lunes, 27 de enero de 2014

El consumo


   El verdadero motor de todo el sistema es el consumo.
      Resulta evidente que sería mejor que quien trabaja gaste el dinero aun cuando lo gaste en bebida o en espectáculos o en otras tantas cosas sin sentido que tienen tanto sentido para quien las gasta. Quizás si profundizamos un poco, el propósito social básico del trabajo radica en el consumo que unos hacemos para satisfacer nuestras necesidades de lo que producen otros.
       El consumo significa dar salida a los servicios producto del trabajo, que nos hacemos unas personas a otras y que de buen grado los aceptamos para dar satisfacción a nuestras necesidades. Las personas, racionalmente, tratamos de satisfacer aquellas necesidades reales sin demasiados aspavientos, sin embargo el sistema necesita que se consuman de aquellos servicios que se planifican y producen en las alturas a gran escala y con grandes florituras y engaños.
       El consumo es lo que propicia el trabajo y como ya hemos visto en páginas anteriores, con el trabajo todos los demás factores entran en movimiento y por lo tanto el consumo no tiene por sí mismo un componente absolutamente negativo. Quizás, en nombre del progreso se pensó demasiado en la producción y demasiado poco en el consumo, y como consumidores debiéramos exigir que se produjera lo que consumimos. Evitar que se produzca independientemente del consumo y después tratar de inducirlo en los hábitos sociales para poder decir que quien consume es el que tiene la libertad de elegir.
       Porque, aunque ocultas, existen grandes divergencias entre las necesidades sociales e individuales de la población con respecto a los objetivos de la producción de lo que se consume. Esta disparidad es lo que hace que a los hombres les resulte tan difícil pensar con claridad en un mundo donde el consumo se torne racional y más cuando la obtención de beneficios en la producción es el incentivo de la industria que nos dirige a consumir en función de sus intereses.
      Y de animar el consumo lo predican los unos y los otros.
      Los unos para que les compren y les quede dineros.
      Los otros por el derecho de tener para gastar.
      Pero el consumo tal como se ha dibujado desde el sistema también es otra religión en la que nadie se cuestiona sus principales dogmas. El primero de ellos: culo veo culo quiero y otros de la misma especie, que arrastran a las personas hasta el punto en el que se dan cuenta de que para consumir es necesario el dinero y que para conseguir el dinero es necesario trabajar.
       El mayor problema no es creer en dios sino que dios no existe.
       No existe si no se tiene dinero.
       Bendito consumo.
       Resulta evidente que quien trabaja pueda gastar lo que ha ganado en lo que más le apetezca. Sin duda que un mileurista trabaja porque tiene la convicción social de que un poco de dinero lo puede todo y puede gastar dieciocho céntimos de euro por minuto, en otro caso, no trabajaría por ese puñado de euros que le exprime la vida,

Nadie puede ser autosuficiente en sus necesidades aunque la suficiencia y necesidades de tan subjetivas como son, siempre ha sido imposible medirlas.
En estos tiempos en los que las autoridades acusan a la población de haber gastado, de haber consumido más de lo que permitían sus posibles en un afán por ser lo que no eran, aunque se lo merecen todo, de lo que se olvidan es que quien gastó, gastó lo que ganaba y lo que pensaba ganar en el futuro.                                                    
       Los gobernantes ya no recuerdan que sus súbditos al gastar cuando gastaron aunque fuera más de las cuenta, trasladaron su dinero a otros, que su gasto generó empleo entonces, y mientras estuvo consumiendo puso otro tanto como gasto en los bolsillos de los demás que felizmente lo ingresaron. Porque el consumo supone sacar tanto dinero como por otro camino va a entrar y siempre hay a quien beneficia.
      
       Yo soy amigo del consumo y siempre trato de consumir por todos aquellos lugares por los que paso. Creo que el movimiento se ha de procurar con el consumo que ha de ser en gran medida un consumo que lleve carga de trabajo, y más que de trabajo: de medio de vida, y en menor medida valor añadido de los otros factores.
       Soy de los que creen que hay que potenciar el consumo, pero el consumo de aquello que no gasta más que relaciones sociales, aquellas que además son unas relaciones que cuanto más son consumidas más satisfacciones trasladan.
       Es el consumo con el que se ha acabado en estos tiempos.
       Es muy posible que un nuevo sistema se pueda soportar también en el consumo, pero un consumo diferente al que proponen dentro del actual sistema quienes tienen necesidad de rentabilizar sus inversiones, conseguir interés de su capital, al consumo que se diseña desde las prioridades marcadas por entendidos que no son capaces de gobernar lo que desconocen y que solamente buscan mantener un estatus de poder absoluto sobre los ciudadanos.
       Porque hay muchas clases de consumo que en definitiva son las que determinan el alma de la sociedad en la que vivimos sea de una manera u otra. Una sociedad que se reconstruye en ocasiones con el consumo y que en todo caso se forja por manejar y cambiar.
       ·    El que se realiza en el entorno y en la calle, en las aceras, cerca de la gente y que al realizarlo aumenta las relaciones humanas porque hablamos y empatizamos con los demás:
       Sociedades, actividades populares, bares, cine y teatro. 
       ·    El que se realiza a gran escala una vez cada cierto tiempo y que además compromete la capacidad de consumo de tal manera que durante mucho tiempo no permite gastar en otras cosas pequeñas.
       Por ejemplo: con la compra de un coche se consume el noventa por ciento de lo que se tiene para consumir en los próximos cinco años de otros productos más livianos.
      Y hay dos conceptos de consumo.
      ·         El de las pequeñas cosas que se compran a gente cercana y que además aprecia la fidelidad y lo agradece con una sonrisa.
      ·         Y el de las ofertas de las grandes economías de escala en los que la apariencia de buen precio es más determinante en la compra que la necesidad real.
Hay dos modelos de consumo que vienen potenciados sobre todo por la diferenciación del producto, por las marcas y la publicidad:
      ·         Pequeños productores, comercio especializado.
      ·         Grandes superficies, cadenas, franquicias.
      Pero no me cabe duda de que el consumo que se va a producir en los próximos tiempos es el consumo de ocio.
      ·         Ocio popular en el entorno. Una manera de entender el entretenimiento y las relaciones que ayude a darle vida a la sociedad y que a menudo exija de la participación de quien lo disfruta.
      ·         El ocio que se amasa para las masas, que consigue entretener al ochenta por ciento de la población de una sociedad inerte. Los grandes espectáculos. Viajes y fiestas de contenido comercial.
 También el consumo tiene aspectos diferentes según sea el contenido determinante de lo que se consume.
       ·         De valor añadido humano de calidad.
       ·         Aprovechamiento de fuentes de la naturaleza.
       Si hubiéramos optado por un consumo con las primeras características de estos apartados, hubiéramos producido menos y consumido más que lo necesario. Y sin entrar en costes puesto que si entráramos sería de suponer que concedemos poca importancia al goce y a la felicidad sencilla y no juzgamos la producción por el placer que da al consumidor sino por su coste.
       Teniendo en cuenta la recesión económica que nos lleva y las nuevas circunstancias que se han creado, espero que a la población nos lleve a reflexionar sobre todos estos aspectos que tiene el consumo y que determinan los derroteros sociales. La población para seguir su andadura y valorando el bien común habrá de pensar que las necesidades se han de calibrar y sopesar mucho más que lo que se han sopesado y calibrado en las últimas décadas en las que nos han inducido a seguir caminos equivocados. Quizás se mirarán en las conductas y hábitos y en la manera de pensar de los llamados alternativos que tan denostados han sido en los últimos tiempos.
Pero la realidad, para qué nos vamos a llevar a un engaño que nos enloquezca y nos haga perder la perspectiva, es que la mayor cuota de consumo en la actualidad es el pago de intereses y amortización de las deudas de la población. Una  realidad que significa devolver trabajo, consumir trabajo del que se realizó hace tiempo y ya no queda para consumir trabajo del que se hace ahora.
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domingo, 19 de enero de 2014

