domingo, 31 de agosto de 2014

Sectores de producción inútiles.

       En el mes de julio del año 1978 estaba cumpliendo con el servicio militar en el Centro de Instrucción de Reclutas en la localidad Marines en la provincia de Valencia. Uno de los días en los que dejaba las armas porque me tocaba servicio, me destinaron a asistencia de obras y me hicieron presentarme en un taller tipo herrería. Por algún lugar había quedado mi condición de herrero. Me presenté y me encomendaron un pequeño trabajo: allí había una mesa de formica a la que había que soldar una de las patas que se le había roto de algún golpe. Tenía que arreglarla para que volviera a ser de utilidad. Puse la mesa tripa arriba, encajé la pata en su sitio y le eché un punto de soldadura. Me levanté para comprobar que estaba alineada con las otras tres y terminar de soldarla, cuando alguien vino por detrás y le dio un pequeño golpe y la volvió a arrancar de su sitio y la pata cayó al suelo:
       Escucha chaval ¿a ver qué haces…? porque con la mesa tienes que tener para todo el día… ¡Vamos, hala, ven a almorzar con nosotros….!
       Al parecer, aprender hacer la guerra para que no haya guerras era eso: ejercitarse en ver pasar el tiempo vivir del cuento y si a alguien le parece mal entonces montamos una guerra de verdad para entretenernos. Teníamos de General de la región militar a Millán del Bosch y Ussia.
Como hemos podido comprobar en capítulos anteriores hay trabajos, profesiones inútiles, labores y tareas que no sirven socialmente para nada aunque su necesidad se haya creado hasta dar la apariencia de que son oficios naturales que se han cultivado a lo largo de la historia.
       Algunos de estos sectores incluso han construido la historia.
       Es fácil llegar a hacer una lista de sectores de producción inútiles. Una relación con la que casi todas las almas que tratan de pensar en el bienestar social estarían de acuerdo y que cuando se recitan, siempre hay una voz que a falta de argumentos acusa ese sentir de demagogia.
       Fabricación de armas.
       Producción de drogas.
       Redes de extorsión.
       La tauromaquia.
      Todos estos sectores aportan millones de empleos.
      Pero no son sectores baladís aunque sean algunos de los que no voy a argumentar en contra en estas páginas puesto que ellos mismos se califican y descalifican a quienes los defienden.
Voy a tratar de hacerlo más difícil y voy a poner un ejemplo de una producción absolutamente inútil: la producción de vino
       Un sector de la agricultura que forma parte de la conciencia y la cultura del mundo occidental, no cabe duda de: porqué ya se hacía apología de esta droga en la novela sagrada. Una tradición que lleva un virus que desgracia familias sin que parezca importar y que tiene una gran afición y predicamento entre la población en general.
        Es una provocación trazar la raya de su inutilidad.
        No quiero entrar al aspecto que tiene el vino de droga legal pero que desgracia a un porcentaje importante de la población causando y alimentando la enfermedad crónica del alcoholismo.
        Vamos a ver cuánto trabajo evitaríamos si no tuviéramos esa necesidad tan trivial y estúpida de tener una botella de vino en la mesa haciendo una relación somera de trabajo que conlleva:
      -  Preparar la tierra cada año para la primavera.
      -  Mientras fluye la savia en su interior, mantener la viña limpia de hierbas parásitas y de las plagas que cada año la amenazan y lejos del campo de cultivo preparar químicos para ayudar en estas tareas.
      -  Recoger la cosecha en su punto de madurez justo, en cuatro días, en un esfuerzo humano explosivo.
      -  Podar las parras para que en la primavera vuelvan a brotar.
      -  La construcción de bodegas con las que recepcionar las uvas y con las que procesar su zumo. Bodegas que en las últimas décadas tienen el coste de los palacios y mantenerlas abiertas todo el año.
      -  Pero el vino en las bodegas se guardan en toneles y los toneleros también utilizan cantidades ingentes de trabajo desde que la madera está en el bosque y los aros de hierro en la mina hasta que llegan los toneles a la bodega.
      -  Y el vino hay que traspasarlo a las botellas y a los botelleros se les adjudica de nuevo una parte importante de trabajo con el vidrio y el corcho y el papel de la etiqueta y el reciclaje que se requiere del envase de vidrio tras ser consumido.
