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lunes, 27 de abril de 2015

Elogio a la ociosidad de Bertrand Russell. Epílogo.


Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán que dice que: la ociosidad es la madre de todos los vicios. Fui un niño profundamente virtuoso creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar con ardor hasta el momento.
Pero, aunque mi conciencia haya dirigido mis actos, mis opiniones han vivido una revolución: creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo distinto de lo que siempre se ha predicado.
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Antes de presentar mis propios argumentos a favor de la pereza tengo que refutar algunos de los que no puedo aceptar:
-    Cada vez que alguien que ya dispone de lo suficiente para vivir se propone ocuparse en alguna clase de trabajo diario, se le dice, a él o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca a otras personas y que por tanto esta actitud es perversa. Si este argumento fuese válido bastaría con que todos nos mantuviéramos inactivos para tener la boca llena de pan. Lo que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo. Al gastar sus ingresos un hombre pone tanto pan en las bocas de los demás como les quita al ganar.
-    El verdadero malvado desde este punto es el hombre que ahorra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, no genera empleo.
Si invierte sus ahorros, se plantean diferentes casos:
Una de las cosas que con más frecuencia se hace con los ahorros es prestarlos a algún gobierno. En vista del hecho de que el grueso del gasto público de la mayor parte de los gobiernos civilizados consiste en el pago de deudas pasadas o en la preparación de guerras futuras el hombre que presta su dinero a un gobierno se haya en la misma situación que el malvado que alquila asesinos. Resulta evidente que sería mejor que en lugar de ahorrar se gastara el dinero aun cuando lo gastara en bebida o en juego.
Pero el caso es absolutamente distinto cuando los ahorros se invierten en empresas industriales. Cuando tales empresas tienen éxito y producen algo útil, se puede admitir. En nuestros días, sin embargo, nadie negará que la mayoría de las empresas fracasan. Esto significa que una gran cantidad de trabajo humano, que hubiera podido dedicarse a producir algo susceptible de ser disfrutado, se consumió en la fabricación de máquinas, que una vez construidas, permanecen paradas y no beneficiando a nadie. El hombre que invierte sus ahorros en un negocio que quiebra, perjudica a los demás tanto como así mismo. Si se gasta su dinero en dar fiestas a sus amigos, estos se divertirán, al tiempo que se benefician todos aquellos con quien gastó su dinero. Y si se lo gasta en tender rieles para tranvías en un lugar donde los tranvías resultan innecesarios, habrá desviado un gran volumen de trabajo que no dará placer a nadie.
Quien se empobrezca por el fracaso de su inversión, se le considerará víctima de una desgracia inmerecida, tanto que al alegre derrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se le despreciará como persona alocada y frívola.
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Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por su reducción organizada.
¿Qué es el trabajo?
Hay tres clases de trabajo:
- Con el primero se modifica la superficie de la tierra y las materias.
Esta clase de trabajo es desagradable y está mal pagado.
- El segundo consiste en mandar a otros que hagan el anterior.
Este trabajo es agradable y bien pagado y susceptible de extenderse indefinidamente porque no sólo están los que dan órdenes, sino también están los que dan consejos a cerca de que órdenes deben darse.
Para esta clase de trabajo no se requiere el conocimiento de los temas a cerca de los cuales ha de darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar o de escribir,
Es decir, el arte de la propaganda.
- Y también hay una clase de trabajo, que no es trabajo y que sin embargo es más respetado que cualquiera de los trabajos.
Hay hombres que, merced a la propiedad de la tierra, están en condiciones de hacer que otros les paguen por el privilegio de que les consientan existir y trabajar. Estos terratenientes son gente ociosa y su ociosidad solo resulta posible gracias a la laboriosidad de otros.
En efecto, su deseo de cómoda ociosidad es la fuente histórica de todo el evangelio de trabajo.
Lo último que podrían desear es que otros siguieran su ejemplo.
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Desde el comienzo de la civilización hasta la revolución industrial, un hombre podía, producir, trabajando duramente, poco más de lo imprescindible para su propia subsistencia y la de su familia, aun cuando su mujer trabajara al menos tan duramente como el, y sus hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad necesaria para ello. El pequeño excedente sobre lo estrictamente necesario no se dejaba en manos de lo que producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los sacerdotes. En tiempos de hambruna no había excedente pero los guerreros y los sacerdotes, sin embargo seguían reservándose tanto como en otros tiempos, con el resultado de que muchos de los trabajadores morían de hambre.
- Este sistema perduró hasta la URSS de 1917 cuando entonces los miembros del Partido Comunista han heredado este privilegio de los guerreros y los sacerdotes pero todavía perdura en oriente.
- En Inglaterra a pesar de la Revolución Industrial esta situación se mantuvo en plenitud durante las guerras napoleónicas y hasta hace cien años, cuando la nueva clase de los industriales ganó el poder.
- En Norteamérica, el sistema terminó con la revolución, excepto en el sur, donde sobrevivió hasta la Guerra Civil.
Un sistema que duró tanto y que terminó tan recientemente ha dejado, como es natural, una huella profunda en las opiniones y en los pensamientos de los hombres. Buena parte de lo que damos por sentado acerca de la conveniencia del trabajo procede de este sistema, y, al ser preindustrial, no está adaptado al mundo moderno.
La técnica moderna ha hecho posible que el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerrogativa de clases privilegiadas poco numerosas, sino un derecho equitativamente repartido en toda la comunidad.
La moral del trabajo es la moral de los esclavos.
El mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.
Es evidente que en las comunidades primitivas los campesinos, de haber podido decidir, no hubieran entregado el escaso excedente con el que subsistían a los guerreros y a los sacerdotes, era la fuerza lo que les obligaba a producir y a entregar el excedente.
Si no: hubieran producido menos y consumido más.
 Gradualmente, resultó posible inducir a muchos de ellos a aceptar una ética según la cual era su deber trabajar intensamente aunque parte de su trabajo fuera a sostener a otros que permanecían ociosos. Por este medio, la compulsión requerida se fue reduciendo y los gastos del gobierno disminuyeron.
El concepto de deber, en términos históricos, ha sido un medio utilizado por los poseedores del poder para inducir a los demás a vivir para el interés de sus amos más que para su propio interés y se las arreglan para creer que sus intereses son idénticos a los más grandes intereses de la humanidad.
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El tiempo libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, solo el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. El trabajo era valioso, no porque el trabajo en si fuera bueno sino porque el ocio era bueno.
El ocio de los otros.
Con la técnica moderna sería posible distribuir el ocio sin pérdida para la civilización porque ha hecho posible reducir enormemente la cantidad de trabajo requerida para asegurar la vida de todos.
Esto se hizo evidente durante la guerra.
En aquel tiempo todos los hombres de las fuerzas armadas, todos los hombres y las mujeres ocupadas en la fabricación de municiones, todos los hombres y todas las mujeres ocupadas en espiar, en hacer propaganda bélica o en las oficinas del gobierno relacionadas con la guerra, fueron apartados de las ocupaciones productivas. A pesar de ello, el nivel general del bienestar físico entre los asalariados no especializados de las naciones aliadas fue más alto que antes y después. La significación de este hecho fue encubierta por las finanzas: los préstamos hacían aparecer las cosas como si el futuro estuviera alimentando al presente. Pero esto, desde luego, hubiese sido imposible: un hombre no puede comerse una rebanada de pan que todavía no existe. La guerra demostró de modo concluyente que la organización científica de la producción permite mantener las poblaciones modernas en un considerable bienestar con solo una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo entero.
Si la organización, que se había concebido para liberar hombres que lucharan y fabricaran municiones, se hubiera mantenido al finalizar la guerra, y se hubiera reducido a cuatro las horas de trabajo todo hubiera ido bien. Sin embargo, fue restaurado el antiguo caos: aquellos cuyo trabajo se necesitaba se vieron obligados a trabajar muchas horas, y al resto se le dejo morir de hambre por falta de empleo.
¿Por qué?
No es de extrañar que el resultado haya sido desastroso.
Porque el trabajo es un deber y un hombre no debe recibir salarios proporcionados a los que ha producido sino proporcionados a su virtud, definida por su laboriosidad.
Tomemos un ejemplo.