El endeudamiento

Cuando se tiene, el dinero sirve para cambiar un producto por otro convirtiendo su valor en ese dinero disponible.
    Pero cuando no se tiene dinero, nos encontramos con una gran ventaja dentro del sistema: se puede pedir a quien lo tiene guardado y dispuesto a prestárselo a quien lo necesita.
    Así, desde que se tiene noticias de que existe el dinero, el que lo necesitaba y no lo tenía se acercaba a los prestamistas que subsisten desde hace siglos gracias a la práctica de la usura y si le ofrecía las suficientes garantías se lo prestaban cobrándoles un interés.
    Las ingentes masas de capitales que se proveen desde el ahorro, complementado por los excedentes de las grandes corporaciones que prefieren tener una parte de sus activos en inversiones financieras, no se poseen ni gestionan para dejarlas paradas sino para ser prestadas a quienes tienen posibles para devolverlo y mejor si ponen en garantía aquello en lo que van a invertir. Por ello, todo el sistema está dirigido desde una visión financiera de la economía: el sistema tiene el dinero y solamente es preciso que haya personas o entidades que estén dispuestas a endeudarse y a pagar el interés correspondiente.
    Dispuestas a trabajar y a no tener descanso en su actividad vital.
    Para asegurar la viabilidad y permanencia en el tiempo, el sistema financiero, que culturalmente ya nos ha mostrado las bondades del ahorro, por otro lado como si fuera un favor social que hace, potencia desmesuradamente su otra cara: el endeudamiento.
    Trato de explicarlo:
     Está verificado que para una parte de la población resulta muy complicado tener una meta de ahorrar ordenada y periódicamente  hasta llegar a tener el total del valor del producto que se desea adquirir, por eso el sistema ha planificado la manera de facilitarle la compra y hacer realidad sus deseos de inmediato. Un variado abanico de fórmulas financieras adelanta el total del valor de compra y a partir de ese momento el deudor ya puede empezar a ahorrar para devolverlo con un orden y periodo establecido.
     Esto tiene una pequeña carga de intereses, dependiendo de la solvencia que tiene el cliente, pero que en los últimos años muchas veces, en teoría, era mucho menor que lo que suponía la subida del producto en el tiempo en el que estaba ahorrando para poder comprarlo con la cartera en la mano.
     El caso de los inmuebles es muy claro:
     El deterioro padecido por algunos ahorradores de pérdida de su poder adquisitivo cuando se trataba por ejemplo de comprar una casa en la que vivir era patente. Aunque ahorrara durante un tiempo resultaba que subía el precio de las casas mucho más que lo que había ahorrado en ese tiempo. Mejor si hubiera comprado la casa antes de empezar a ahorrar porque nunca alcanzaba a comprarla salvo que se entrampara. Así que a los siguientes compradores esta realidad les hizo ver las cosas de otra manera: más vale comprar ahora a cualquier precio e hipotecar, que mañana será una ganga.
     Si el sistema se ha diseñado para conseguir plusvalías del ahorro de una parte de la población, también está pensado para sacarlas de quienes se endeudan. Es la forma en la que por tenencia de activos de pasivos consigue márgenes de toda la población para sostenerse.
    Ahora ya pueden trabajar si quieren.
    El chiringuito está bien montado para que ganen los listos.
 
