Mostrando entradas con la etiqueta libertad Otro mundo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libertad Otro mundo. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de abril de 2015

Elogio a la ociosidad de Bertrand Russell. Epílogo.


Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán que dice que: la ociosidad es la madre de todos los vicios. Fui un niño profundamente virtuoso creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar con ardor hasta el momento.
Pero, aunque mi conciencia haya dirigido mis actos, mis opiniones han vivido una revolución: creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo distinto de lo que siempre se ha predicado.
.
Antes de presentar mis propios argumentos a favor de la pereza tengo que refutar algunos de los que no puedo aceptar:
-    Cada vez que alguien que ya dispone de lo suficiente para vivir se propone ocuparse en alguna clase de trabajo diario, se le dice, a él o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca a otras personas y que por tanto esta actitud es perversa. Si este argumento fuese válido bastaría con que todos nos mantuviéramos inactivos para tener la boca llena de pan. Lo que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo. Al gastar sus ingresos un hombre pone tanto pan en las bocas de los demás como les quita al ganar.
-    El verdadero malvado desde este punto es el hombre que ahorra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, no genera empleo.
Si invierte sus ahorros, se plantean diferentes casos:
Una de las cosas que con más frecuencia se hace con los ahorros es prestarlos a algún gobierno. En vista del hecho de que el grueso del gasto público de la mayor parte de los gobiernos civilizados consiste en el pago de deudas pasadas o en la preparación de guerras futuras el hombre que presta su dinero a un gobierno se haya en la misma situación que el malvado que alquila asesinos. Resulta evidente que sería mejor que en lugar de ahorrar se gastara el dinero aun cuando lo gastara en bebida o en juego.
Pero el caso es absolutamente distinto cuando los ahorros se invierten en empresas industriales. Cuando tales empresas tienen éxito y producen algo útil, se puede admitir. En nuestros días, sin embargo, nadie negará que la mayoría de las empresas fracasan. Esto significa que una gran cantidad de trabajo humano, que hubiera podido dedicarse a producir algo susceptible de ser disfrutado, se consumió en la fabricación de máquinas, que una vez construidas, permanecen paradas y no beneficiando a nadie. El hombre que invierte sus ahorros en un negocio que quiebra, perjudica a los demás tanto como así mismo. Si se gasta su dinero en dar fiestas a sus amigos, estos se divertirán, al tiempo que se benefician todos aquellos con quien gastó su dinero. Y si se lo gasta en tender rieles para tranvías en un lugar donde los tranvías resultan innecesarios, habrá desviado un gran volumen de trabajo que no dará placer a nadie.
Quien se empobrezca por el fracaso de su inversión, se le considerará víctima de una desgracia inmerecida, tanto que al alegre derrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se le despreciará como persona alocada y frívola.
.
Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por su reducción organizada.
¿Qué es el trabajo?
Hay tres clases de trabajo:
- Con el primero se modifica la superficie de la tierra y las materias.
Esta clase de trabajo es desagradable y está mal pagado.
- El segundo consiste en mandar a otros que hagan el anterior.
Este trabajo es agradable y bien pagado y susceptible de extenderse indefinidamente porque no sólo están los que dan órdenes, sino también están los que dan consejos a cerca de que órdenes deben darse.
Para esta clase de trabajo no se requiere el conocimiento de los temas a cerca de los cuales ha de darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar o de escribir,
Es decir, el arte de la propaganda.
- Y también hay una clase de trabajo, que no es trabajo y que sin embargo es más respetado que cualquiera de los trabajos.
Hay hombres que, merced a la propiedad de la tierra, están en condiciones de hacer que otros les paguen por el privilegio de que les consientan existir y trabajar. Estos terratenientes son gente ociosa y su ociosidad solo resulta posible gracias a la laboriosidad de otros.
En efecto, su deseo de cómoda ociosidad es la fuente histórica de todo el evangelio de trabajo.
Lo último que podrían desear es que otros siguieran su ejemplo.
.
Desde el comienzo de la civilización hasta la revolución industrial, un hombre podía, producir, trabajando duramente, poco más de lo imprescindible para su propia subsistencia y la de su familia, aun cuando su mujer trabajara al menos tan duramente como el, y sus hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad necesaria para ello. El pequeño excedente sobre lo estrictamente necesario no se dejaba en manos de lo que producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los sacerdotes. En tiempos de hambruna no había excedente pero los guerreros y los sacerdotes, sin embargo seguían reservándose tanto como en otros tiempos, con el resultado de que muchos de los trabajadores morían de hambre.
- Este sistema perduró hasta la URSS de 1917 cuando entonces los miembros del Partido Comunista han heredado este privilegio de los guerreros y los sacerdotes pero todavía perdura en oriente.
- En Inglaterra a pesar de la Revolución Industrial esta situación se mantuvo en plenitud durante las guerras napoleónicas y hasta hace cien años, cuando la nueva clase de los industriales ganó el poder.
- En Norteamérica, el sistema terminó con la revolución, excepto en el sur, donde sobrevivió hasta la Guerra Civil.
Un sistema que duró tanto y que terminó tan recientemente ha dejado, como es natural, una huella profunda en las opiniones y en los pensamientos de los hombres. Buena parte de lo que damos por sentado acerca de la conveniencia del trabajo procede de este sistema, y, al ser preindustrial, no está adaptado al mundo moderno.
La técnica moderna ha hecho posible que el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerrogativa de clases privilegiadas poco numerosas, sino un derecho equitativamente repartido en toda la comunidad.
La moral del trabajo es la moral de los esclavos.
El mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.
Es evidente que en las comunidades primitivas los campesinos, de haber podido decidir, no hubieran entregado el escaso excedente con el que subsistían a los guerreros y a los sacerdotes, era la fuerza lo que les obligaba a producir y a entregar el excedente.
Si no: hubieran producido menos y consumido más.
 Gradualmente, resultó posible inducir a muchos de ellos a aceptar una ética según la cual era su deber trabajar intensamente aunque parte de su trabajo fuera a sostener a otros que permanecían ociosos. Por este medio, la compulsión requerida se fue reduciendo y los gastos del gobierno disminuyeron.
El concepto de deber, en términos históricos, ha sido un medio utilizado por los poseedores del poder para inducir a los demás a vivir para el interés de sus amos más que para su propio interés y se las arreglan para creer que sus intereses son idénticos a los más grandes intereses de la humanidad.
.
El tiempo libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, solo el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. El trabajo era valioso, no porque el trabajo en si fuera bueno sino porque el ocio era bueno.
El ocio de los otros.
Con la técnica moderna sería posible distribuir el ocio sin pérdida para la civilización porque ha hecho posible reducir enormemente la cantidad de trabajo requerida para asegurar la vida de todos.
Esto se hizo evidente durante la guerra.
En aquel tiempo todos los hombres de las fuerzas armadas, todos los hombres y las mujeres ocupadas en la fabricación de municiones, todos los hombres y todas las mujeres ocupadas en espiar, en hacer propaganda bélica o en las oficinas del gobierno relacionadas con la guerra, fueron apartados de las ocupaciones productivas. A pesar de ello, el nivel general del bienestar físico entre los asalariados no especializados de las naciones aliadas fue más alto que antes y después. La significación de este hecho fue encubierta por las finanzas: los préstamos hacían aparecer las cosas como si el futuro estuviera alimentando al presente. Pero esto, desde luego, hubiese sido imposible: un hombre no puede comerse una rebanada de pan que todavía no existe. La guerra demostró de modo concluyente que la organización científica de la producción permite mantener las poblaciones modernas en un considerable bienestar con solo una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo entero.
Si la organización, que se había concebido para liberar hombres que lucharan y fabricaran municiones, se hubiera mantenido al finalizar la guerra, y se hubiera reducido a cuatro las horas de trabajo todo hubiera ido bien. Sin embargo, fue restaurado el antiguo caos: aquellos cuyo trabajo se necesitaba se vieron obligados a trabajar muchas horas, y al resto se le dejo morir de hambre por falta de empleo.
¿Por qué?
No es de extrañar que el resultado haya sido desastroso.
Porque el trabajo es un deber y un hombre no debe recibir salarios proporcionados a los que ha producido sino proporcionados a su virtud, definida por su laboriosidad.
Tomemos un ejemplo.