Supongamos que en un momento determinado cierto número de personas trabajan en la manufactura de alfileres. Trabajando ocho horas diarias, hacen tantos alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual el mismo número de personas puede hacer dos veces el número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita duplicar ese número de alfileres y los alfileres son ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno más a un precio inferior. En un mundo sensato todos los implicados en la fabricación de alfileres pasaría a trabajar cuatro horas en lugar de ocho y todo lo demás continuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juzgaría desmoralizador. Los hombres trabajan ocho hora y hay demasiados alfileres; algunos patronos quiebran y la mitad de los hombres anteriormente empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y se quedan sin trabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente ociosos mientras la otra mitad siguen trabajando demasiado. De este modo queda asegurado que el inevitable tiempo libre produzca miseria por todas partes en lugar de ser una fuente de felicidad universal.
La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra a principios del siglo XIX la jornada normal del trabajo de un hombre era de quince horas. Los niños hacían la misma jornada algunas veces, y, por lo general trabajaban doce horas al día. Cuando los entrometidos apuntaron que quizás tal cantidad de horas fuera excesiva, les dijeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a los niños del mal.
Cuando yo era niño, poco después de que los trabajadores urbanos adquirieran el derecho al voto, fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con gran indignación de las clases altas.
Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir:
¿Para que quieren las fiestas los pobres? Deberían trabajar.
Hoy la gente es menos franca, pero este sentimiento sobre los pobres persiste y es la fuente de gran parte de nuestra confusión económica.
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Todo ser humano, necesariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen del trabajo humano. Aceptando, cosa que podemos hacer, que el trabajo es desagradable, resulta injusto que un hombre consuma más de lo que produce. Por supuesto, prestará algún servicio en lugar de producir artículos de consumo, como en el caso de un médico, por ejemplo; pero algo ha de aportar a cambio de su manutención y alojamiento. En esta medida, el deber de trabajar ha de ser admitido; pero solo en esta medida.
No insistiré en el hecho de que, en todas las sociedades modernas, mucha gente elude aun esta mínima cantidad de trabajo; por ejemplo, todos aquellos que heredan dinero y todos aquellos que se casan por dinero. No creo que el hecho de que se consienta a éstos permanecer ociosos sea casi tan perjudicial como el hecho de que se espere de los asalariados que trabajen en exceso o que mueran de hambre.
Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al día, alcanzaría para todos y no habría paro, dando por supuesta cierta muy moderada de organización sensata. Esta idea escandaliza a los ricos por que están convencidos de que el pobre no sabría como emplear tanto tiempo libre.
Los hombres suelen trabajar muchas horas, aun cuando ya estén bien situados, y naturalmente, se indignan ante la idea del tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del inflexible castigo del paro.
En realidad les disgusta el ocio incluso para sus hijos.
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El sabio empleo del tiempo libre, debemos admitirlo, es un producto de la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado muchas horas durante toda su vida se aburrirá si de pronto queda ocioso. Pero sin una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se ve privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no ha razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir tal privación; solo un necio ascetismo, generalmente vicario, nos llevará a seguir insistiendo en trabajar en cantidades excesivas, ahora que ya no es necesario.
En el nuevo credo dominante en el gobierno de la URSS, así como ha mucho muy diferente de la tradicional enseñanza de Occidente, hay algunas cosas que no han cambiado en absoluto. La actitud de las clases gobernantes, que dirigen la propaganda educativa respecto de la dignidad del trabajo, es la misma que las clases gobernantes de todo el mundo han predicado siempre a los llamados “pobres honrados”: laboriosidad, sobriedad, buena voluntad para trabajar muchas horas a cambio de lejanas ventajas y sumisión a la autoridad. Todo reaparece por añadidura: la autoridad y la voluntad del Soberano del Universo.
Ahora un nuevo nombre: materialismo dialéctico.
Durante siglos, los ricos y sus mercenarios han escrito en elogio del trabajo. Han alabado la vida sencilla, han profesado una religión que enseña que es mucho más probable que vayan al cielo los pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacer creer a los trabajadores que hay cierta especial nobleza en modificar la situación de la materia en el espacio, tal y como los hombres trataron de hacer creer a las mujeres que obtendrían cierta especial nobleza de su esclavitud sexual.
En la URSS, todas las enseñanzas acerca de la excelencia del trabajo manual han sido tomadas en serio, con el resultado de que el trabajador manual se ve más honrado que nadie. Se hacen lo que, en esencia, son llamamientos a la resurrección de la fe, pero no con los mismos propósitos: se hacen para asegurar los trabajadores de choque necesarios para tareas especiales. El trabajo manual es el ideal que se propone a los jóvenes, y es la base de toda enseñanza ética.
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En la actualidad, posiblemente todo ello sea para bien.
Un país grande, lleno de recursos naturales, espera el desarrollo, y ha de desarrollarse haciendo uso escaso del crédito. El trabajo duro es necesario y cabe suponer que reportará una gran recompensa.
Pero: ¿Qué sucederá cuando se alcance el punto en el que todo el mundo pueda vivir cómodamente sin trabajar muchas horas?
En occidente tenemos varias maneras de tratar este problema.
- No aspiramos a la justicia económica, de modo que una gran proporción del producto total va a parar a manos de una pequeña minoría de la población, muchos de cuyos componentes no trabajan.
- Por ausencia de todo control centralizado de la producción, fabricamos multitud de cosas que no hacen falta.
- Mantenemos ociosos a un porcentaje de la población trabajadora, y podemos pasar sin su trabajo trabajando en exceso a los demás.
- Cuando estos métodos demuestran ser inadecuados, organizamos una guerra: mandamos a un cierto número de personas a fabricar explosivos y a otro número determinado a hacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramos de descubrir los fuegos artificiales.
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En la URSS, debido a una mayor justicia económica y al control centralizado de la producción, el problema tiene que resolverse de forma distinta. La solución racional seria, tan pronto como se pudieran asegurara las necesidades primarias y las comodidades elementales para todos, reducir las horas de trabajo gradualmente, dejando que una votación popular decidiera, en cada nivel, la preferencia por más ocio o por más bienes. Pero, habiendo enseñado la suprema virtud del trabajo intenso, es difícil ver un paraíso en el que haya mucho tiempo libre y poco trabajo. Parece más probable que encuentren continuamente nuevos proyectos en nombre de los cuales la ociosidad presente haya de sacrificarse a la producción futura.
He leído acerca de un ingenioso plan propuesto por ingenieros rusos para hacer que el mar Blanco y las costas septentrionales de Liberia se calienten construyendo un dique a lo largo del mar de Kara. Un proyecto admirable para los dirigentes de los trabajadores, pero capaz de posponer el bienestar proletario para toda una generación, tiempo durante el cual la nobleza del trabajo sería proclamada en los campos helados y entre las tormentas de nieve del océano Ártico. Esto, si sucede, será el resultado de considerar la virtud del trabajo intenso como un fin en si mismo, más que como un medio para alcanzar un estado de cosas en el cual tal trabajo ya no será necesario. Mover materia de un lado a otro, a veces necesario para nuestra existencia, no es,  uno de los fines de la vida humana.