   El endeudamiento significa ahorrar con antelación.
   Como ahorrar significa acumular trabajo, quien se ha endeudado, lo que en realidad ha hecho es comprometerse a trabajar mucho y sin descanso en el futuro. Digamos dos o tres veces más que lo que necesita para satisfacer sus necesidades más elementales. Digamos con gran normalidad que con el endeudamiento se ha convenido un contrato de esclavitud por unos cuantos lustros.
     El crédito ha sido el trampolín con el que el sistema financiero ha prometido subir en volandas a la ciudadanía más resuelta a la clase media en una engañifa que se ha tornado en trágica. Adelantando el dinero de sus necesidades le facilita tener en sus manos todos sus sueños y después ya los pagará si puede.
    Siempre ha sido así y siempre se ha salido de la trampa.
    El endeudamiento hay que cuestionarlo en su conjunto porque es la llave maestra con la que el sistema tiene atada a la sociedad con un nudo corredizo que cuanto más se tira más aprieta. A plazo corto hay que enfrentarse radicalmente a los acreedores y poner en cuestión: el volumen de la deuda y las condiciones de pago. Si no se modifican estos dos aspectos importantes, es increíble cambiar las condiciones injustas e inviables que ha promovido el sistema.
     La sociedad tiene tanto y tanto trabajo comprometido para hacer frente al pago de la deuda que tiene en la actualidad que nada más que para pagarla hay que trabajar mucho más que lo que hace unas décadas se trabajaba para vivir.
     Este futuro inmediato no es justo ni posible.
     Hay otro aspecto del ahorro: los préstamos hipotecarios para la compra de la primera vivienda. Fueron tiempos en los que las decisiones de los que se endeudaban las tomaban metidos en un callejón sin salida. La práctica consistía en que en lugar de guardar el dinero hasta  tener parte suficiente para comprar el bien, comprarlo a crédito y adquirir un compromiso de estar ahorrando una cantidad fija al mes durante un determinado número de años.
     Al final resultó que el callejón era la entrada a la servidumbre.
     Es el endeudamiento que produce el sufrimiento más visible en estos años con unos síntomas que todos podemos comprobar atónitos y sin remedio y cuya deuda tiene unos condicionantes a saber:
     ·   Deuda superior al valor real del bien.
     ·   El propio sistema financiero tasó muy por encima su precio.
     ·   El sistema institucional aprovechó vía tasas e impuestos.
     ·   La economía general tuvo una época de esplendor.
     ·   Muchos sectores aprovecharon esos altos precios.
     ·   Hubo quien vendió diez veces por encima de lo que compró.
     ·   A medio plazo va a resultar imposible pagar ninguna hipoteca.
     ·   Es más importante este ajuste que ningún otro posible.
     ·   Hay que hacer real el derecho a una vivienda digna.
No puede ser que: por la aplicación radical de las leyes y esa incapacidad para cambiarlas por parte de los gestores antes de que los acontecimientos las superaran trágicamente, la realidad para muchas personas que han querido tener su propia vivienda se ha convertido en una partida de Monopoli  en la que la suerte o la mala suerte te permite tener tres pisos y dos hoteles o verte en la calle abandonando la partida.
     Esta manera de proceder tiene una grave contraindicación y es que si alguien toma prestado un dinero lo ha de devolver en el plazo convenido y con un interés determinado. Sin embargo hay ocasiones en las que no se ha calculado bien el trabajo necesario para devolverlo o el trabajo ha disminuido o incluso desaparecido, entonces esa condición no se cumple por parte del deudor, más que nada: porque no se tiene trabajo con qué pagar.
    Aquí nos encontramos con la contradicción más importante.
    La obligación de devolver su dinero a quien te ha prestado.
    La conveniencia de prestar dinero a quien te lo puede devolver.
    Para salvaguardar sus derechos de cobro o subsanar los riesgos de impago la selección del cliente, la comercialización de crédito se hace con los diferentes productos que ofrecen las nuevas fórmulas y estrategias empresariales financieras. En redes paralelas se ofrece a menor solvencia: mayor interés, tanto ordinarios como si se producen descubiertos. Es muy común encontrarse liquidaciones de interés por encima del cuarenta por ciento T.A.E.
      Porque en la actualidad las condiciones han cambiado y cuando se ha tratado de que el dinero no perdiera su valor en beneficio del que tenía dinero y se ha controlado la inflación y también se ha contenido el precio del trabajo resulta que pagar es más difícil.
    Toda la estrategia está pensada en contra del deudor.
    Y el deudor ha caído en la trampa como el animal que huye.
    Antes, quedaba la sensación de que las deudas casi se pagaban solas puesto que la pérdida de valor del dinero con la inflación conseguía que las cantidades adeudadas si bien no menguaban en términos absolutos, sí que se reducían en términos relativos.
    
     Pero en la cima, quien pide dinero prestado, aunque tenga voluntad de devolverlo, también tiene la voluntad de esquivar su pago si cambian sus condiciones o en todo caso devolverlo con un nuevo crédito.
     Así actúa el propio sistema.
     Nunca devuelve el dinero a los ahorradores.
     Y si lo devuelve a algún ahorrador es con el dinero de otro.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Los ahorradores

Quienes tienen el dinero son los ahorradores.
      Se podría calcular y asegurar, que quien tiene cincuenta años y tiene ahorrados más de doscientos mil euros ya tiene ahorrado algún dinero producto del trabajo de otros.
      Nunca nadie ha ahorrado tanto solamente con su trabajo
      Y si es por herencia se puede asegurar sin necesidad de cuentas.
      Casi siempre ha sido por el trabajo de los demás.
      Más valiera que lo que cada cual tuviera ahorrado fuera de su trabajo y no del trabajo de los demás que es de la manera en la que se han construido la gran mayoría de los grandes capitales.
      Con esta actitud basada en el ahorro se fomenta la dualidad de las sociedades cada vez a más grandes pasos. Y no porque una parte de la sociedad sea despilfarradora sino porque no tiene con qué ahorrar.
      Es un aspecto de la economía que antes se decía y ahora se calla.
Los ahorradores son personajes como uno de aquellos hombres que se ridiculizaban en las comedias clásicas porque se pasaron toda la vida ahorrando casi de una manera miserable quitándose la comida de la boca y mientras su hijo, ya mozo, subsistía gastándose lo que había ahorrado el padre dedicándose a la juerga y al fornicio.
      Decía el padre: qué ignorante, lo que yo he disfrutado ahorrando, no lo disfrutará mi hijo ni aunque se gaste toda mi fortuna.
       Sin ninguna duda el hijo hacía más labor social que el padre.
      No es una exageración.
A mí no me cabe ninguna duda que esa necesidad de ahorrar es una enfermedad que afecta a las personas que tienen muy poca confianza en ellas mismas y en las que les rodea, y que, para mejor definirlas tienen por el contrario una admiración por sí mismas y un cierto desprecio por las demás. Y creo, que son las clases medías de más rancio abolengo, las más predispuestas culturalmente a ahorrar para tener un algo y para lo que pueda pasar que nunca se sabe, es: porque desde su superioridad saben de sus incapacidades.
      Gentes que de tanto estar bien han tenido temor al futuro.
      Y el ahorrador cundo consigue tener sus buenos ahorros en buen sitio invertidos, también es una enfermedad social: una parte de los recursos humanos de la sociedad se enquista y bien alimentada por distintas medicinas, toma fuerza y dispone de las posibilidades de todos los demás recursos humanos.
      Yo nunca he ahorrado.
En estos días en los que miro el periódico muy por encima, me ha sorprendido que el Secretario General del Partido Socialista de Navarra haya presentado su declaración de bienes en el Parlamento y admita que tiene ahorrados trescientos mil euros en cuenta corriente. Curiosamente, poco más o menos lo que también había declarado hace unos días que tenía ahorrados el Coordinador General de Izquierda Unida y portavoz en el Congreso de los Diputados.
      La verdad es que me sorprendieron ambas circunstancias que se cruzaron en el tiempo y no porque un socialista o un comunista no pudiera tener una importante cantidad de dinero ahorrado por el mero hecho de ser socialistas o comunistas: no. Ni tampoco por aquella otra justificación que utilizan ellos de una forma sarcástica para justificar su patrimonio de que: a ver si no van a poder tener dineros los pobres, digo lo izquierdas. 