Supongamos que en un momento determinado cierto número de personas trabajan en la manufactura de alfileres. Trabajando ocho horas diarias, hacen tantos alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual el mismo número de personas puede hacer dos veces el número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita duplicar ese número de alfileres y los alfileres son ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno más a un precio inferior. En un mundo sensato todos los implicados en la fabricación de alfileres pasaría a trabajar cuatro horas en lugar de ocho y todo lo demás continuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juzgaría desmoralizador. Los hombres trabajan ocho hora y hay demasiados alfileres; algunos patronos quiebran y la mitad de los hombres anteriormente empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y se quedan sin trabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente ociosos mientras la otra mitad siguen trabajando demasiado. De este modo queda asegurado que el inevitable tiempo libre produzca miseria por todas partes en lugar de ser una fuente de felicidad universal.
La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra a principios del siglo XIX la jornada normal del trabajo de un hombre era de quince horas. Los niños hacían la misma jornada algunas veces, y, por lo general trabajaban doce horas al día. Cuando los entrometidos apuntaron que quizás tal cantidad de horas fuera excesiva, les dijeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a los niños del mal.
Cuando yo era niño, poco después de que los trabajadores urbanos adquirieran el derecho al voto, fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con gran indignación de las clases altas.
Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir:
¿Para que quieren las fiestas los pobres? Deberían trabajar.
Hoy la gente es menos franca, pero este sentimiento sobre los pobres persiste y es la fuente de gran parte de nuestra confusión económica.
.
Todo ser humano, necesariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen del trabajo humano. Aceptando, cosa que podemos hacer, que el trabajo es desagradable, resulta injusto que un hombre consuma más de lo que produce. Por supuesto, prestará algún servicio en lugar de producir artículos de consumo, como en el caso de un médico, por ejemplo; pero algo ha de aportar a cambio de su manutención y alojamiento. En esta medida, el deber de trabajar ha de ser admitido; pero solo en esta medida.
No insistiré en el hecho de que, en todas las sociedades modernas, mucha gente elude aun esta mínima cantidad de trabajo; por ejemplo, todos aquellos que heredan dinero y todos aquellos que se casan por dinero. No creo que el hecho de que se consienta a éstos permanecer ociosos sea casi tan perjudicial como el hecho de que se espere de los asalariados que trabajen en exceso o que mueran de hambre.
Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al día, alcanzaría para todos y no habría paro, dando por supuesta cierta muy moderada de organización sensata. Esta idea escandaliza a los ricos por que están convencidos de que el pobre no sabría como emplear tanto tiempo libre.
Los hombres suelen trabajar muchas horas, aun cuando ya estén bien situados, y naturalmente, se indignan ante la idea del tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del inflexible castigo del paro.
En realidad les disgusta el ocio incluso para sus hijos.
.
El sabio empleo del tiempo libre, debemos admitirlo, es un producto de la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado muchas horas durante toda su vida se aburrirá si de pronto queda ocioso. Pero sin una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se ve privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no ha razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir tal privación; solo un necio ascetismo, generalmente vicario, nos llevará a seguir insistiendo en trabajar en cantidades excesivas, ahora que ya no es necesario.
En el nuevo credo dominante en el gobierno de la URSS, así como ha mucho muy diferente de la tradicional enseñanza de Occidente, hay algunas cosas que no han cambiado en absoluto. La actitud de las clases gobernantes, que dirigen la propaganda educativa respecto de la dignidad del trabajo, es la misma que las clases gobernantes de todo el mundo han predicado siempre a los llamados “pobres honrados”: laboriosidad, sobriedad, buena voluntad para trabajar muchas horas a cambio de lejanas ventajas y sumisión a la autoridad. Todo reaparece por añadidura: la autoridad y la voluntad del Soberano del Universo.
Ahora un nuevo nombre: materialismo dialéctico.
Durante siglos, los ricos y sus mercenarios han escrito en elogio del trabajo. Han alabado la vida sencilla, han profesado una religión que enseña que es mucho más probable que vayan al cielo los pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacer creer a los trabajadores que hay cierta especial nobleza en modificar la situación de la materia en el espacio, tal y como los hombres trataron de hacer creer a las mujeres que obtendrían cierta especial nobleza de su esclavitud sexual.
En la URSS, todas las enseñanzas acerca de la excelencia del trabajo manual han sido tomadas en serio, con el resultado de que el trabajador manual se ve más honrado que nadie. Se hacen lo que, en esencia, son llamamientos a la resurrección de la fe, pero no con los mismos propósitos: se hacen para asegurar los trabajadores de choque necesarios para tareas especiales. El trabajo manual es el ideal que se propone a los jóvenes, y es la base de toda enseñanza ética.
.
En la actualidad, posiblemente todo ello sea para bien.
Un país grande, lleno de recursos naturales, espera el desarrollo, y ha de desarrollarse haciendo uso escaso del crédito. El trabajo duro es necesario y cabe suponer que reportará una gran recompensa.
Pero: ¿Qué sucederá cuando se alcance el punto en el que todo el mundo pueda vivir cómodamente sin trabajar muchas horas?
En occidente tenemos varias maneras de tratar este problema.
- No aspiramos a la justicia económica, de modo que una gran proporción del producto total va a parar a manos de una pequeña minoría de la población, muchos de cuyos componentes no trabajan.
- Por ausencia de todo control centralizado de la producción, fabricamos multitud de cosas que no hacen falta.
- Mantenemos ociosos a un porcentaje de la población trabajadora, y podemos pasar sin su trabajo trabajando en exceso a los demás.
- Cuando estos métodos demuestran ser inadecuados, organizamos una guerra: mandamos a un cierto número de personas a fabricar explosivos y a otro número determinado a hacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramos de descubrir los fuegos artificiales.
.
En la URSS, debido a una mayor justicia económica y al control centralizado de la producción, el problema tiene que resolverse de forma distinta. La solución racional seria, tan pronto como se pudieran asegurara las necesidades primarias y las comodidades elementales para todos, reducir las horas de trabajo gradualmente, dejando que una votación popular decidiera, en cada nivel, la preferencia por más ocio o por más bienes. Pero, habiendo enseñado la suprema virtud del trabajo intenso, es difícil ver un paraíso en el que haya mucho tiempo libre y poco trabajo. Parece más probable que encuentren continuamente nuevos proyectos en nombre de los cuales la ociosidad presente haya de sacrificarse a la producción futura.
He leído acerca de un ingenioso plan propuesto por ingenieros rusos para hacer que el mar Blanco y las costas septentrionales de Liberia se calienten construyendo un dique a lo largo del mar de Kara. Un proyecto admirable para los dirigentes de los trabajadores, pero capaz de posponer el bienestar proletario para toda una generación, tiempo durante el cual la nobleza del trabajo sería proclamada en los campos helados y entre las tormentas de nieve del océano Ártico. Esto, si sucede, será el resultado de considerar la virtud del trabajo intenso como un fin en si mismo, más que como un medio para alcanzar un estado de cosas en el cual tal trabajo ya no será necesario. Mover materia de un lado a otro, a veces necesario para nuestra existencia, no es,  uno de los fines de la vida humana.