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Llegamos a conclusiones erróneas en esta cuestión por dos causas:
- Una es: la necesidad de tener contentos a los pobres, que impulsa a los ricos a predicar la dignidad del trabajo durante miles de años, aunque teniendo cuidado de mantenerse ellos indignos en este aspecto.
- Otra es: el nuevo placer del mecanismo que nos hace deleitarnos en los cambios asombrosamente inteligentes que podemos producir en la superficie de la tierra.
Estos motivos no tienen gran atractivo para el que trabaja.
Ningún trabajador dirá si se le pregunta por el hecho de trabajar: “Me agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hombre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre puede trasformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo exige periodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que procede mi contento”.
Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores.
Consideran el trabajo como debe ser considerado, como un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus horas de ocio.
Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían como llenar sus días si solo trabajaran cuatro horas de las veinticuatro del día. En la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; tampoco hubiese sido cierto en ningún periodo anterior. El hombre moderno piensa que todo debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por si mismo.
Las personas serias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero todo el trabajo necesario para construir un cine es respetable, porque es trabajo y porque produce beneficios económicos.
La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico. El carnicero que os provee de carne y el panadero que os provee de pan son merecedores de elogio, porque están ganando dinero; pero cuando vosotros disfrutáis del alimento que ellos os han suministrado no sois más que unos frívolos, a menos que comáis tan solo para obtener energías para vuestro trabajo.
En un sentido amplio, se sostiene que ganar dinero es bueno y gastarlo es malo. Cualquiera que sea el mérito que pueda haber en la producción de bienes, debe derivarse enteramente de la ventaja que se obtenga consumiéndolos. El individuo trabaja por un beneficio, pero el propósito social de su trabajo radica en el consumo de lo que el produce. Este divorcio entre los propósitos individuales y los sociales respecto de la producción es lo que hace que a los hombres les resulte tan difícil pensar con claridad en un mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivo de la industria.
Pensamos mucho en la producción y poco en el consumo.
Damos poca importancia al goce y a la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por el placer que da al consumidor.
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Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo restante de las personas deba malgastarse necesariamente en frivolidades. Quiero decir que cuatro horas de trabajo al día deberían dar derecho a un hombre a los artículos de primera necesidad y a las comodidades elementales en la vida, y que el resto del tiempo debería ser para emplearlo él mismo como creyera conveniente.
Es una parte esencial de cualquier sistema social que la educación vaya más allá del punto que generalmente alcanza en la actualidad, y se proponga, en parte, despertar aficiones que capaciten al hombre para usar con inteligencia su tiempo libre.
Las danzas campesinas han muerto, excepto en remotas regiones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que se las cultivara deben existir todavía en la naturaleza humana. Los placeres de las ciudades urbanas han conseguido ser en su mayoría pasivos: ver películas, presenciar partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente. Ello resulta de que sus energías activas se consumen completamente en el trabajo; si tuvieran más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos y entretenimiento de los que debieran tomar parte activa.
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En el pasado, había una reducida clase ociosa y una más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfrutaba de ventajas que no se fundaban en la justicia social; esto lo hacia necesariamente opresiva, limitaba sus simpatías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus privilegios. Estos hechos disminuían su mérito pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a casi todo lo que llamamos civilización. Cultivo las artes, descubrió las ciencias, escribió los libros, inventó las filosofías y refinó la relaciones sociales. Aun la liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde arriba.
Sin clase ociosa, la humanidad no hubiera salido de la barbarie.
El sistema de una clase ociosa hereditaria sin obligaciones era, sin embargo, extraordinariamente ruinoso. No se había enseñado a ninguno de los miembros de esta clase a ser laborioso, y la clase, en conjunto no era excepcionalmente inteligente. Esta clase podría producir un Darwin, pero contra el habrían de señalarse decenas de millares de hidalgos rurales que jamás pensaron en nada más inteligente que la caza del zorro y el castigo de los cazadores furtivos.
Actualmente, se supone que las universidades, de un modo más sistemático, proporcionan lo que la clase social proporcionaba por accidente y como un subproducto.
Esto representa un gran adelanto, pero tiene ciertos inconvenientes.
- La vida en la universidad es, tan diferente de la vida en el mundo, que las personas que viven en un ambiente académico tienden a desconocer las preocupaciones y los problemas de los hombres y las mujeres corrientes, y sus medios suelen ser tan escasos, que sus opiniones no tienen la influencia que debieran tener sobre la población.
- Otra desventaja es que en las universidades los estudios están organizados, y es probable que el hombre al que se le ocurre alguna idea de investigación original se sienta desanimado. Las instituciones académicas, si bien son útiles, no son los guardianes adecuados de los intereses de la civilización en un mundo donde todos los que quedan fuera de ellas, se despreocupan en atender propósitos no utilitarios.
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En un mundo donde nadie este obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, sin que llegue a importar lo maravillosos que puedan ser sus cuadros.
Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención con chapuzas sensacionales, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y que cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad.
Los hombres que en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto de la economía o de la administración, tendrán el tiempo necesario y serán capaces de desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que a menudo hace aparecer carente de realismo las obras de los economistas universitarios.
 Los médicos tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina. Los maestros no lucharan desesperadamente por enseñar con métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede haber sido ya demostrada.
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El trabajo exigido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no para producir agotamiento. Puesto que los hombres no estarán cansados en su tiempo libre, no querrán solo distracciones pasivas e insípidas. Es probable que al menos un uno por ciento dedique el tiempo que le consuma su trabajo profesional a tareas de algún interés público, y, puesto que no dependerá de tales tareas para ganarse la vida, su originalidad no se verá estorbada y no habrá necesidad de conformarse a la normas establecidas por los viejos eruditos.
Pero no solo en estos casos se manifestaran las ventajas del ocio:
- Los hombres y las mujeres corrientes, al tener oportunidad de una vida feliz, llegarán a ser más bondadosos y menos inoportunos, y menos inclinados a mirar a los demás con suspicacias.
- La afición a la guerra desaparecerá en parte por la razón que antecede y en parte porque supone un largo y duro trabajo para todos.
- El buen carácter es, de todas las cualidades morales la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad no de una vida de ardua lucha.
Los modelos de producción más modernos nos han dado la posibilidad de paz y de seguridad para todos los hombres y hemos elegido: el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros.
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martes, 21 de abril de 2015