Me sorprendió que personas que eran
tan importantes no se dieran cuenta de que ellos mismos están alimentando el sistema que a todas luces y a tenor de sus discursos dicen es creador de tantas injusticias y que están dedicados a la política por cambiarlo. Un sistema que se basa en la acumulación de capitales y que en última instancia son los que, también con sus ahorros de insignes políticos, gobiernan el mundo por encima de la voluntad de los ciudadanos y de la suya que es la que nos representa.
       Porque ahora también sabemos que Mariano Rajoy, presidente del gobierno, defensor del sistema, también tiene esa tendencia compulsiva de ahorrar cientos y cientos de miles de euros.
       Para mañana, aunque mañana también le sigamos manteniendo.
       La conciencia del sistema llega a todos los rincones.
       Para qué querrán el dinero.
       Me pregunto
       Acaso no tengan capacidad para ganarse la vida y han de proveer.
       Cuánta credibilidad ganarían si en el bolsillo no tuvieran más que las manos y que en la libreta tuvieran bien escritos sus principios.
Antes, y ahora, muchas personas se limitan a meter sus ahorros en metálico debajo del colchón o en una caja de caudales electrónica. Casi nunca son hacendados quienes así obran sino personas que han hecho del trabajo y del ahorro: su vida, su necesidad, su seguridad o su futuro y que esa necesidad era abonada por su avaricia sin que fueran muy conscientes de ello.
      Así se justifican a sí mismos ahorrando de pocos en pocos.
      Es obvio que estas personas ahorrando no generan empleo y lo único que hacen es mantener almacenada la sangre con la que se reparte la riqueza entre quienes la necesitan, pero es su opción por acumular dinero con la que tratan de tener asegurado su futuro y será entonces cuando corra, cuando mueran. Esa riqueza así guardada nadie la puede adquirir con su propio trabajo, quizás mañana.
      Así y todo, socialmente mejor sería que no ahorraran.
Si quien ahorra invierte sus ahorros y los lleva al banco para que fluya en el mercado financiero, la cuestión tiene diferentes aspectos, pero en casi todos ellos alimenta un sistema en el que el capital es imprescindible para comprar directa o indirectamente el trabajo. Ceden la posesión de ese dinero a quienes les gestionan sus ahorros y no se hacen responsables de lo que se haga con él.
       La mayoría de los ahorradores se inclinan por la cuenta corriente más o menos remunerada en la que siempre mantienen un saldo de seguridad para cualquier imprevisto. En esa cuenta, sin sobresaltos, van cargando todos los gastos de la economía familiar. Si el saldo va creciendo la gran mayoría de la población pasa a lo que se llama: plazo fijo. Esta manera de actuar inmoviliza en la misma entidad una cantidad por un determinado plazo posiblemente a un interés más amplio. Quizás ahorrar así, en estos tiempos ha quedado marginal puesto que para las entidades financieras estos depósitos tienen un coste elevado.
      Con distintas estrategias comerciales y políticas, la forma de ahorrar que se ha potenciado en las últimas décadas ha sido tratar de obligar a una parte importante de la población al ahorro mensual de unas cantidades que pueden suponer hasta el veinte por ciento de sus ingresos. Son planes de pensión y de jubilación o de inversión. Ahorros que además se veían reforzados a fin de año porque las normas fiscales que desarrolla el gobierno, cada año, tenían un apartado y una deducción en la base o en la cuota del impuesto de la renta. El último mes del ejercicio, en lugar de dedicarse a lo suyo, los bancos y cajas se dedicaban a la captación de unos depósitos que sin embargo iban a quedar fuera de su control.
      Curiosa maniobra financiera.
      Ahora la mayoría de los ahorradores no saben dónde está su dinero. Quizás para aliviarse la conciencia piensan que está guardado en una cajita de colores en la trastienda de la oficina con la que trabaja y que de vez en cuando le quita el polvo ese joven director tan guapo y trajeado. Lo cierto es que sus ahorros pueden estar en cualquier sitio: invertido en las economías de los países emergentes, financiando cualquiera de las mil guerras que hay en el mundo o especulando con la deuda de su propio Estado, ese que le recorta su gasto sanitario.
      Los ahorradores sin embargo se creen inocentes de lo que pueda causar su dinero, fuera de la cajita de colores y rodando por el planeta en las manos de quienes ellos permiten que muevan el mundo. 
      Para moverse del lugar de origen el trabajo que se mueve integrado en mercancía encuentra muchas trabas para su circulación, y todavía así tiene que pagar tasas y aranceles al traspasar algunas fronteras.
      El dinero se mueve pulsando una tecla de un computador.
El sistema, potenciando el ahorro consigue crear una especie de montaña en la que los ahorradores están en un lateral del montón y van echando paladas hacia arriba con los dineros que ahorran.  Ellos siempre quedan abajo y únicamente pueden aprovechar los granos de la arena que se escurren por el lateral de la montaña.
      Son los granos con los que les pagarán sus ahorros
      En realidad: la parte principal ahorro de los ahorradores, lo han subido tan alto de la montaña, está tan arriba de la ladera, que nunca se lo devolverán y si se lo devuelven siempre será con el ahorro que acaba de llegar de otro.
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jueves, 28 de noviembre de 2013