.
Llegamos a conclusiones erróneas en esta cuestión por dos causas:
- Una es: la necesidad de tener contentos a los pobres, que impulsa a los ricos a predicar la dignidad del trabajo durante miles de años, aunque teniendo cuidado de mantenerse ellos indignos en este aspecto.
- Otra es: el nuevo placer del mecanismo que nos hace deleitarnos en los cambios asombrosamente inteligentes que podemos producir en la superficie de la tierra.
Estos motivos no tienen gran atractivo para el que trabaja.
Ningún trabajador dirá si se le pregunta por el hecho de trabajar: “Me agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hombre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre puede trasformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo exige periodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que procede mi contento”.
Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores.
Consideran el trabajo como debe ser considerado, como un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus horas de ocio.
Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían como llenar sus días si solo trabajaran cuatro horas de las veinticuatro del día. En la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; tampoco hubiese sido cierto en ningún periodo anterior. El hombre moderno piensa que todo debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por si mismo.
Las personas serias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero todo el trabajo necesario para construir un cine es respetable, porque es trabajo y porque produce beneficios económicos.
La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico. El carnicero que os provee de carne y el panadero que os provee de pan son merecedores de elogio, porque están ganando dinero; pero cuando vosotros disfrutáis del alimento que ellos os han suministrado no sois más que unos frívolos, a menos que comáis tan solo para obtener energías para vuestro trabajo.
En un sentido amplio, se sostiene que ganar dinero es bueno y gastarlo es malo. Cualquiera que sea el mérito que pueda haber en la producción de bienes, debe derivarse enteramente de la ventaja que se obtenga consumiéndolos. El individuo trabaja por un beneficio, pero el propósito social de su trabajo radica en el consumo de lo que el produce. Este divorcio entre los propósitos individuales y los sociales respecto de la producción es lo que hace que a los hombres les resulte tan difícil pensar con claridad en un mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivo de la industria.
Pensamos mucho en la producción y poco en el consumo.
Damos poca importancia al goce y a la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por el placer que da al consumidor.
.
Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo restante de las personas deba malgastarse necesariamente en frivolidades. Quiero decir que cuatro horas de trabajo al día deberían dar derecho a un hombre a los artículos de primera necesidad y a las comodidades elementales en la vida, y que el resto del tiempo debería ser para emplearlo él mismo como creyera conveniente.
Es una parte esencial de cualquier sistema social que la educación vaya más allá del punto que generalmente alcanza en la actualidad, y se proponga, en parte, despertar aficiones que capaciten al hombre para usar con inteligencia su tiempo libre.
Las danzas campesinas han muerto, excepto en remotas regiones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que se las cultivara deben existir todavía en la naturaleza humana. Los placeres de las ciudades urbanas han conseguido ser en su mayoría pasivos: ver películas, presenciar partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente. Ello resulta de que sus energías activas se consumen completamente en el trabajo; si tuvieran más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos y entretenimiento de los que debieran tomar parte activa.
.
En el pasado, había una reducida clase ociosa y una más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfrutaba de ventajas que no se fundaban en la justicia social; esto lo hacia necesariamente opresiva, limitaba sus simpatías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus privilegios. Estos hechos disminuían su mérito pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a casi todo lo que llamamos civilización. Cultivo las artes, descubrió las ciencias, escribió los libros, inventó las filosofías y refinó la relaciones sociales. Aun la liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde arriba.
Sin clase ociosa, la humanidad no hubiera salido de la barbarie.
El sistema de una clase ociosa hereditaria sin obligaciones era, sin embargo, extraordinariamente ruinoso. No se había enseñado a ninguno de los miembros de esta clase a ser laborioso, y la clase, en conjunto no era excepcionalmente inteligente. Esta clase podría producir un Darwin, pero contra el habrían de señalarse decenas de millares de hidalgos rurales que jamás pensaron en nada más inteligente que la caza del zorro y el castigo de los cazadores furtivos.
Actualmente, se supone que las universidades, de un modo más sistemático, proporcionan lo que la clase social proporcionaba por accidente y como un subproducto.
Esto representa un gran adelanto, pero tiene ciertos inconvenientes.
- La vida en la universidad es, tan diferente de la vida en el mundo, que las personas que viven en un ambiente académico tienden a desconocer las preocupaciones y los problemas de los hombres y las mujeres corrientes, y sus medios suelen ser tan escasos, que sus opiniones no tienen la influencia que debieran tener sobre la población.
- Otra desventaja es que en las universidades los estudios están organizados, y es probable que el hombre al que se le ocurre alguna idea de investigación original se sienta desanimado. Las instituciones académicas, si bien son útiles, no son los guardianes adecuados de los intereses de la civilización en un mundo donde todos los que quedan fuera de ellas, se despreocupan en atender propósitos no utilitarios.
.
En un mundo donde nadie este obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, sin que llegue a importar lo maravillosos que puedan ser sus cuadros.
Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención con chapuzas sensacionales, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y que cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad.
Los hombres que en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto de la economía o de la administración, tendrán el tiempo necesario y serán capaces de desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que a menudo hace aparecer carente de realismo las obras de los economistas universitarios.
 Los médicos tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina. Los maestros no lucharan desesperadamente por enseñar con métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede haber sido ya demostrada.
.
El trabajo exigido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no para producir agotamiento. Puesto que los hombres no estarán cansados en su tiempo libre, no querrán solo distracciones pasivas e insípidas. Es probable que al menos un uno por ciento dedique el tiempo que le consuma su trabajo profesional a tareas de algún interés público, y, puesto que no dependerá de tales tareas para ganarse la vida, su originalidad no se verá estorbada y no habrá necesidad de conformarse a la normas establecidas por los viejos eruditos.
Pero no solo en estos casos se manifestaran las ventajas del ocio:
- Los hombres y las mujeres corrientes, al tener oportunidad de una vida feliz, llegarán a ser más bondadosos y menos inoportunos, y menos inclinados a mirar a los demás con suspicacias.
- La afición a la guerra desaparecerá en parte por la razón que antecede y en parte porque supone un largo y duro trabajo para todos.
- El buen carácter es, de todas las cualidades morales la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad no de una vida de ardua lucha.
Los modelos de producción más modernos nos han dado la posibilidad de paz y de seguridad para todos los hombres y hemos elegido: el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros.
.
.
 