Esta obra.


Yo no he descubierto ni he propuesto nada nuevo.
Estoy acabando este último capítulo y todavía no sé bien de qué estoy tratando en esta obra porque lo cierto es que nunca me ha gustado hablar de trabajo, porque siempre he procurado no trabajar, aunque me haya pasado la vida trabajando. Lo que tenemos que hacer después de haber leído y reflexionado lo que corresponde a esta obra debe ser un acto de contrición y de arrepentimiento sin tener ninguna especie de atrición por no haber irritado a dios y no haber sorteado su maldición. De esto tratan estas páginas: no trabajar de la manera en lo hacemos alimentado un sistema que santifica a dios y nos devora como personas.
Han sido muchos los autores que a lo largo de la historia han tratado del trabajo y de la irracionalidad del trabajo tal y como se concibe en esta civilización. Soñadores que también demostraron cómo desde esta organización social que asentaba su devenir en cien creencias falsas trancadas en la tradición, y en la que las inteligencias que la dirigen, que saben de su falsedad sin rubor las dan por verdaderas. Inteligencias que no es que quieran mentir al pueblo sino que no les importa que vivan engañados y si entre medio sacan provecho para qué decir verdad.
También esos autores clásicos podían imaginar y concebir otras civilizaciones diferentes pero sabían que era harto difícil implantarlas. Habían de cambiar muchas conciencias de muchas gentes que estaban tan acostumbradas a vivir en medio de la mentira y: ni unas a unas, ni todas a la vez, iban a poder enfrentarse con la verdad.
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En el año 1516 Tomás Moro ya demostraba la estupidez de las sociedades modernas de entonces haciendo tanto trabajo inútil. Esa es una de las características, entre otras muchas, que hacen que su UTOPIA tenga todavía rigor pasado tanto tiempo. El canciller tras una reflexiones sobre los estados y las sociedades de aquella época, que luego muy pocos pensadores han tenido valor para repetirlas, diseña una sociedad en la que el trabajo es la base fundamental pero desde la concepción de un trabajo estrictamente necesario y compartido. Sociedades aquellas, que como en las actuales: campesinos, artesanos y siervos, vivían a merced de la nobleza y de los mercaderes que sometían a la población a una miseria crónica. Aquellos poderes feudales también las condenaban a un trabajo para el que ka población tenía que hacer tanto esfuerzo como fuera posible mientras tuviera fuerzas en el cuerpo.
No ha cambiado tanto desde entonces y han pasado cinco siglos.
Un extracto de esta obra aparece al inicio a modo de preámbulo.
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También en el año 1932 decía Bertrand Rusell en su ELOGIO DE LA OCIOSIDAD y volvía a reincidir en la necesidad para la sociedad de trabajar menos y hacer más por la felicidad de la humanidad y por la satisfacción de los ciudadanos. En este pequeño texto cuyo extracto servirá de epigrama a esta obra se aboga porque sea en la propia sociedad y desde el ocio individual la mejor manera de socializar las relaciones humanas. Aquella crítica escrita hace ochenta y tantos años está todavía en vigor aun cuando el mundo navegaba en medio de infinidad de conflictos: sociales, políticos,  económico y bélicos, que luego se dilucidaron en una serie de guerras y revoluciones que enfrentaron a dos visiones de mundo diferentes que el filósofo dibujó.
En realidad ha sido la base de esta obra que ya voy acabando.
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Entre medio de estos dos autores y en la actualidad han sido muchos los escritores que también han procurado en sus obras por el camino de trabajar menos y por romper la cadena que obliga a cantidades ingentes de personas a tener que trabajar más de lo necesario sin que además sean capaces de satisfacer las necesidades primarias de una parte importante de la humanidad. Algunos autores he leído en su momento y a ninguno de ellos he repasado para escribir estas páginas porque para escribirlas es creído más oportuno leer y repasar la realidad que nos rodea. Aunque lo he intentado en estas páginas es difícil de llegar a explicar las causas por las que estas propuestas tan positivas y necesarias para la población no hayan calado y que no se hayan desmantelado las fuerzas de los que animan y obligan al trabajo. Yo creo que la falta de productividad en el quehacer diario viene dada en gran medida y es consecuencia del hábito de entender el trabajo como e vender horas de vidas en la que hay que estar sudando en el tajo aunque no se haga nada. Es consecuencia del propio sistema que redunda en que hay que trabajar y trabajar mucho aunque nadie sepa para qué.
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Antes de acabar quiero dejar una advertencia para quien acabe la lectura de estas cavilaciones mías, que he procurado que a nadie se le hagan pesadas pese a la dificultad y lo escabroso de la cuestiones con las que se pelean, y en esta últimas líneas trataré de exponer con sencillez, pero sin complejos ni falsas imágenes destinadas a quedar bien con nadie: el entorno económico en el que nos movemos, la realidad de la escasez en la que naufragamos y una propuesta alternativa clara y contundente y estas tres advertencias.
·         Se puede caer en la tentación de pensar que: una obra de este tipo, en la que se hacen apuestas y propuestas que se salen de lo que se entiende políticamente viable y correcto, no tienen implementación en estos tiempos en los que hay que producir riquezas para salir de pobres.
·         Se puede pensar que unas páginas que no pueden tener más virtud que la de ser deseos infantiles, no son dignas de ser una hoja de ruta que pudiera servir para asentar un cambio social y que para ese cambio es preciso un proceso mayoritario y revolucionario.
·         Se puede concluir que esta serie de reflexiones en las que se hacen propuestas utópicas, deseos comunes idealizados, y lugares inaccesibles por los que nunca se ha practicado, es imposible que se hagan realidad y que se puedan llevar a la práctica de una forma masiva.
Se concluiría en un grave error porque esta obra no pretende un cambio de sistema a corto plazo solamente se conforma con cambiar alguna conciencia que vaya abriendo un camino que ya es inexorable.
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Vivimos en una democracia en la que dicen que gobiernan las mayorías. No es cierto las mayoría que se conforman son minoría de la población incluso cuando dicen que tiene mayoría absoluta lo cierto es que su votos de estas mayoría representan solamente una cuarta parte de la población. Bien y estas mayoría son las que gobiernan arrasando con todo y haciendo cosas que ni ellos mismo harían. Y lo peor es que no respetan las minorías aunque las minorías sigan su andar. Una propuesta de este tipo es imposible que se implante con forma de ley de ningún gobierno pero creo que una parte de la población ya la estamos practicando y no es necesaria ninguna ley para que poco a poco la practiquemos una mayoría que en este caso no será absoluta pero que espero que sea silenciosa y que procure vida propia a las personas.
 