El ahorro

Quien guarda el dinero ahorra.
     Todos los factores económicos surgen de la fuente financiera que supone el ahorro del trabajo, propio o ajeno, convertido en dinero. Cada cien euros ahorrados suponen al menos un día de trabajo de cualquiera que hubiera trabajado.
     Es ese ahorro al que ahora se le llama inversión financiera.
     Este ahorro-inversión, ha venido a sustituir lo que antes eran los bienes de inversión que luego exigieron sus rentas y a abandonar la costumbre de acumular pequeños capitales que eran prestados por un determinado interés.
     Esas rentas y esos intereses vuelven a salir del trabajo.
     El nuevo sistema económico se ha basado en conseguir plusvalías, si no del trabajo directamente, quizás cada vez haya menos proporción de trabajo al que se le puede sacar excedentes, sí indirectamente del trabajo acumulado, es decir: del ahorro, algunas veces, un ahorro que tiene sus raíces en el albor de los tiempos y en el sudor de otras gentes.
      La inteligencia del sistema que hace unos treinta años se moría, comprendió, que con los cambios sociológicos y económicos que se estaban dando con un importante y necesario crecimiento de la clase media, quienes tenían capital no solamente eran los capitalistas propiamente dichos, sino que había un espectro más amplio de la sociedad, a cuyas gentes y trabajo, difícilmente se les puede explotar directamente, pero que sin embargo podía generar plusvalías a través de sus pequeños capitales.
      Para eso hubo de fomentar el ahorro en grandes cantidades en  una base mucho más amplia de la población y con una disciplina y método que hiciera previsible y constante su afluencia.
El ahorro es el soporte sobre el que se justifica el sistema y lo propaga como una planta que es alimentada desde sus raíces insertas en el tejido y en la conciencia social y de la que nacen y crecen miles de ramas que esconden su tronco principal.
      La base sobre la que se asienta es esa propensión cultural que tiene el género humano de:
      ·         Acaparar mucho más de lo que necesita,
      ·         Disponer de mucho más de lo que va a poder utilizar,
      ·         Tener mucho más de lo que nunca podrá gastar
      ·         Ser dueño de casi tanto como lo que se pueda imaginar.
      ·         Creerse un poco más que sus semejantes.
      Esa ambición por llegar a tener mucho más de lo que ninguna persona fallecida se va a poder llevar al cielo y que nos hace ser un poco egoístas y avariciosas y llegar a ser agarradas y míseras.
      ·        Esa necesidad de tener seguridad en el futuro incierto, esa tranquilidad económica que presta tener las espaldas cubiertas.
      ·        Ese orgullo por dejar posibles a la descendencia quizás con la vana esperanza de que nos guarde memoria.
      ·        Esa manera de ser con la que se pretende ser una persona ejemplar y honrada que cumple con las buenas costumbres sociales.
Desde este punto de vista con tantas virtudes y buenos propósitos, la persona que ahorra y que trabaja tanto o hace trabajar tanto a otras, la persona que acumula el valor del trabajo para que no lo pueda disfrutar otra, es un peligro social.
      ¡Cuánto trabajo tienen comprado para recepcionar mañana!
      Sin embargo el ahorro tiene una importancia vital en nuestra civilización porque quien tiene el poder, siempre necesita al lado a quien tiene el arcón con las riquezas puestas a su disposición.
      ·        El ahorro es una religión.
      ·        El ahorro es la argamasa con la que se une a la sociedad.
      ·         La fuerza de seguridad en el futuro es el ahorro.
      ·         La estabilidad futura se
asienta en el ahorro presente.

      El ahorro es trabajo acumulado y la explotación viene al amparo del ahorro porque hubo quien fue capaz de meter en una bolsa el trabajo ajeno. ¿Cómo es posible que en sus cuentas corrientes o depósitos a plazo tengan el trabajo acumulado de tantas personas? ¡Más hubiera valido que se lo hubieran gastado en lo que fuera o mejor todavía que no hubieran trabajado tanto y se hubiera dejado de inventar trabajos!
      Antes era más habitual el ahorro que se arrastraba de generación en generación a través de la aceptación de las herencias y que ya era el punto de partida de desigualdades sociales difíciles de superar.
El ahorro en otras ocasiones se construye de distinta manera.
      Ha ocurrido algunas veces que alguien tiene un piso que lo compró cuando era joven y pudo meterse en esa trampas que le costó tres millones de pesetas y pasados los treinta años lo ha vendido por 180.000 euros. He sacado cuentas y compruebo que con la especulación del piso ahorró de repente diez veces lo que le costó, que es mucho más de lo que había conseguido ahorrar con su trabajo desde entonces.
       Aunque estas ventas de oportunidad son especulación pura y dura, sin embargo, este ahorro una vez transformado en dinero también es trabajo, pero el trabajo de quien lo ha comprado, le va a pagar más de diez años de su vida laboral a quien lo ha vendido.
      Que en el mejor de los casos puede ser un amigo de su hijo.
      Nadie quiere pararse a pensar en este pequeño detalle.
      Cantidades ahorradas de esta manera han sido propiciadas por las circunstancias de los últimos tiempos.
 Antes eran los bancos, las cajas de ahorro y los montes de piedad los que fomentaban el ahorro entre la población en muchas ocasiones a costa de su miseria económica y moral. Un ahorro muy pequeño que en primera instancia estaba destinado a prestárselo a los gobiernos decían que para financiar las infraestructuras necesarias para tener trabajo y fomentar el progreso.
      Para muy poco sirvió entonces el ahorro.
      Pasado el tiempo en el que ya parece que no haya guerras, el grueso del gasto público de la mayor parte de los gobiernos civilizados consiste en el pago de las deudas pasadas y aunque parezca increíble en la preparación de las futuras guerras de paz.
      Quienes ahorraron y prestaron al gobierno en aquellos tiempos, indirectamente y en última instancia fueron los que propiciaron las guerras y las guerras las ganaron quienes más dinero tuvieron.
       No necesito recordar todas las guerras de principios del siglo XX.
El resultado real de los hábitos de ahorro de las sociedades más si cabe cuando se creen ricas, al final es el incremento del boato y de la pompa de las estructuras administrativas y burocráticas del estado al que presta. Con tanto gasto vano las economías de los estados se resienten y  han de conseguir dinero como sea para pagar lo que han de devolver y garantizar el cobro de los honrados ahorradores.
      Ya tienen excusa para subir los impuestos
      Luego todas las grandes crisis llegan porque entran en quiebra los gobiernos y por ende los estados.
      Un poco de lo que estamos viviendo en estos tiempos.
También se puede pensar que el ahorro, por mediación de los bancos y cajas, se ha invertido en empresas industriales y de servicios o en financiar proyectos de emprendedores o de presuntos empresarios con las que se ha tratado de generar trabajo.
       Este aspecto parece más loable.
       Pero ya vemos que cada cierto tiempo, ahora mismo lo estamos viviendo, una parte importante de estas empresas, emprendedores y empresarios deben cerrar sus negocios porque sus productos, sus servicios o sus ideas han resultado innecesarios.
       Después de un gran esfuerzo, se habrá desviado un considerable volumen de trabajo por caminos por los que no llegará placer a nadie.
       Porque todo será un fracaso.
      Porque el sistema se basa en el fracaso, sobretodo en el fracaso del mundo del trabajo que es el que más siente la pérdida de empleo. Y cuando observamos al empresario como fracasado también le consideraremos víctima de una desgracia inmerecida.
      Más valía que nadie hubiera ahorrado y lo hubiera financiado.
La sociedad, el mundo, el planeta, la humanidad, se ha de reconvertir en austera porque gastar significa dilapidar trabajo y esfuerzo, y en esa austeridad creo que se ha de desterrar el ahorro.
      Quien cree en el progreso no puede renegar de esta austeridad, y si cree que hay que seguir aprovechando los ahorros de otros y para ello ha de respetar íntegramente sus derechos, en realidad pretende mejorar el sistema para que nada cambie y para que se sigan inventando trabajos con los que llenar los calderos de sus intereses.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Las cosas del dinero