 
 
 

sábado, 11 de abril de 2015

Mi ocio, mi pereza y mi diligencia.


Desde hace años me voy dando cuenta ahora de que no hubiera sido necesario trabajar como trabajé siendo niño. Ahora de mayor me duele haber tenido que trabajar tanto y de entregar ese trozo de mi vida.
He trabajado cuando todavía no sabía hacer valer mi trabajo.
Luego he trabajado lo que he querido.
Y he procurado sacar tiempo para mis cosas.
Hoy desde mi experiencia observo mi entorno y la sociedad y llené estas páginas profusa y hondamente sobre esta cuestión controvertida.
.
El otro día un amigo que está leyendo esta obra a trozos, para darme ánimos y consejo y seguramente que para provocarme un poco, me hizo una pregunta que me dejó un tanto noqueado:
- ¿Tú ya vives como predicas…?

Le contesté que en la medida en la que soy consciente y lo tengo claro procuro vivir como digo. Le fui dando respuesta a las cuestiones económicas que se plantean en la obra y que pensé que eran a las que se refería él con su pregunta inquisitoria. Cuestiones como el desapego al dinero o al ahorro. Luego con la defensa de mi trabajo a ultranza y no trabajar donde no disfruto y el trabajo altruista que en el fondo predico.
Pero me paró y me dijo que no era eso lo que me preguntaba.
Él se refería a que me paso el día trabajando y es imposible vivir trabajando porque en el resto de las horas no queda tiempo para todo.
-    ¿De dónde sacas el tiempo libre que dices?
No le contesté.
Mi amigo no ha leído esta parte final y aquí leerá algún día en su tiempo libre lo que hecho en mi tiempo libre que aunque haya sido tan escaso me precio de enmarcarlo y reivindicarlo.
Después de la pregunta que quedara grabada, hice memoria de las cosas que me ha apetecido hacer en estos años y que he hecho. Algunas personas ya somos un tanto mayores y si nos paramos a repasar el recorrido de la vida la verdad es que nos ha dado tiempo para hacer muchas cosas incluso muchas que no nos han gustado y muchas que ya nos parecía haberlas olvidado. En este acto de repaso me ha llevado a sentarme a escribir ahora de un tirón: una relación de todo lo que he hecho con mucho esfuerzo, sin pensar en el dinero que gastaba o dejaba de ganar y que me ha servido para tener un crecimiento personal que considero autodidacta y tremendo y para encontrar más satisfacciones y frustraciones de la que se pueden tener con las mercancías de todo tipo que te ofrece el mercado de productos y servicios.
Ahora le contesto.
Ya he contado en un capítulo anterior como hube de empezar a trabajar desde adolescente, y sin embargo: aun teniendo pocos ratos de ocio porque el deber de trabajar me lo impedía, en aquellos lejanos años, seguramente de una manera totalmente intuitiva, ocupaba en leer y aprender esos pocos ratos en los que no estaba en el taller trabajando y en los que todavía me quedaban ganas. Desde mi entender adolescente y responsable primero estudié aquello entendía necesario para el trabajo y para lo que el deber de trabajar me exigía: materias que tuvieran que ver con los menesteres con los que me tenía que ganar la vida: máquinas y dibujo y cosas referentes al mundo del hierro. Formarse para trabajar.  Enseguida empecé a estudiar cosas del todo inútiles y siguiendo esos mismo cánones empecé a leer todo lo que caía en mis manos aunque las más de las veces no entendiera lo que leía y acaso lo malinterpretara. Más tarde me dio por estudiar a mi manera: Derecho, Economía y Filosofía ayudado por amigos con estudios y más cosas totalmente estúpidas. Mientras tanto me iba aficionando a la música y a la pintura. Me dio por pintar un poco y hacer cosas que parecían arte, sobretodo porque era muy consciente de que: por mucho que me ilusionara, de todo aquello nunca iba a poder comer. En aquellos tiempos, algunas horas vespertinas a la semana las dedicaba a participar en asociaciones e iniciativas políticas. Asistía a todas las reuniones a las que me llamaban. Pronto me tocó hilvanar algunas ideas con palabras y escribir otras y de una u otra manera defender ya entonces aquello con lo que nadie estaba de acuerdo. Cuestión de inteligencias. Y seguía trabajando y después de un corte vital y necesario en mi vida todo cambió. A partir de entonces fui cambiando de trabajo cada cierto tiempo. Nunca me ha dado miedo cambiar de trabajo. Normalmente cambiaba cuando detectaba falta de aprecio y comprensión a mi trabajo: un día me daba cuenta de repente de que mi equilibrio vital no lo tenía en su punto correcto y como mejor podía provocaba el cambio y me iba con mi música a otra parte. Mientras tanto y seguía estudiando y leyendo