la sociedad que las que hicieron cuando trabajaban y les pagaban el sueldo con el que pudieron llevar la sal a sus casas, y que a ellas, esta actividad ociosa les produce más satisfacción personal que cuando se ganaban el pan con el sudor de su frente y eso que era el pilar de su orgullo personal.
Y mi amigo Xabier no para de hablar, y te coge del brazo para que le escuches más de cerca porque lo que te va a preguntar ahora es importante aunque tampoco te va a dejar que le contestes.
- Además ¿para qué trabajar…? si son muy pocas las personas que trabajan para algo que nos merezca la pena a los demás… si en realidad todos trabajamos en el cuento sin hacer nada de fundamento para el resto… nada que nos sirva a los demás para ser más felices… si la mayoría nos hemos inventado un trabajo para hacer como que trabajamos… A ver… ¿tú en qué trabajas… cultivas tomates…? ¿pues no ves…? ¡ya está…!
Y mientras tú estás todavía pensando en los tomates sigue:
- La gran mayoría de los trabajos son un entretenimiento absurdo sin más obligación que meter horas peleando contra  el aburrimiento. Y las personas que hacen esos trabajos cobran aunque de nada sirva lo que hacen, porque la mayoría de las veces son trabajos inútiles que nadie los ha pensado para que sirvieran de algo… y que en el fondo su única utilidad es que alguien cobre… o sea que se podrían pagar igual aunque no trabajaran… al menos así: no se darían importancia ni molestarían.
Se calla y ya te deja decir y tú no puedes decir nada.
Solamente una pregunta te viene a la cabeza.
- Y entonces ¿qué hará la gente si no quiere trabajar…?
- Pues qué va a hacer ababol…: trabajar.
- Trabajar en lo que le guste y no darle más valor al trabajo que la satisfacción que le produce su trabajo… y trabajar será para las personas inventarse una faena cada día, aunque algunas de esas tareas tampoco sirvan para nada… pero al menos no se verá nadie en la obligación de trabajar para tener otros derechos.
Pues sí que estamos bien: tanto rodeo para llegar al mismo sitio.
- ¿Y quién va a hacer las cosas necesarias…?
- Pues quien las va a hacer: quien lo ha hecho siempre: la naturaleza que es capaz de abastecernos de todo lo que necesitamos y que hay quien se ha apropiado de los recursos que tiene.
Por un momento parece enfadarse consigo mismo.
- ¿Es que estamos tontos…? ¿para qué están las máquinas y las tecnologías…? ¡Pero si trabajando la mitad pueden producir el doble de lo que necesitamos… que haya que explicarte a ti estas cosas…!
Le parece imposible tener que explicar ciertas cosas una vez más.
- Que los tiempos van corriendo y la oferta y la demanda en el mercado del trabajo, encontrará su punto de ajuste… y los cambios llegarán y al trabajo… ese trabajo que  ahora se entiende como producto infinito que se puede devaluar en el mercado llegará a perder todo su valor como mercancía… si ya no hay nada qué hacer… que casi todo que había que hacer ya está hecho.
Lo cierto es que verdaderamente  casi todo está hecho pero no obstante preguntas para que no se quede sin gustar ninguna tajada:
- Y habrá para todos…?
- ¿Cómo no va a haber para todos si lo hay hoy… a pesar de todo…? y sobre todo, habrá para los que ahora ni hay ni tienen. ¡Parece mentira que haya que explicarte a ti estas cosas…!
La verdad es que es difícil encontrar la razón de la idea con raíces bardeneras de mi amigo, pero lo cierto es que en cuanto le doy un par de vueltas encuentro una razón que se cae por su propio peso.
En el fondo y a largo plazo, aunque él no se lo crea estoy de acuerdo con mi amigo Xabier no dice ninguna tontería sino que dice en poco rato muchas cosas diferentes en las que pensar.

domingo, 3 de febrero de 2013

Mis trabajos

En los meses en los que estoy escribiendo estas páginas que a nadie van a jalear, he cumplido cincuenta y cinco años.
Y cuarenta y dos de trabajo.
Todavía adolescente aprendí a trabajar el hierro en frío.
En un ambiente familiar en el que reinaba la escasez hube de aprender a sacarme las castañas del fuego y esa necesidad cambió por completo la concepción del trabajo afecta a la producción, al precio y al coste y al valor del trabajo que tenía mi padre.
Luego fui capaz de conciliar todos aquellos elementos y puedo creerme que fue una época en la que conformó mi carácter y muy instructiva, tanto, que dio algunos frutos que todavía perduran.
Tenía veintisiete años cuando acabó aquella historia.
Era el año 1984.