El sistema no se derrumbará con una huelga general que gane un pulso político y revolucionario al límite de las posibilidades sociales y humanas, seguro, pero sin embargo creo que si esta forma de entender la vida y la actividad económica que puede llegar a representar no trabajar más que lo necesario para vivir, se propaga poco a poco, es la manera en la que el sistema llegará a perder sentido y perderá fuerza poco a poco.
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La crisis está demostrando de modo concluyente que la organización más autosuficiente las poblaciones modernas aun con recursos muy limitados en un considerable bienestar con solo una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo entero. Si la salida de la crisis se hubiera buscado reduciendo a cuatro las horas de trabajo y organizado para que los servicios básicos de atención mutua entre la población que no consumen otros factores que la mano de obra todo hubiera ido bien. Y sin embargo la prueba más cruenta de la crisis es que muchos jóvenes que se buscan la vida durante algunos meses picando de aquí y de allá para no tener que sacar dinero de su bolsillo, saben cual es su papel y su situación y nada pueden hacer por remediarla.
·   ¿Tienen ellos la obligación de trabajar para pagar la pensión y asistir a sus abuelos...?
·   ¿Para la prejubilación de sus padres es necesario que ellos aporte a la actividad económica su trabajo...?
O lo que es peor que emigren y se vaya a cotizar otras jubilaciones.
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En esta últimas líneas quiero dejar quiero dejar tres ideas básicas y radicales que me parecen importantes a dar por buenas y retener  en nuestra manera de pensar y actuar.
·   Quien impone un trabajo extra es el mayor enemigo de los trabajadores y de la dignidad del trabajo y hoy todo el sistema se basa, en que unos trabajadores imponen un trabajo extra al resto.
·   Debiera estar prohibido que un hombre pudiera contratar para trabajar a otro hombre: comprar trozos de vida para que haga ese trabajo que le corresponde solamente a él. Esta situación es un estado de la esclavitud que todavía se permite porque todavía no se ha abolido.
·   Diseñar una sociedad en la que se facilite que a quien tenga dinero no le sirva para comprar la vida de los hombres.
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viernes, 27 de febrero de 2015