y haciendo cosas tan inútiles como ayudar de manera altruista a todo aquel que me lo pidiera aun sabiendo que en el mejor de los casos no siquiera me lo iba a agradecer. Con el tiempo volví a pintar de otra manera y ya dejé de estudiar materias en torno a mi trabajo que empezaba a ser la gestión de empresas. ¡Qué aburrimiento…! Fue entonces: de empresa en empresa, cuando llegaba a un punto en el que no sabía qué hacer para solucionar cualquier problema me inventada maneras de hacer en la gestión empresarial con las que construí un saber hacer muy eficiente. Maneras que antes nunca había hecho nadie y que por lo tanto no se podían estudiar en los libros. Así encontré la manera de ganarme la vida. Con treinta y cinco años como una necesidad que seguramente nacía en mi propia adolescencia me puse a escribir páginas a mano alzada toda clase de contenidos que a veces acabaron siendo libros de cierta consistencia. En aquellos ratos en los que me dejaba libre mi trabajo, fue manchando papeles con propuestas sociales, proyectos y análisis de la realidad social y política y sobre aquellos temas del entorno en el que me movía.
Yo creo que casi todo lo que he hecho en mi vida ha sido en mis ratos de ocio, en mis ratos de pereza, porque en los ratos trabajar no he hecho otra cosa que trabajar muy duro y ganarme lo que me pagaban: algunas veces era bastante y la mayoría de las veces poco.
Dentro de lo que he podido hacer en mi trabajo he procurado que la gente trabajara lo menos posible y he tratado de erradicar era teoría de que una por una meter horas. He tratado por todos los medios que cada puesto de trabajo tuviera un mínimo de gestión propia para que nadie tuviera que gestionar el trabajo de nadie ni el puesto de trabajo de nadie. He tratado de arrancar esa costumbre que de tener muchas personas en el control de la actividad y en aparato burocrático de las empresas.
Por otro lado a muchas personas que he conocido y que muchas veces se han acercado a mí a pedirme consejo en sus pequeñas aficiones o hobbies a todas la he aminado a que no desistieran en su empeño. Creo en las personas que tienen entre manos alguna cosa que les gusta y les emociona y les ayuda a sacar lo que llevan dentro, aunque parezcan una tontería, si ellas se apasionan y lo viven sin más trascendencia que pasárselo bien con lo que hacen son dignas de se animadas. También a las personas que vinieron a pedirme consejo o auxilio ante cualquier proyecto vital para ellas con el que pensaran en ganarse la vida, su eran cosas que estaban dentro de mis conocimientos siempre tuve palabras de verdad con las que pudiera saber a qué atenerse.
.
He vivido en este SIGLO XXI que camina y las postrimerías del anterior y aunque en este tiempo se ha conformado un nuevo sistema siempre he deambulado entre crisis y crisis. En torno al trabajo, la explotación ha cambiado y el nuevo sistema lo hace de una forma más sutil y transversal, en teoría menos violenta que el anterior, y ahora en su declive explota con más fuerza que nunca ningún otro había explotado y extorsionado. Me resulta increíble que permanentemente se encuentren nuevos proyectos para que hoy haya trabajo presente e innecesario y que mañana falte sin que ningún trabajo pueda sacrificarse a la producción futura. También he vivido la lucha que entre las personas en distintos niveles, es esa lucha de siempre de los unos contra los otros: los unos para que trabajen, los otros para quedar quietos.
Hace años en los que aún siendo jornalero no participo en esa lucha.
También compruebo cada día que las inteligencias sociales no discurren en tratar de alimentar la pereza y la ociosidad de la población y llenarla de contenidos humanos, y sin embargo, sigo convencido de que con la puesta en valor de nuestro derecho a la pereza diligente, es como hemos de darle la vuelta a este sistema y a esta civilización.
¡Vale ya de trabajar…! ¡Vamos a tratar de vivir nuestra vida…!
.
Esta mañana a un amigo le he preguntado si había leído un libro que le había dado hace unas semana. Me ha dicho que no que había tenido mucho trabajo y que no había tenido tiempo para leer ni una página. Para demostrar que me estaba diciendo la verdad me ha hecho una relación de todas las cosas que había tenido que hacer en estas semanas y cuando ha terminado le he dicho: ¡Pero ya te das cuenta que más de la mitad de las cosas que me has dicho no sirven para nada y que mejor hubieras estado leyendo un libro…!
Se ha quedado cortado.
- ¿Qué cosas…?
- La mitad de las que me has dicho.
- Se ha quedado pensando.
.

jueves, 1 de enero de 2015

Trabajar cuatro horas.