      Y tanto trabajar es por el dinero.
      Un mileurista trabaja por dinero: por treinta pesetas al minuto.
      El trabajo es transformado en dinero, y así, convertido en moneda de cambio universal, es una herramienta que sirve para intercambiar infinitamente: entre unos y otros: un trabajo por otro.
     Cobrando lo estipulado por trabajar, cada cual puede hacer su trabajo y puede aprovechar el de los demás pagando un precio que tiene establecido en el mercado.
     No es mal invento.
     Esta civilización ha implementado el sistema sobre el dinero.
     Es la forma justiciera de dar a cada cuál lo suyo.
     En el devenir de la sociedad para todo se necesita el dinero.
     El dinero es quien gobierna la vida de la propia sociedad.
     Porque el dinero es la medida de todas las cosas
     Y quien tiene dinero lleva en su cartera a quien no lo tiene
     Y el que no tiene dinero es como si no tuviera nada.
     Así se entiende socialmente.
     El dinero es la fuente que más felicidad surte a la humanidad.
     Dicen. 
     Y posiblemente la fuerza que más tragedias le ha traído.

 
    Antes el dinero solamente eran monedas.
    Ahora ya no habría monedas para tanto dinero. Ahora el dinero es una anotación en cuenta que tiene su valor en la propia confianza que ofrece el sistema que ha ideado la manera de protegerlo contra todo. Porque el dinero es un valor ficticio que está favorecido por todas las leyes y costumbres sociales establecidas.
     
     En esta obra no me voy a poner en contra del dinero porque creo que es de gran utilidad y no es posible que en la sociedad para cuadrar casi todas las relaciones se pueda evitar el uso cotidiano del dinero. Sin embargo, sí que creo que al dinero y a todo lo que representa se le puede restar y relativizar su importancia económica y social. Para revelar las últimas trampas sistemáticas con las que ha reforzado su dominio voy a mostrar las dos caras de la moneda que lo materializa.
El dinero padece de una enfermedad muy grave: la inflación.
       Es la enfermedad que anemia la bolsa de los dineros.
      Y sobre el dinero se ha montado el sistema.
      Esta enfermedad hace que el dinero pierda valor, pero no porque pierda valor porque el dinero siempre vale lo mismo, sino que con la misma cantidad de dinero cada vez se puede comprar menos cosas, porque las cosas cada vez tienen un precio más alto.
      Pero las cosas no tienen más o menos valor por culpa del dinero.
      En todo caso valen más o menos por la oferta y la demanda.
      Y en algunos casos por los costes y la especulación.
      Y no todas las cosas suben su precio que otras muchas bajan.
      Subidas y bajadas que pocas veces son inocentes.
      Y en medio de todas las cosas está el dinero.
      Antes los pobres eran los más perjudicados por la inflación.
      Desde las capas sociales más humildes, la subida de los precios se detectaba enseguida en los productos de primera necesidad que consumía la mayoría social y que eran los que afectaban de forma determinante a su medio de vida.
      Carestía de la vida le llamaban.
      Los precios subían sin que nadie pudiera hacer nada para sujetarlos y era más difícil alimentar a los hijos y llegar a pasar el día a día.
      Nunca entendieron que la subida de los precios no era lo que les perjudicaba sino que lo que en realidad les perjudicaba era que: por ser abundante, no subiera el precio de su trabajo y de que a la par, con esas subidas de precios, se estaba alimentando una especulación que alejaba de sus manos las cosas más importantes mientras ellos se preparaban para reivindicar el alza en sus salarios.
      Se creyó que la inflación no afectaba a los que tenían dinero.
El dinero tenía una amenaza a la que llamaban devaluación.
       Era una decisión económica que amenazaba en periodos de crisis y que tomaban los gobiernos de la noche a la mañana.
       Era como la inflación pero a lo bestia
       Como si fuera un accidente difícil de prever y sin reparación.
       El sistema financiero basado en monedas fuertes y estables para garantizar el valor del dinero y que quede ajeno a la realidad que puedan vivir los diferentes sectores y espacios económicos ha conseguido garantizar en buena medida al que tiene dinero y a quien administra los dineros de terceros que haya una estabilidad en su valor y que en todo caso sea lo último que se pierda o deprecie.
       La devaluación conseguía que los habitantes que vivían con una determinada moneda se empobrecieran de golpe y casi todos de la misma manera y sin apenas darse cuenta pero sin embargo, el dinero se veía afectado en la misma relación que su devaluación en todas sus relaciones exteriores.
       Había que refugiarse en el dólar.
 