      -  La red de vendedores de vino es tan tupida y extensa que el número de horas de trabajo que se ahorraría la sociedad con ese trasiego de comprar y vender es incalculable.
      -  Y si nos detenemos a pensar en la vinoterapia. ¿Cómo se puede ofrecer un trabajo que satisfaga las necesidades humanas con semejante mamarrachada…?
       Con este trabajo inútil a todas luces se puede llegar a que: por una botella de vino que se puede beber en cuatro tragos haya quien  pague más que lo que se paga por el trabajo de una persona de un mes y hasta de un año. Así se mide lo fatal de la estupidez humana.
        Por qué no serán ilegales actos como éste.
        Como este sector hay muchos sectores normalmente inútiles.
En los últimos años, se han creado sectores inútiles de principio a fin con las miles de ideas o ilusiones que ha tenido la gente en general y la emprendedora en particular. Sociedad y personas que han sido animadas por muchas de las circunstancias y anhelos que ya se han referido en esta obra, con la vana excusa de buscarse la vida y crear empleo, pero con la idea final de alimentar el sistema y que cada uno de los factores que intervienen en la economía puedan tener sus emolumentos. Se da la paradoja de que pasado poco tiempo casi todas estas ideas peregrinas han ido a parar, no a beneficio de inventario sino a cantidades ingentes de trabajo inerme convertido en basura.
      Incluso para ir al Himalaya se montan empresas y con ello se pretende crear puestos de trabajo y generar riqueza con la que subsistir todo. Vaya trola. Esta ilusión en origen no deja de ser otro invento para vivir, aunque en destino, sí que pueda ser un trabajo válido que les merezca la pena a los receptores del turismo.
      Alguien me podría explicar para qué sirve visitar Marte.
El propio Estado es el que más sectores y profesiones inútiles genera para procurar su propia pervivencia y justificar su necesidad ante la población. Podría contar muchos casos pero solamente me referiré a lo que llamo la red de recaudación de eficiencia municipal.
        Se realiza a la par que se hace el servicio de vigilancia.
        La otra noche volvía de trabajar a casa cuando eran las once y media de la noche. En la zona donde vivo a esas horas es casi imposible aparcar pero casualmente, así como esperándome, veo un hueco en el que cabe muy bien el coche y que lo puedo aparcar sin necesidad siquiera de hacer maniobra. Aparco. Cuando la mañana siguiente salgo a trabajar era poco antes de las nueve y veo que en el limpia parabrisas del coche tengo un papel amarillo en el que no dudo de que me anuncia de una denuncia. Pues bien, según dice en la papelina, a las dos menos diez de la madrugada había pasado por allí delante un policía municipal y me había denunciado por aparcar en un espacio dedicado al aparcamiento de motos.
        Doscientos euros.
        Yo a lo mío: a pensar y darle al bolo que esto es la vida.
        Nunca me había dado cuenta de que allí en ese espacio estuviera dedicado a que las motos pudieran aparcar, casi podría asegurar que nunca he visto allí una moto aparcada.
       Pero no obstante:
       ¿A esas horas de la noche qué perjuicio podía hacer mi coche aparcado en ese sitio…? ¿Es posible que haya una labor municipal que se desarrolle a las dos de la madrugada buscando coches mal aparcados en un espacio en el que a ciertas horas es casi imposible aparcar y que además tan grave error sea castigado con doscientos euros…?
       Así, es necesario trabajar tanto para que coman tantos
Si a alguien se le ocurre quemar un billete de cien euros para ver cómo arde y sentir una experiencia casi religiosa como puede ser sentirse rico por un instante, está cometiendo un delito.
       Si el Estado representado en la comisión de fiestas quema fuegos artificiales para colmar la estupidez de sus fieles:
        ¡Ay qué bonito…!
        ¡Aunque sean miles de euros…! pero como han creado empleo… 
       Estas son necesidades que nadie sentimos pero que hay alguien que se empeña en que sí que nos gustan, y que estamos esperando todo el año las noches de estas fiestas para ver los fuegos artificiales.
       Un sin parar de sectores que mejor si volaran y no dieran trabajo.
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miércoles, 13 de agosto de 2014