Habríamos de saber que a todas estas personas nada de lo que le fuéramos a dar con el Salario Social que se ha explicado en el anterior capítulo, iba a ser fruto de otra cosa que del trabajo, de nuestro trabajo, del trabajo de todos. A medio plazo: estos derechos que parecen ser un coste social, acabarían siendo muy eficientes en la satisfacción de las necesidades humanas y un paliativo de las realidades y de las miserias que se hacen patentes en muchas capas sociales. Esta medida se tornaría muy económica para quienes no tienen otra cosa que el trabajo para subsistir en el mundo y legitimaría la condición social de los estados.
       Pagar un salario y con el salario saber administrase y gastar en lo que cada trabajador entendiera conveniente era otro paso en la historia que también se ha superado. Hemos pasado de que en la antigüedad, por el trabajo y con el trabajo se pagaba: la comida que permitía poder subsistir, el techo en el que poder descansar cerca del tajo y la ropa necesaria para salvar las inclemencias del tiempo a estos tiempos modernos en lo que no se tiene derecho a nada si no se tiene trabajo.
       En la actualidad seguimos la filosofía de una moral esclavista en la organización social y en las correspondencias económicas. El trabajo es lo único que garantiza la vida de las personas y si acaso su dignidad. Aplicada esta manera de entender la sociedad en estos tiempos y circunstancias que vivimos, completamente distintas de aquellas en las que surgió, se hace realidad aquello de: el que no trabaje no come.
       Es tan importante para el sistema económico el trabajo de la gente, que el sistema en sí mismo se defiende desde la idea de que quien consta que más ha trabajado más derechos tiene, y quien nunca ha trabajado todos los derechos que tiene no es porque se los haya ganado sino porque quienes trabajan son solidarios con ellos y se los regalan.
       No es de extrañar que el resultado esté siendo desastroso.
       El trabajo con el que la humanidad se abastece de bienes y servicios, aunque es necesario en cierta medida para nuestra procurar nuestra coexistencia, no puede ser, bajo ningún concepto, uno de los fines más importantes de la vida humana y mucho menos la razón necesaria y fundamental de la existencia y de la subsistencia de las personas.
.
El objetivo principal de esta obra sobre como se ha hecho realidad el oráculo de la maldición divina, es tratar de demostrar que: en el mundo occidental y por ende extrapolable en el tiempo a todo el planeta, que: trabajando la mitad de lo que se trabaja en la actualidad, trabajando toda la población activa y en unas condiciones de producción razonable, sería suficiente para vivir el conjunto de la sociedad mucho mejor de lo que se vive ahora. Esta opción, pudiera arrancar de la sociedad la amenaza de la pobreza y de la humanidad el adocenamiento y la barbarie.
       Y son dos problemas que socialmente se han de resolver.
       También ahora, en alguna de esas veces en las que me pongo a pensar para entretenerme, llego a la conclusión de que con un poco de organización y de ingeniería social, la humanidad tenía que trabajar mucho menos de lo que trabaja. Sin proponérmelo compruebo de nuevo el principio de que: las cosas siempre han de prodigar el tiempo que se tienen para hacerlas, casi con una validez  matemática.
       El hecho es que: el hacer cosas por hacer, por obligación vital, como se hace tan a menudo sin que a nadie le importe y a algunos beneficie, es como mover la silla de un lado a otro por el mero acto de moverla y que sea razón necesaria para tener derecho a sentarse en ella.
       Hay muchas labores por las que ya no se pueden entender necesarias semanas de cuarenta horas y cuarenta y cinco semanas al año de trabajo, Ha sido la manera en la que el sistema ha creado trabajos ficticios para apuntalarlo, y dando muchos rodeos nos han organizado sin sentido la vida laboral en las últimas décadas y por lo tanto la vida en todos los términos, para tener derecho a sentarnos en la silla.
.
Esta alternativa si se planifica económica y socialmente puede ser una realidad en unos pocos años sin que nadie se vea perjudicado en sus intereses y posibilitando que cada cual pudiera vivir de su trabajo y que el trabajo para vivir: no fuera lo que determinara fatalmente sus vidas.
      Esta estrategia hace absolutamente necesario repartir el trabajo.
      Pero además se ha de abolir todos los trabajos innecesarios.
      El problema es relativamente sencillo:
      Parece ser que en la actualidad el 25% de la población activa está sin trabajo. Desde una ingeniería destreza social, económica y política, de un primer paso podríamos pasar de las ocho horas diarias que se trabaja habitualmente: a seis horas diarias durante doscientos días. Mil doscientas horas anuales para cada persona en disposición de trabajar. Hasta aquí no sería necesario reformas en los salarios de las personas con trabajo y en todo caso no tendría porque suponer perdida de poder adquisitivo del factor trabajo, ni siquiera que disminuyera el total absoluto de la remuneración del trabajo en todos sus aspectos.
En la gran mayoría de los casos quedaría patente que si antes teníamos ocho horas para hacer algo, ahora tenemos seis para hacer lo mismo.
       Pero yendo más allá, a estas alturas de mi vida estoy convencido de que quien trabaja y trabajar para vivir y ver cubiertas todas aquellas necesidades que la cotidianeidad aconseja y provee en el mundo actual, no precisa de vender cada día más de cuatro horas de su vida al trabajo. Y este convencimiento está basado en las cuatro cuentas que se pueden hacer para conocer la realidad del mundo del trabajo y que demuestran, que por esta razón de trabajar menos se hubieran de mermar los arqueos económicos que ahora tiene la población. Ante esta convicción habrá quien entienda que esto es una locura porque si se diera esa posibilidad nos iba a perseguir la miseria y la pobreza.
       No. Produciríamos los bienes y servicios necesarios para bien vivir.
       Acuso a quienes juzgan como: utópica, quimérica e irrealizable esta posibilidad humana de trabajar menos es porque observan y entienden a los trabajadores bajo ese pobre concepto que ha sido moldeado en lo más penoso de la historia de que no valen más que para trabajar y que si no trabajaran a saber qué iba a hacer de su vida.
        En anterior capítulo se ha relacionado algunos trabajos inútiles si bien cada cual puede crear su propia lista, si fuéramos capaces de evitar todos los trabajos inútiles que se hacen en la sociedad es muy posible que en unas décadas pudiéramos pasar a trabajar cuatro horas al día, ochocientas horas al año o treinta mil horas durante toda la vida. Este total de horas nos daría para todo y para que no nos faltara lo más importante de la vida: tiempo para vivir, ser ciudadanos y personas.
.
Un amigo me dice:
      Si hay un derecho al trabajo para las personas y si este derecho está reconocido por todas las leyes del mundo occidental, todas las personas que lo requirieran deberían tener un trabajo al menos de cuatro horas al día con el que pudiera cubrir dignamente todas sus necesidades. E n caso de que no tuviera este trabajo los estados que son los garantes de que las leyes se cumplan en todos los ámbitos, habrían de resarcirle con un cantidad igual al salario que podría ganar si trabajara. Y si el Estado no cumple la sociedad lo debiera requerir.
       Creo que tiene razón mi amigo y habría de respetar las leyes de la misma manera que se respeta la propiedad privada que es el otro pilar fundamental de la civilización en la que vivimos y que todas las leyes la protegen hasta en los más pequeños detalles.
        Podemos pensar en cómo a todas personas que tienen la necesidad de trabajar, la obligación de trabajar y el subjetivo derecho al trabajo, se les facilitara la posibilidad de trabajar al menos cuatro horas al día o veinte horas a la semana o mil horas al año. Una de las maneras de garantizar el trabajo para todas aquellas personas que lo necesitarán sería responder desde las mismas estructuras del Estado con un trabajo de cuatro horas aunque esta solución tuviera como consecuencia hacer perder poder al poder del que ahora disfrutan el funcionariado en exclusiva y que son el alma de propio Estado.
.
Es posible que quienes han de trabajar durante toda vida en estos momentos estén muy cansados porque el ambiente que se vive en el mundo del trabajo últimamente es muy difícil de obviar y sostener, pero no obstante se ha de reconocer que en estos días, una parte importante de la población no daría credibilidad a la posibilidad de trabajar mucho menos de lo que trabaja. No le interesa aunque ganara lo mismo y no bajara el nivel del estado de bienestar que se ha conseguido alcanzar en su entorno. Una parte muy importante de quienes tienen trabajo, aunque sea en precario y mal pagado, no puede dejar de trabajar porque tiene que subsistir y su subsistencia es determinante en sus deseos.
        Lo más determinante y trágico para que la población acepte este reparto de trabajo que es tan necesario por alguna de las razones que se han expuesto y por una cuestión de justicia y de equilibrio entre deberes y derechos, sigue siendo dinero: el crédito y el ahorro.
           -  Aquella parte de la población que tiene dinero ahorrado no puede facilitar que no haya necesidad de trabajar porque es indeleble su voluntad de que su dinero se mueva para que no pierda su valor.
      - La otra parte ha de pagar los créditos que enredan se presente y que dan viabilidad a su futuro aunque sea en base a su propia esclavitud.
.