El ocio

Hemos visto en los inicios de esta obra que en esta civilización judeo-cristiana que determina nuestras vidas y conciencias nos ha condenado a una parte importante de la humanidad, a trabajar con la excusa de redimir un pecado y también en las civilizaciones orientales el trabajo se entiendo como una manera de realizarse las personas.
Enfrentarse al sistema y en menoscabo de esta civilización cuyo uno de sus puntales básicos es el trabajo es imprescindible que además del tiempo de descanso se conquiste un tiempo de ocio para que en ese tiempo en el que no se tiene nada más que hacer que lo que dicte la propia voluntad.
El trabajo es valioso porque puede satisfacer nuestras obligaciones de subsistencia y nuestras necesidades materiales y  no porque el trabajo sea bueno en sí mismo y mucho menos significando el cumplimiento de una condena que se ha interiorizados en nuestras conciencias si no que con la organización racional del trabajo sería posible generar tiempo de ocio sin perjuicio del buen desarrollo económico con el que poder cumplir con las obligaciones y necesidades humanas.
El ocio de todos, no el ocio de unos pocos.
El tiempo de ocio es esencial para las personas.
    Cultivar el ocio es el futuro de la humanidad.
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De la calidad del ocio que se cultive dependerá la calidad del futuro.
En la medida en que estas afirmaciones son ciertas en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización que desde la educación medrosa que se cultiva en las familias, desde la educación sometida de la escuelas, desde la transmisión de las necesidades en fomento del consumo que impone el sistema económico, no se potencie el tiempo de ocio como un derecho por las posibilidades que ofrece a las persona reforzar sus capacidades y competencias desde los gustos que potencian su actividad y que generan sus ilusiones y esperanzas vitales.
El tiempo de ocio es aquel que utilizan las personas para dedicarlas a sí mismas principalmente a cultivar su propia identidad y eficacia, en su provecho y en de su entorno familiar o social sin pensar en su rentabilidad. Ese tiempo indeterminado en el que tenemos fuerzas y voluntad para hacer y podemos hacer lo que nos dé la gana aunque no sirva para nada más que nuestra satisfacción personal.
Casi siempre se confunde los tiempos de ocio y los de descanso.
Para no equivocar este mensaje alternativo no podemos entender el tiempo de ocio como aquellos espacios temporales normalizados que tenemos en la actividad laboral para descansar y expansionarnos: unas horas tras la jornada laboral, periodos diarios semanales o unas semanas para vacaciones al cabo de cada año. Tiempos que no dejan de ser espacios con los que cubrir las necesidades de descanso y al que habríamos de llamar de tiempo libre.
El tiempo libre y de descanso, en estos tiempos es más amplio que lo que ha sido nunca en la historia donde resultaba escandalosa la idea de que los trabajadores pudieran disponer de tiempo en el que holgar. Trabajar y solo trabajar, salvo por las inclemencias y las estaciones, se traducía de una visión de la vida humana que ha acarreado durante siglos, que desde la infancia para todas las personas sanas la jornada normal de trabajo fuera de sol a sol. No obstante, en la actualidad el tiempo libre y de descanso es muchas veces es tan escaso y tan intempestivo que no permite un tiempo de ocio: salvo de una forma un tanto compulsiva y exenta de racionalidad. El sistema ha confundido en su beneficio los tiempos de ocio y los de descanso  de tal manera que tratando de introducir el ocio en el descanso, el ocio ya no tiene capacidad de ser activo. En esta confusión ha procurado nada más que un banal entretenimiento o un estrés que sustituyen al descanso. Esta confusión de unos tiempos con otros supone que se han convertido en un nuevo nicho mercado que sirve al sistema económico y social,  capaz de crear nuevos trabajos ficticios y que además en último extremo vuelve a ser una nueva forma de control social y de pastoreo.
En esa educación en la que han de trabajar tanto para que mañana tengan trabajo tampoco le deja a la infancia mucho tiempo de ocio que también se torna en obligación. Es bastante extraño, que mientras los padres desean una educación para sus hijos que ha de servir para encontrar trabajo de mayores hacen que de niños trabajen tanto que no les dejan tiempo para civilizarse. De todos los padres se ha llegado a conseguir que en realidad les disguste el ocio incluso para sus hijos y han convertido el tiempo de ocio de la infancia en tiempo de trabajo y de obligación. Incluso si en el divertimento en la ocupación del tiempo libre en la relación con sus compañeros en sus recreos el niño juega al fútbol automáticamente los padres inician la ensoñación según la cual el niño acabara ganándose la vida de futbolista.
De  los jóvenes que tienen aficiones personales que no sirven para ganarse la vida en el día de mañana pensamos que están perdiendo el tiempo y si bien los hemos criado entre algodones la realidad es que los hemos dejado indefensos y sin recursos ante una sociedad futura de ocio activo y constructivo que además le aboca a la apatía y la decadencia. Jóvenes a los que les hacemos representar el papel de que sea los aprendices de lo que nosotros no aprendimos y de que adquieran las experiencias que a nosotros no nos han servido para nada, si acaso para hacernos peores personas. Esta realidad la podemos constatar, pero históricamente: al hombre se le ha educado y se le ha inducido a que aproveche su tiempo para que el día de mañana saque algo de provecho.
Tampoco a los jóvenes les permitimos que trabajen su ocio.
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     La población que trabaja está muy concienciada de que ha de dedicar una parte importante de su vida a trabajar para comer y que además si puede trabajar un poco más mejor comerá e incluso podrá ahorrar. También una parte importante tiene asumido que un tiempo de ocio para sí misma no se lo puede permitir y disfrutar, más si cabe: cuando en realidad tiene que trabajar.
Todos es un producto de la civilización y de la educación.
Cada vez que pretendo explicar que las personas hemos de disfrutar de más tiempo de ocio todas me dicen que estos tiempos no son como los de antes y que la gente se entretiene con cualquier cosa y que cuanto menos esfuerzo le requiera el entretenimiento más le satisface. Para contrarrestar mis ideas me argumentan que si no fuera más que por la estricta necesidad nadie querría trabajar, y que mejor que trabaje, que si no la gran mayoría se convertirían en seres amorfos a los que además no quedaría más remedio que dignificamos en su decadencia. Dicen que nadie hará el esfuerzo de tener un ocio que construya su persona.
No estoy de acuerdo nadie se niega a hacer lo que le desea hacer.
Desde niños nos educan en el ocio pasivo y el entorno cultural y social fomenta los divertimentos basados en las fiestas populares de contenido absurdo cuya única calidad es que son tradicionales y gratuitas y en los espectáculos de masas: deportivos y festivos con los que tratamos de suplantar la sensaciones de satisfacción que tiene la sociedad de la realidad del bienestar social existente.
El sistema entiende que ha de tener el ocio en su oferta social y cierra el círculo para satisfacer las necesidades sociales. Para ello produce un ocio con el que poder ocupar los tiempos de descanso y esparcimiento en grandes cantidades y a muy bajo coste sobre todo de manos de la televisión, el futbol y los grandes acontecimientos que hace que la población receptora indiferente disfrute del ocio de una manera pasiva pero que en el fondo las insensibiliza y embrutece y si acaso le mueve: aquellos sentimientos aquellas pasiones que al mismo tiempo el sistema les ha promovido.
Sin una cantidad considerable de tiempo de ocio, entendido como ese tiempo que cada persona se dedica a sí misma, el género humano se ve privado de muchas de las mejores cosas que le proporciona la vida: alimentar su propia existencia. Ya no hay razón para que el grueso de la gente haya de tener rescindido esos tiempos propios por causa de un trabajo que exige muchos trozos de vida y de descanso.
Ahora que ya no es necesario, solamente una profunda estulticia social, nos llevará a seguir insistiendo en trabajar más de lo necesario para vivir y atendernos unas personas a las otras y entre todas mantener en entorno en el que vivimos. Resultará definitivamente estúpido si en el mundo en el que vivimos con el futuro que nos espera y se presiente, en el que los planteamientos del trabajo que se tienen: no se sostienen, que no se contrapongan los tiempos de ocio a los tiempos de trabajo.
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 La falta de tiempos de ocio nos ha idiotizado en la medida en la que no participamos en los asuntos del común en los aconteceres políticos. Es la principal consecuencia que ha tenido la escasez del tiempo de tiempo para participar en la organización social, y en nuestra ausencia, nos han convencido de que tenemos tanto que trabajar y descansar que que no nos queda un rato para preguntar ¿a qué viene tanto trabajo...?
 La forma más rebelde de desactivar el trabajo y activar los espacios de ocio es dedicarse permanentemente a labores altruistas en nuestro entorno sin más interés que la satisfacción personal y la de crear medios y ambientes más humanos a nuestro alcance.
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lunes, 16 de febrero de 2015