      El sistema actual consiste en gestionar cantidades ingentes de ahorro que proviene de los ahorradores y para que el sistema funcione le conviene diferenciar por la vía de los derechos a quien tiene dinero de los derechos de quien no lo tiene y defender los derechos de quien ahorra sus dineros por encima de todos los demás derechos.
     Para paliar los achaques de la inflación y evitar las contingencias de las devaluaciones, el sistema ya ha puesto su remedio porque la filosofía del sistema precisa que el dinero no pierda valor porque entonces perdería gran parte de su sentido.
      Nadie podría imaginarse que se pudiera convencer a la población para que quisiera guardar una cosa que cada día que pasa vale menos o que de la noche a la mañana puede perder una parte de su valor.
      Los gobiernos tratan de controlar la inflación pero no porque no quieran que suban las cosas aunque muchas veces suben sin poder evitarlo producto de sus propias decisiones. No controlan porque la subida produzca carestía y limite la capacidad de los jornales de quienes trabajan, sino porque no quieren que pierda valor el dinero.
      Y aunque los gobiernos deben cantidades ingentes al sistema financiero y les interesaría que el dinero perdiera su valor, sin embargo, no quieren que pierda, porque en definitiva ellos no lo tienen que pagar, que lo pagan los ciudadanos, y porque ellos están donde están, porque están sujetos a una serie de compromisos con quienes les financian con precisos objetivos en la macroeconomía pública 
       Y a ellos los sostiene ese dinero.
       Ahora dejando los gobiernos la decisión de devaluar en manos de quien lo tiene prohibido. Una vez desaparecido ese concepto de la jerga financiera, sin embargo, cuando los habitantes de una zona determinada que antes hubiera devaluado su moneda tienen necesidad de reajustar su economía a la baja lo hace de una manera diferente, el dinero mantiene su valor en el interior y en sus relaciones con el exterior pero el resto de los factores pierden parte del valor en el interior sobre todo en lo que afecta a la pérdida irrefrenable del valor trabajo.
Hay hábitos y costumbres que me producen una gran pena.
       Juegan con el dinero sin darse cuenta a qué juegan
       En los entornos políticos y sociales en los que me muevo siempre están a falta de dinero y cada día les es más difícil ser financiados por las cuotas de sus aportantes. Unas veces es por culpa de la crisis y siempre porque hay poca costumbre entre la gente de aportar: trabajo o dinero en ninguna causa que tenga condición de altruista. Esta razón les induce a que para recaudar algún dinero con el que poder subsistir y paliar sus necesidades económicas.
       Cuando llega el fin de año venden lotería.
       Vender lotería significa reproducir el sistema económico en el que vivimos de la manera más absurda. Es una de las facetas más inmorales del sistema que incluso quienes están en su contra las reproducen: coger unos pocos dineros de unos muchos desheredados para darle después independientemente de su necesidad y de su merecimiento: mucho dinero a unos pocos.
       Se va recogiendo poco a poco una parte del trabajo, un poco de dinero, de quien  compra la lotería, que la compra por tentar a la suerte y porque espera ser uno de los beneficiarios del sistema que aprovecha todo lo que coge sin mirar el pelo.
       Venden con la esperanza de que toque lo puesto, que si toca, nadie reclama su premio y así se quedarán toda la recaudación ellos.
       Incluso ir recaudando impuesto a la población de poco en poco.
      Y sin embargo se hace con naturalidad.
      Esa es la principal utilidad del dinero.
      Hacerse con lo que no es de uno mismo, que es de otro.