domingo, 30 de noviembre de 2014

El cálculo de las pensiones

Como a las autoridades económicas no les salen las cuentas, cada vez incide más en la idea de que para tener derecho a vivir sin trabajar los últimos años de la vida es necesario haber trabajado y cotizado lo bastante para poder tener derecho, mucho antes: un imposible.
       En los últimos años hemos vivido varios episodios de crisis y en los que ha habido miles de regularizaciones de empleo en uno y otro sector que se hacían un día sí y otro también, en cuanto le llegaban los aires de la crisis, y sin esperar a que se vertieran en vientos.
        Esos aprietos se aflojaron con triquiñuelas de inteligencia sindical y se les hizo frente, allí donde tenían poder, pasando a los trabajadores mayores de cincuenta años a la bolsa de jubilaciones anticipadas, con esquemas que han cambiado para cada crisis de una forma diferente.
       Así se ha construido una nueva clase social que supone una afrenta y una injusticia con todos aquellos que no tuvieron tanta fortuna y que no ven la manera de alcanzar su jubilación con plenos derechos.
       Incluso esa situación y circunstancia empeoran cada día.
       Los jubilados en la actualidad son los mejores pilares del sistema.  Aunque puedan protestar más o menos por pequeños detalles en cuanto a los acuerdos generales e inflexibles que tiene el sistema con ellos, saben que han tenido todas las de ganar y que las seguirán teniendo, y nunca los cuestionarán, y si acaso los reforzarán.
       Todos aquellos que tiene qué decir en esta cuestión utilizan las pensiones más pequeñas para hacer la demagogia necesaria pero querrán mantener este criterio por el que se refuerza la necesidad de trabajar para tener pensión y la necesidad de trabajar para poder pagarlas.
La idea de que cada cotizante se ha pagado más que lo suficiente por las pensiones que disfrutan es una idea equivocada. En realidad, en el sistema cada cotizante paga lo necesario para que cobren los que están jubilados en ese momento que es mucho menos de los que ellos cobrarán luego. Un buen negocio. Presento un esquema razonable de lo que puede ser la relación de lo que un trabajador ha cotizado durante toda su vida y lo que puede llegar a cobrar en su jubilación.
Datos  que se pueden variar a gusto de quien los quiera repasar.
 Edad de Jubilación:   63 años.
Años cotizados:         35 años.
Salario en euros constantes: 1.700.- euros mes.
Cotización constante contingencias al 25%: 450.- euros mes.
Total cotizado..... 175.000.- euros.
Años de cobro de jubilación:  22 años.
Pensión en euros constantes: 1.200.- euros mes.
Total a cobrar.....    320.000.- euros.
 