Nuevas posibilidades humanas.


Es difícil entender y resulta un tanto sospechoso cómo los gobiernos y los planificadores económicos y sociales no pueden idear y construir un paraíso terrenal en el que se recreen las sociedades y que haya más tiempo libre en lugar de pretender tanto trabajo y tanto trabajar.
El sistema insiste en concienciar a los entornos económicos actuales en los que cada vez hay menos trabajo en la necesidad del trabajo intenso y mal pagado para que la sociedad puedan mantener un bienestar mínimo.
Creo que debemos considerar el trabajo como un medio necesario para ganarse el sustento, y si no acarrea felicidad, sí que al menos no se transforme en una esclavitud sostenida en el tiempo que nos atrapa hasta el punto en el que nos impide desarrollarnos como personas.
No se trata de que todas las personas tengan derecho al trabajo, ni con repartir el trabajo que hay en la actualidad entre todos, sino en hacer las cosas de tal manera que trabajado poco y suprimiendo las tareas socialmente inútiles nos podamos satisfacer las necesidades entre todos.
Se abre la posibilidad de un cambio de la conciencia social.
Es difícil dibujar alternativas desde una concepción social y económica en las que la idea y la necesidad de tener actividad sea una cuestión de dignidad y humanidad. Es constatable que solamente son aceptadas aquellas actividades económicas todas las demás no valen nada y por lo tanto más vale no hacer nada si no lo pagan.
Dicho de otra manera nada vale si no se paga por ello.
En apariencia todo trabajo tiene un precio y en realidad en las sociedades la mayor parte del trabajo se hace gratis… y sin embargo, esa pequeña parte del trabajo que se paga y que lo cobran unos pocos, un trabajo que roba humanidad a las personas, en muy buena medida no nos sirve humanamente para nada.

Para sentar las bases a nuevas realidades sociales que se pueden crear y asentar desde otra concepción del trabajo lejos de lo que significa la maldición divina, sería necesario propagar la idea elemental que se resume en: trabajar más y sobre todo trabajar más para otra persona por dinero, es poner precio a los trozos de la vida de cada cual.
Aunque hoy vivimos en un entorno de exceso de trabajo para unos y de inanición para otros, esta posibilidad de cambio en la realidad humana aunque se entienda y se acepte, sin embargo en la realidad cotidiana no se afronta en consecuencia, ni social ni económicamente.
 