En ese año empecé a trabajar en una empresa de distribución multinacional y en ella empecé a ver un mundo que antes nunca había visto: la relación con el resto de los compañeros empleados de la empresa. Enseguida me ofrecieron asumir responsabilidades en la organización, nunca sabré si por méritos propios o deméritos de los demás. Unas responsabilidades que acepté de buen grado dada mi disposición al trabajo y al esfuerzo con el que creía que me podía ayudar a crecer profesionalmente con todas consecuencias.
Hube de saltar de aquella empresa cuando comprobé que alguien quería cortar la hierba bajo mis pies y como no entendía qué pasaba hube de salir corriendo: sin ver el lado perverso del trabajo.
En 1987 me inicié en una empresa cooperativa, lo que se llamaba de trabajo asociado, en la que estábamos trabajando entonces más de mil personas,  tratando de salir adelante en el mundo de la distribución.
Cuando abandoné aquel mundo tenía treinta y cinco años.
Tenía la suficiente experiencia como para comerme el mundo.
Para aquel entonces, al margen de mi trabajo, de una manera más voluntariosa que profesional, había ayudado a muchas personas a crear su propia empresa o su propio puesto de trabajo. Pequeños negocios, que ya en aquellos tiempos se iniciaban en un régimen de mera subsistencia, aunque todos pensaran que se estaban montando un negocio con el que iban a poder ganar dinero y asegurar su futuro.
Desde un núcleo que componían cuatro personas jóvenes inicié un proyecto con características de Sociedad Anónima en el que progresivamente las personas que trabajaban tomaban una pequeña participación abierta y sin límites, en una actividad en la que se producía, distribuía y comercializaba con un cierto grado de investigación y desarrollo con una plantilla que crecía cada día.
Aquello para mí duró cinco años en los que hubo una importante expansión de la actividad empresarial y sin que me permitieran que tomara asiento, la hube de dejar de aquellas maneras, porque aquel proyecto no lo entendía nadie de los que estaban participando.
En la actualidad y desde poco antes de que naciera el siglo, me dedico a ayudar a algunas pequeñas empresas para que no lleguen a naufragar en medio de esta crisis sistemática. Parte importante de este trabajo la hago de manera altruista: me duele ver naufragar a la gente entre las aguas de sus ilusiones sin saber cómo salir.
Esta ayuda, en los años pasados más profesionalizada por mi parte, les servía para que se ubicaran en la cresta de la ola en la que nos colocaron y que no se creyeran las promesas de los gurús económicos y desde hace unos años tratando de defenderse en estos tiempos de crisis que nos tienen a todos sometidos y siempre para que se pudieran ganar la vida dueños, socios y trabajadores.

En resumen de mi vida laboral:
* He trabajado en pequeña empresa y en empresa grande.
* He trabajado en el mundo de la producción: fábricas y talleres, de la distribución y comercialización: logística, almacenes y tiendas, y de los servicios de gestión.
* Entre unas cosas y otras, dando sentido a las diferentes etapas de mi vida por las que he debido de pasar, y siempre por necesidad para alimentar mi casa, he trabajado de: aprendiz de herrero, peón industrial, camarero, vigilante, almacenero, peón albañil, comercial, contable, ejecutivo, consultor.
* He trabajado en empleos muy bien pagados y en otros muy mal pagados y en otros muchos más de manera altruista.
* Me he visto inmerso en organizaciones con estructuras de toma de decisión verticales y otras con unas maneras tan horizontales que hacían casi imposible tomar ninguna decisión casi siempre en medio de conflictos y temores.
* En todo este tiempo he contratado o colaborado a contratar para trabajar a muchas personas y he despedido o colaborado a despedir a otras muchas.
* Para muchos he sido el mejor compañero del mundo y les he dejado una huella muy positiva… pero para otras personas mejor si no me hubieran conocido porque todavía tienen pesadillas conmigo.
* En esta variedad de empleos y situaciones, son muchas las cosas que he tenido que hacer y antes desconocía.
Otras muchas me sobrepasaron y de alguna de ellas nunca podré dar las suficientes explicaciones.
Siempre con las manos limpias y a pecho descubierto

Y tratando de no dar importancia ni al trabajo ni al dinero.

Mientras tanto, desde una posición vital para asimilar insaciable, creo que casi todos los días de mi vida he tratado de aprender algo.
* Aunque nunca lo he hecho de manera reglada he estudiado de casi todas las materias que se puedan estudiar.
* He escuchado a muchas personas y de algunas he aprendido mucho más de lo que ellas pretendían y más de lo que sabían.
* Me he preocupado por todos los problemas con los que me he encontrado y me he enfrentado a ellos tratando de buscarles solución.

En todo este recorrido creo que he aprendido lo suficiente como para dar estructura ideológica a aquello que había soñado de joven y que me parecía imposible pudiera ser realidad un día, y he llegado a la conclusión, de que, quienes son como yo, es decir: o la gran mayoría de la población, el noventa por ciento de cualquier estadística, nos hemos valido de nuestro trabajo y en todo caso del trabajo de los demás para subsistir y salir para adelante.
Mientras tanto, durante toda mi vida, escribía mis cosas que no espero que lleguen a cambiar el mundo pero que sin duda servirán para cambiar el mundo vital de algunas de las personas que las lean y que les hagan ver la vida de otra manera a la que yo la he visto y en eso estoy en estos momentos en los que todavía me persigue la vida.
Así espero seguir trabajando para comer hasta unos minutos antes de que me despida la vida. Y procuraré seguir viviendo con las mismas certidumbres con las que vivo ahora que no tengo ninguna, y con el convencimiento que tengo ahora de que nada puedo perder más que la vida y en la que ni la muerte me produce temor.

En estos días en los que al menos sicológicamente me encuentro en una situación en la que no me afecta nada, aunque me afecte todo, en la que conscientemente paso de todo aunque con todo entretenga mi tiempo, en que lo mismo me da la leche que el caldo de la teta, trato de decir por todos los lugares por donde hablo o escribo aquello que he callado durante muchos años
Me he convencido además de que si cuando era joven pensé en que se podía cambiar el mundo y al final no pude con la dificultad que entreveía posiblemente porque el entorno en el que vivía me acobardó la vida, ahora, sin embargo, de viejo, con otros viejos, ayudando a aquellos jóvenes que como nosotros antes lo quisimos cambiar, sí que podemos cambiarlo: que ya va siendo hora.
Creo que tengo conocimiento, fundamentos y experiencia como para poder hablar de trabajo que es uno de los aspectos vitales y determinantes de la vida de las personas y fuente de casi todas las injusticias que se dan en el mundo moderno, y por eso hablo.
Todavía así, antes de empezar a juntar estas ideas tengo fama entre algunos de ser un charlatán y no haber trabajado en la vida.