Este dato lo aporto únicamente para reforzar la idea de que quien no ha trabajado ni cotizado lo suficiente también tendría el mismo derecho a recibir la diferencia entre lo que los jubilados cotizaron y lo que van a cobrar y que el mérito para la jubilación: una jubilación digna, no tiene que ser únicamente por el trabajo realizado sino en función de tener una expectativa de vida y un derecho a vivir decorosamente.
      Podemos comprobar desde la prudencia que cada jubilado va a cobrar mucho más de lo que ha contribuido y han comprometido a sus nietos, para que sean ellos los que paguen la diferencia cuando hagan el reparto correspondiente respetando sus derechos adquiridos.
      Algunos jubilados todavía se hacen cuentas, de lo que pagaron aquellos de su generación que se murieron jóvenes y que dejaron sus cotizaciones  a beneficio del sistema y nunca cobraron la pensión. A lo mejor, sería de justicia que estas cotizaciones se las tuvieran que repartir entre ellos y que no las dejaran a beneficio del fondo común.
Sin embargo, estas páginas sencillas quiero hacer otras cuentas que en realidad no se las quiere hacer nadie porque descubren la trampa.
Pensionistas en la actualidad.....        9.000.000 pensiones.
Media aritmética en 25 años......       10.500.000 pensiones.
Media aritmética total pensiones....   120.000.- millones euros.
Total pensiones a pagar 25 años.......        Tres billones de euros.
Datos  que se pueden variar a gusto de quien los quiera repasar.
.
Este sencillo cálculo de lo que representa la deuda comprometida a cuenta de las pensiones con un alcance de veinte o treinta años vista, una deuda pública que está consolidada desde diferentes acuerdos como un derecho que tiene consistencia y vigencia en el plazo largo, a día de hoy, esta es una cuenta que nunca se hace aunque debiera ser muy importante conocer su montante para tomar las decisiones sociales del presente y del futuro y entender lo paco razonable es pesar que en el futuro se pueden mantener proporcionales al trabajo.
 
Producto interior bruto:   100%
Endeudamiento total publico y privado:  285%
Endeudamiento del Estado:             101%
Endeudamiento de las empresas:    119%
Endeudamiento de las familias:        65%
Endeudamiento jubilaciones:          300%
La variación proporcional de estos datos año a año  no cambian.
Imaginemos que el pago de la deuda la pudiéramos amortizar en los próximos veinticinco años. Es fácil de prever que tanto las empresas como el Estado una parte de esta deuda declarada la refinanciaran y al menos la mitad de ella la mantendrán como una deuda fija renovada al infinito y sin lugar a dudas dentro de veinticinco todavía deberán más.
        Siendo así esta realidad, y sabiendo que pagar esta la deuda es lo que nos ha puesto en jaque en los últimos años y ha abierto las fauces de la crisis y con la que nos recuerdan a todos el deber de trabajar más por menos, cómo va a ser posible pagar el resto de las deudas.
       Sin embargo, la deuda que corresponde pagar a la población en estos veinticinco años sin carencia de ninguna clase se tendrá que pagar al cien por cien. Esta deuda de las familias, dentro de veinticinco años aunque sea la misma en volumen será de otras familias. Esta deuda es la deuda por la que la población va a tener que trabajar más y más porque no la va a poder pagar más que con su trabajo y sin ninguna ayuda ni de inflaciones ni devaluaciones.
        Por últimos vemos que también se puede calcular de las pensiones como una deuda que asciende a tres billones de Euros. Significa tres veces el producto interior bruto y más que todas las deudas de todos los ámbitos y que no se va a pagar de otra manera que con el trabajo de la población que cotice para pagarlas en un medio en el que además el valor económico del trabajo: estiman que será más bajo.
         Es la única deuda que se ha de pagar mes a mes y sin posibilidad de retrasarla y sin poder buscar una quita ni una suspensión de pago.
         Puede parecer un tanto extraño pero en realidad es el sistema y los adláteres del sistema, los defensores de que las jubilaciones tal y como están concebidas en la actualidad se mantengan y que incluso si hay que menguarlas que sea lo mínimo posible.
         Dos datos para comprobar que es así.
         ·        Se paguen más o menos siempre se van a pagar desde la renta que le corresponde al factor trabajo.
         De hecho la discusión se da en qué periodos son los necesarios para cotizar que vuelve a ser una pelea entre trabajadores y en todo caso un premio a aquellos que más han trabajado que sin lugar a dudas vuelve a reformar la obligación a trabajar.
         ·        Cuanto más se pague, más trabajo va a ser necesario en el futuro y permanentemente y más escasas van a ser en la práctica
         Puesto que hay veces que se llega a pensar que la pensión la paga el Estado o quien está gobernando en cada momento, la acción comercial de compra venta de votos y voluntades se soporta en gran medida en las pensiones, creo que hay que recordar en este momento que las pensiones las pagan quienes están trabajando.
.
       Yo espero algún día vivir de mi pensión, soy autónomo y cotizo en la base mínima de cotización y espero tener el día que llegue a cobrar una pensión digna que no haga trabajar a nadie más de la cuenta. En los últimos años, he visto cómo de manera muy egoísta, trabajadores autónomos y por cuenta ajena, han subido sus cotizaciones durante los últimos años laborales para mejorar la cuantía de sus pensiones.
       Una actitud miserable:
       Incluso jubilado hay quien piensa en ser y tener más que nadie.
        Nunca pensaron en que su jubilación la tenía que pagar las generaciones venideras: sus hijos y sus nietos.
.
.