La formación para el trabajo

Desde que estoy trabajando en este tema en el que analizo la sacralización que nos crea el entorno para que nos sintamos en la obligación de trabajar mucho más que lo que necesitamos, en mis cavilaciones para conocer cómo en el ambiente social, las mentes que dirigen las sociedad de forma subliminal ponen a punto las herramientas que luego utilizamos los humanos para hacernos daño los unos a los otros con todas las circunstancias que rodean al trabajo, avaladas en mis observaciones de cómo se suceden unas a otras las consignas sobre el trabajo su necesidad y obligación, en mis pesquisas para adivinar cómo han de alimentarse unas a otras para que no se interrumpan en un infernal relevo, la otra tarde, en la parada de autobús me entretuve en leer y copiar el anuncio que había con un gran cartel en la marquesina.
      Programa de dirección de personas.
      ESIC BUSINES MARKETING SCHOOL
      Impulsamos tus desafíos.
      Headhunters.
      Tela.
      Son las ensoñaciones que tienen los más listos del sistema para que quienes se están formando tengan un acicate más para encontrar trabajo y salir de la crisis aunque luego la gran mayoría no consigan salir de la miseria. Se creen que son la inteligencia económica del no va más, haciendo creer a la gente joven que con esta formación tan rimbombante que ellos dispensan pueden encontrar trabajo y realizarse en su vida y sobre todo: muestran sin decoro que ese trabajo consiste en controlar el trabajo de otras personas a las que también les deberán hablar de formación y de desafíos.
      Marinera
     Son muchos los casos que puedo observar en torno a la formación necesaria de las personas para el trabajo, que además se supone que es una formación prioritaria ante cualquier otra circunstancia de la vida.
      Esta tarde he oído a un periodista cómo trataba de justificar el esfuerzo de formación que es necesario hagan todos los trabajadores de todos los sectores para enfrentarse a los actuales momentos de crisis y salir entre todos para adelante. Palabras. Es un periodista que se supone a sí mismo de izquierda y que cuando se le oyen sus argumentos parecen de izquierdas. Decía queriendo ponerse él mismo de ejemplo:
     También los periodistas hemos asumido ponernos al día y reciclarnos y nos vemos en la obligación de formarnos en nuestra profesión de periodistas y aprender de las nuevas tecnologías que son tan necesarias para nuestro oficio. Y sin pararse a mirar los años que tengamos cada uno, hemos de hacer algún master que nos ponga al día en la especialidad que nos ocupa… porque cada día es todo más complejo…  y además hemos de tener otra aptitud ante el trabajo que ya nada es sencillo. Y sin duda, hemos de aprender idiomas y tenemos que salir de casa y olvidarnos de que siempre hemos vivido en el mismo sitio y dejar a la familia si hace falta.
       Aquí ya le he dejado de escuchar.
       Total: tanto, tanto nada más que para comer.
      Y para no informar ni decir nunca la verdad.
      Palabras ya muy gastadas para consejos mil veces derrotados.
      Pues que igual no es tan de izquierdas.

      Hace unos años estaba trabajando en una pequeña empresa de distribución cuando ya estaba inmersa en ese mar de dificultades que pasado el tiempo ya las ha ahogado a casi todas. Una serie de cambios que planifiqué exigían buscar un comercial que trabajara en ampliar la zona geográfica en la que estábamos vendiendo y que profundizara en ella apoyado por un pequeño plan de fidelización.
      Fue imposible encontrar quien fuera capaz de hacer esta labor. Alguien que se hubiera formado en esas habilidades sociales necesarias para afrontar la defensa de lo propio y saber venderlo con la naturalidad que le hurta el marketing que hubiera aprendido no sé dónde. Quien parecía que podía hacer esa defensa tenía la costumbre y por tanto necesidad de que alguien le dijera cómo lo tenía que hacer y si acaso que en vez de enseñarle directamente lo hiciera él mismo. Me resultó curioso comprobar la escasa empatía que demostraron los vendedores para con las necesidades de quien compra tratando siempre de vender más lo que les interesaba que lo que le interesaba a sus clientes.
      También necesitábamos alguien que se hiciera cargo de una parte de la organización almacén. Una tarea muy sencilla y elemental. Imposible encontrar una persona con la capacidad suficiente para colocar en las estanterías: las latas con las latas y las botellas con las botellas, de poner las grandes abajo y las pequeñas arriba y saber buscarlas e identificarlas correctamente para no volverse loco luego. Es increíble ver cómo: quien está dispuesto a trabajar de almacenero no preste más cualidades que estar preparado para meter y sacar las cajas que le digan del lugar donde le digan y pasar la escoba de vez en cuando, cuando se lo manden.
      Lo más curioso es que también hubimos de buscar una persona que repartiera la mercancía a nuestros clientes. Esta selección es quimérica. Ordenar mercancía, albaranes de entrega, clientes en ruta y entrega en condiciones se convierte en un jeroglífico de imposible solución. Quienes se presentan son jóvenes a los que les gusta correr sobre cualquier vehículo de cuatro ruedas y por eso buscan un trabajo en el que a la vez de hacer la tarea puedan emular a cualquier piloto famoso.
      Esta es la formación para el trabajo que se ha conseguido desde siempre desde esa idea de que hay que trabajar. Una manera de formar personas con la que las estructuras individuales para afrontar cualquier tarea han quedado derrumbadas.