jueves, 17 de octubre de 2013

El dinero

Ya hemos visto cómo el dinero es el elemento que mueve desde la estratosfera financiera hasta las capas sociales más míseras.
      Si circula lleva vida a los diferentes niveles sociales.
      Su valor es el que determina definitivamente las grandes y las pequeñas decisiones y el sistema existe porque a las personas se les ha concienciado para que trabajen por dinero y para ganar dinero y que cuanto más trabajen más dinero pueden ganar.
      Si no: ¿por qué iban a trabajar?
      Y trabajar o no trabajar es una de esas decisiones del dinero.
      Aunque quien tiene dinero la mayoría de las veces no trabaja.
Creo que hay al menos tres maneras de entender el dinero y que viven en mundos distintos que parece no fueran comunicantes.
      ·  Todo se mide en valor de dinero en las lejanías del universo financiero. Utilizan para la medición unas cantidades de las que no es fácil imaginar su verdadero volumen y para despistar manejan los ratios y los coeficientes de tal manera que nadie puede saber cuántos ceros tienen en realidad las cifras de las que hablan.
      ·   La clase mayoritaria, que es la que sostiene el poder, aunque se queje cada día, es la que realmente tiene el dinero contante y sonante incluso en estos tiempos de crisis.
      Sabe qué es el dinero: lo entiende y lo teoriza.
      Lo cuenta y lo recuenta… y guarda por un poco de interés.
      Cuando ahorra poco es porque las cosas van mal.
     Y mide el grosor de su cartera comprobando cómo echa barriga.
      El dinero es en realidad el destilado de dignidad con el que ellos tapan las mentiras sobre la que se mantiene el sistema.
     Solventan sus conciencias haciéndose los pobres inocentes.
     * Pero también la vida se mide con dinero hasta en los lugares en los que la escasez hace muy fácil su medida: se precisa poco más que unas monedas. Un dinero que también fluye entre las miserias de las capas más pobres de la sociedad muchas veces rebajando la dignidad y vendiendo pena, y siempre estirando los billetes pequeños de uno en uno hasta llegar a hacer de un duro seis pesetas.
Para dibujar algunas de las distintas formas que existen de entender el dinero: cuando se habla dinero, voy a poner tres ejemplos sencillos que pueden representar buenas imágenes de lo que digo.
      ·   Para la primera  percepción de entender el valor del dinero en las alturas, no he encontrado mejor imagen que esta historia que escuché una noche en una emisora de radio, quizás, para justificar de aquellas maneras insólitas en las que se evidencian las cosas más inverosímiles. Alguien trataba de explicar por qué el valor de los jugadores de futbol era tan desorbitado pero que ese precio era intranscendente.
Dos amigos se encuentran después de muchos años sin haberse visto, se saludan y se entretienen un rato preguntándose cada uno por la vida del otro. ¿Qué tal te va…? ¡Bien muy bien...! ¡Y yo también muy bien…! ¡Bueno yo tengo un problema que no veo la manera de solucionarlo…! ¡Si me lo cuentas y te puedo ayudar..! Tengo un perro que quiero vender y chico no hay manera…! ¿Y cuánto vale el perro... que si no es mucho a mi no me importa comprártelo…? ¡Pues lo quiero vender en diez millones de pesetas…! ¡Ay bueno pero ese precio es mucho para mí, lo siento! Los dos amigos se despiden y da la casualidad que al poco tiempo se vuelven a cruzar de nuevo, y se vuelven a preocupar el uno por la vida del otro. Ay, por cierto, ¿ya conseguiste vender el perro..? ¡Sí, sí… ya lo vendí…!  ¿Y lo vendiste por los diez millones de pesetas…? ¡Sí, lo cambié por dos gatos de cinco millones cada uno…!
        Hay unos estadios en los que pareciera como que a la sociedad no le debiera afectar para nada cómo tratan con el dinero. Unos universos en que el valor del dinero no sirve de referencia para el resto de los mortales porque su valor parece que es absolutamente indeterminado y es como si estuvieran hablando de una colección de cromos o de hacer las transacciones con dinero falso.
       Pero esto no es cierto.
·   Para la segunda manera de entender el dinero, aquella que sostiene el poder y el sistema, voy  tratar de reproducir lo que me dijo un día un compañero de trabajo.
A lo largo de mi vida he observado a gentes a las que no les hacía falta de nada y que sin embargo se desvivían por dinero. El mayor sofocón les llegaba por unos céntimos. Para ellos siempre hay un derecho para pagar por cualquier cosa un poco menos que lo que piden, y no por necesidad o porque no lo puedan pagar, sino porque así es como se administra el dinero: el último duro siempre se lo ganan ellos. Nunca piensan que el dinero que ellos no pagan: el otro no lo cobra, porque el dinero de los demás no tiene ninguna importancia para ellos. Son personas para las que no hay mejor conversación  que aquella en la que aparezca el dinero: cuánto me costó, cuánto me ahorré  o cuánto saqué por aquello, cuánto tenía y cuánto tengo.
Yo he calculado que la media estadística son siempre tres mil euros,
 Y no se dan cuenta que hoy los tres mil euros no sirven para nada… que es mejor no tenerlos.
      Le dije yo para apagar su envidia.
      Desgraciadamente esta es una conducta muy extendida en la sociedad en personas que por sus adentros se creen más inteligentes y cabales que nadie. Una calaña social que trata cada minuto de defender su dinero como si alguien se lo estuviera robando y defendiendo el dinero mal pierden la vida entre sofocos.
·    También leo en algún sitio que no sé si será verdad o no, pero también es una imagen muy representativa de la realidad de las capas sociales más bajas.
En alguna ciudad hay dos iglesias en la misma avenida: una en cada uno de los extremos de su largura. En la puerta de la Iglesia más antigua la que está más cercana al centro de la ciudad una mujer mayor tiene allí reservado su sitio por unas horas como si fuera un derecho adquirido y respetado. Cuando recoge la manta de su colecta y cuenta cómo le ha ido el día se llega despacio a la puerta de la otra iglesia y pasa al lado de quien allí está pidiendo y le echa unas monedas en su canastilla. Es que la puerta de esta iglesia es peor que la puerta que de la iglesia en la que yo paso el día… que aquí pasa menos gente.
       Leí que decía la pobre.
       Son aquellas personas para las cuales el dinero tiene otro valor y saben sacarle chispas a la moneda de cincuenta céntimos y que a fuerza de penurias han aprendido a ponerla allí dónde hace falta y a  hacerse los despistados cuando no la tienen. Personas que sin tener un sentimiento de caridad ni de solidaridad, conociendo de las vicisitudes de la vida, son capaces de hacer lo que hay que hacer en cada momento sin importarles nada y menos que nada el dinero.
Estamos acostumbrados a escuchar estas cifras tan asombrosas que sirven para adornar las noticias en medio de la crisis, que nos parecen lejanas y que al parecer no nos afectan para nada. Cantidades de las que no nos hemos de preocupar porque nada nos concierne.
      Nos dicen por ejemplo que:
      ·     Un director general de un banco muy conocido cobra diez millones de euros al año.
      Un banco es una empresa privada: no nos concierne para nada.
      Y además como paga de impuestos al Estado la mitad de lo que gana mejor porque así ganamos todos.
      ·     Cuánto cobra un determinado futbolista libre de impuestos.
      Sin embargo, debemos estar contentos porque es la mejor inversión que ha hecho el equipo porque lleva el nombre  de la ciudad a todos los rincones del mundo… y si vende camisetas es igual que ni siquiera juegue al futbol.
      Además lo pagan las televisiones y los que van al campo y para todos los demás es gratis.
      ·    A un determinado actor o cantante que le pagan no sé cuántas porradas por llevar la imagen de no sé qué por el mundo.
      Pero lo hace por el amor tan grande que tiene por su tierra.
      Y además ha hecho una gran rebaja en su caché.
     
       Sin embargo todas esas cifras las acabamos pagando entre todos.
      Todo es dinero y es la parte social más numerosa la que de una manera u otra lo, directa o indirectamente, acaba pagando todo: al director del banco, los impuestos al Estado, la ficha del futbolista, al actor, al cantante, a todos con una lluvia fina de cargos y cargas con la que nos cargan y todo sale del trabajo de unos pocos sin que sea mejor para ninguno de ellos.
       Porque en este sistema está todo comunicado.
      Y el elemento con el que se comunica es el dinero.