Los modelos de producción más modernos nos han dado la pericia de producir todo lo que requerimos para vivir sin necesidad de tensar las relaciones humanas hasta los límites inhumanos en los que la dinámica del sistema nos ha llevado. La humanidad se ha dejado arrastra por una espiral imparable cuyo centro es el trabajo. Nuestra propia necedad ha loado este sistema basado en tener a la gente ocupada y agarrada a un clavo ardiendo, y que nos ha llevado a rebuscar trabajo hasta el punto de que aunque fuera innecesario su producto diera quehacer y se pudiera poner en valor aunque en realidad no tuviera valor alguno.
No hay razón para seguir siendo necios para siempre.
La realidad es que: la necesidad de tener trabajo para que todas las personas seamos una pieza del engranaje y ninguna estemos sin la presión a cuenta del trabajo correspondiente, aunque hayamos de estar almacenadas, no admitiendo con esa manera de entender el trabajo que gratuitamente nos entretengamos en hacer hago que sea un bien social de provecho y sin costes ni impuestos y que nos haga felices un rato, cierra todas las posibilidades de entender el trabajo de una forma en la que no cabe la idea de hacerse rico.
En anteriores páginas, como un acercamiento a la idea de que el trabajo que fuera necesario razonablemente para atender las necesidades sociales fuera racionado de manera provisional he propuesto que todas las personas que quieran trabajar tengan derecho a trabajar al menos cuatro horas independientemente de que cada cual luego trabaje las que quiera aunque sea con la intención de hacerse ricas.
No obstante la necedad impone sus propias resistencias.
En este convicciones humanas que se basan en salvaguardar los intereses particulares antes que los ajenos y generales es muy fácil comprender que con un cambio social de estas características saldríamos todos beneficiados. Hay muchas personas que se van a ver perjudicadas y que aunque estuvieran de acuerdo con esta filosofía de vida y de trabajo, con el temor a ver tiempo mejores aunque desconocidos, viven en la actualidad tan bien, que preferirían que no se llevarán a cabo ninguna reforma, para por si acaso, sin ser capaces de reconocer que ellos viven muy bien a cambio de que otras personas vivan tan mal.
 
También hay otra realidad que tiene atrapadas a muchas personas, que aunque fueran partidarias de abrir todas las posibilidades que se pueden aceptar en el mundo de trabajo entendido de esta manera, sin embargo no pueden bajarse del sistema de trabajar y trabajar. Han de llegar a cumplir con los compromisos adquiridos cuando hace unos años el sistema tendió una tela de araña con la que nos las prometía felices.
El otro día un amigo me decía:
Haberme endeudado ha sido una trampa en la que caí sin darme cuenta y ante la que para nada me sirvieron mis estudios. Me creé la ilusión de que podía tener mi propia casa, lo vi sencillo porque todo eran facilidades y además me atreví; no con la casa que necesitas hoy, sino la que me gustaría tener mañana, y aunque la pueda pagar como es mi caso, la verdad es que pagarla no me deja ni un ápice de libertad, para toda la vida tengo la obligación de llevar un tren de trabajo que cada día que pasa me cuesta más… y seguramente que necesito tiempo pero mucho más necesito dinero.
Es uno de los contextos que hacen más difícil revertir el sistema.
 
Podría poner más ejemplos de las posibilidades que se pueden abrir a las realización humana si no viéramos el trabajo como un fin con el que dicen se asegura la dignidad humana. Si entendiéramos el trabajo como una herramienta con la que procurar la felicidad y de realizar todo aquello que procure felicidad y nada más que felicidad y que se ha de manejar y controlar en beneficio de todas las personas por igual.
Pero sin embargo nadie mide la felicidad de las sociedades.
Tampoco hay máquinas con las que medir el dolor del alma.
Y hay  trabajos que sólo acarrean dolor sin una gota de felicidad.
Desde los estados de opinión en los que vivimos es muy fácil llegar a entender que se prohíba la producción de droga porque llevan años concienciando a la sociedad y en buena parte lo ha conseguido mostrando los perjuicios humanos y sociales hasta el punto de aceptar una prohibición de este tipo y perseguirla con leyes y policías. Y aunque en este momento no sería capaz de decir cuál de las dos producciones son más perniciosas para la humanidad, sin embargo, nunca se entendería en el concierto económico que se prohibiera la producción de armas. La sociedad, que crece entre guerras, se ha creído el mito de que para que haya paz es necesario estar preparados para la guerra y ese argumento sirve para justificar la fabricación de armas que en último lugar se utilizan a discreción en las guerras. Recuerdo hace unos años lo recompensados que estaban en mi pueblo cuando les prometieron desde el gobierno que en el polígono industrial que habían llevado, les iban a poner una fábrica de cañones que iba a generar cientos de puestos de trabajo. Para amainar las protestas aseguraban que los cañones no tenían alma para que fueran empleos de paz. Yo creo que para que no haya guerra no hay mejor manera que no haya armas, ni organizaciones para manejarlas, ni estructuras en las que se puedan planificar y ninguno de los trabajos que genera, pero esta creencia no viene al caso puesto que: los ejércitos y las guerras: para destruir y para reconstruir, también son grandes creadores de trabajo: indeseable, innecesario y destructivo.
Por esta razón social puede ser que los estados declaren las guerras y para quienes están obligados a trabajar y necesitan trabajar nunca pensarán que se pudiera abolir una actividad capaz de generar tanto trabajo aunque acarreen las peores desgracias.
Buceando en otra posibilidad, podría decir sin sacar los pies del tiesto que con los dineros que se gasta la sociedad en: cárceles y guardias para esas cárceles, podían vivir dignamente los carceleros y los presos y acabar tanta necedad y con tanto sufrimiento. Hay casi tanta gente en la función carcelera como personas presas entre muros y rejas. Parece mentira que las unas sin tener que ir  a trabajar  a tan infausto oficio y las otras si necesidad de delinquir para subsistir, que sin duda es la causa por la que mayormente está la gente encerrada entre los muros de las prisiones y todavía sobrarían recursos para mostrar a la sociedad la ineficiencia del este castigo.
 
Hemos de poner a las persona en un plano general para que las que no tengan trabajo lo puedan tener, y para que quienes lo tengan puedan disponer de más horas de sus vidas para utilizarlas como quiera y para que si alguien no quiere o no puede trabajar no trabaje. Hemos de sentar las bases de lo que ha de ser la abolición del trabajo como el modo de ganarse el pan con el sudor de la frente. Que el pan lo hagamos entre todas las personas con capacidades para hacerlo y lo compartamos.
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