      El otro día, en otra de las empresas en las que presto mis servicios de planificar lo que se debe hacer para que luego hagan lo que quieran, el dueño, como en un lamento que se escapa de su ánimo, me dice que uno de los trabajadores que se hace cargo del mantenimiento de las máquinas que vendemos e instalamos, cuando acaba su jornada se ha puesto a estudiar dibujo. Sí, sí a dibujar.
       Para el empresario es muy difícil entender esta conducta de su empleado y no encuentra sentido que a sus años se ponga a estudiar dibujo como si no tuviera otra cosa mejor que hacer en la vida.
      ¡Mucho más valía que hubiera hecho un curso de electricista que le hubiera venido bien para el trabajo y hubiera sido bueno para todos... que cuando toca algo de electricidad se ve perdido…!
      Así han conformado la conciencia de quienes están en activo: no hay nada más importante en la vida que el trabajo.
      Mucho más importante que la propia vida.
Tengo unos amigos a los que conozco bien y desde que tengo relación con ellos sé qué piensan en relación a lo que es y representa el Euskera: el idioma originario de la tierra en la que vivo y que en las últimas décadas está saliendo del ostracismo. Hasta ahora ellos pensaban que para todos era una pérdida de tiempo y dinero tratar de resucitar una lengua muerta que no servía para nada de provecho y de la que no se podía extraer beneficio.
       Sin embargo mis amigos han tenido una hija cuando ya no la esperaban y en estos días la moceta ha comenzado su camino en la escuela y mis amigos han inscrito a su hija en la ikastola.
       No porque ahora haya nacido en ellos un inusitado amor por las lenguas muertas sino para que cuando sea mayor sepa hablar Euskera que así le será más fácil encontrar trabajo porque para trabajar en las instituciones y administraciones públicas requieren que se sepa aunque no sirva para nada salvo preservar algún derecho.
      Así se empiezan a comprender muchas cosas.
     Porque también la escuela con la necesaria prescripción de los padres y de las madres, forma a la infancia y a la adolescencia para que estén preparados para trabajar para que puedan encontrar empleo el día de mañana. A nadie se le ocurre decir que la escuela haya de formar para que los niños sean libres y felices. Y desde luego la escuela tampoco los prepara para que sean capaces de ser autónomos en sus vidas y saber resolver sus necesidades sin que haya de depender de que nadie cree un puesto de trabajo para él ni le diga lo que tiene que hacer.
     Yo creo que la mayor deficiencia que tiene la educación es que nos hacemos adultos y la mayoría de la población pensando en trabajar mañana, no ha aprendido a valerse por sí misma sin estar inmersa en el sistema en el que se piensa que es mejor trabajar para otros y si acaso para las estructuras del Estado y tener una dependencia absoluta de él.
          
      Sigo pensando en qué se puede hacer para formarse para el trabajo, cuando en realidad, hay una parte importante de la población que no tiene capacidad intelectual suficiente para el mundo laboral complejo que se ha creado persiguiendo un imposible y que en realidad, en ningún momento piensa en las necesidades reales de la sociedad.
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miércoles, 6 de agosto de 2014

Lo que cuesta hacer las cosas.


Toda la actividad humana en lo que al trabajo se refiere, desde el momento en que el tiempo tiene un valor económico, tiene limitados y estandarizados los tiempos precisos para hacer todas las cosas.
      Un día mi amigo Juan me pregunta:
      -   Pedro, ¿es posible que en mi empresa trabajando menos horas se pudiera producir lo mismo que lo que se produce ahora…?
      Al parecer era una duda que le corría a mi amigo por la cabeza, producto de una idea que pergeñaba desde hacía tiempo y que no sabía cómo darle forma en sus elucubraciones.
      Pensó que yo podía ayudarle a encontrar una respuesta.
      Sin pensármelo demasiado le dije:
      -  Sí… aunque parezca imposible siempre que pasa igual sucede lo mismo… y las cosas siempre cuesta hacerlas el tiempo que se tiene para hacerlas y cuanto más tiempo se tiene más cuestan. Te aseguro que incluso en algunos casos la baja calidad del trabajo se produce cuando se invierte más tiempo del necesario para hacerlas.
      Este es un principio sobre el tiempo, que pensé para mi trabajo hace ya algunos años. Y sin duda me costó definirlo justamente el tiempo que tenía para poder tener una fórmula con la que poder hacer frente a los muchos problemas de producción y organización en mi trabajo. La verdad es que me costó gran esfuerzo de observación y de concreción formularlo pero ahora me parece aprovechable para cualquier ámbito de la vida en que se trata de hacer algo.
      Ahora esta manera que tengo de ver la producción, cuando se lo expongo a quien está trabajando para que mida mejor sus tiempos y esfuerzos le molesta y me contestan que yo no he trabajado en la vida y que no sé muy bien lo que digo. Aunque lo cierto es que al final acaban haciendo lo que tienen que hacer en el tiempo que tienen porque no queda otro remedio si se quiere que funcionen las cosas.
      Juan trabaja en una cooperativa de trabajo asociado y desde unos principios que tiene interiorizados de procurar la justicia social y la solidaridad obrera. Mi amigo piensa que el desempleo es una lacra social que hay que atajar aunque no sabe bien cómo pues se enreda entre desear que se creen puestos de trabajo y la sensación de que se produce mucho más de lo que socialmente se necesita.
      Por eso, en sus pensamientos se diluyen sus preferencias por trabajar menos horas para poder ofrecer algún puesto de trabajo entre tanto paro como hay en la zona, pero sin querer, se ha dado cuenta de que en su empresa si trabajaran una hora menos al día para contratar a alguien en realidad no bajaría la producción y ni siquiera sería necesario contratar a nadie.
      Es que está todo organizado para que cueste lo que cuesta.
      Claro, una por una… meter las horas.
      Con que cambiaran dos cosas hasta nos sobraría tiempo.
      Y seguro que hasta hacíamos las cosas mejor.
      Se cruzan sus pensamientos con la realidad laboral que conoce.
      -   Pero amigo Juan, te puedo asegurar que este es un principio que se cumple siempre, hagas lo que hagas, independientemente que sea una tarea productiva o de ocio. Si lo observas detenidamente incluso viendo la televisión… estamos el tiempo que tenemos para verla aunque a veces estemos luego toda la tarde sin darnos cuenta.

Téngase en cuenta esta realidad:
Desde esta perspectiva que propongo de que las cosas cuestan el tiempo que tenemos para hacerlas, desde siempre gobiernos y curias a la humanidad se le ha marcado el tiempo que tenía para hacer las cosas que tiene obligación de hacer para tener derecho a comer. Al parecer se estableció que tenía que ser a razón de seis días de trabajo con un día de descanso. Se estableció en el génesis de la novela sagrada que estudian quienes creen en la existencia de un solo dios, con la intención de que ese séptimo día se utilizara para honrarle porque que también él, tuvo tasada la duración de la creación en siete días. Más no le podía costar.
      Luego para cada día para tener derecho a comer, se estableció que el trabajo debía ser de sol a sol con una jornada más o menos larga según la estación del año y según fueran las inclemencias de la naturaleza.
      En el último siglo se han entendido como una unidad de trabajo las ocho horas al día, que poco a poco se han convertido en cuarenta horas a la semana que ha sido la medida que se ha utilizado hasta llegar a este punto de crisis irreversible, en el que se hace necesario limitar de nuevo el tiempo de trabajo para que se acomode a las necesidades reales de la humanidad.
      Alargar el descanso semanal a dos días ha sido una modernidad que no se había permitido hasta que la mujer ha entrado al mundo del trabajo remunerado. De alguna manera, hace unos pocos años y sin decirlo a nadie para que no se corriera como un derecho innegable, se entendió que se trabajaba más de lo necesario. En ese mismo tiempo y por primera vez en la historia del viejo mundo, se empezó a ver mal que la infancia trabajara, si bien sigue trabajando en algunos rincones.
      No obstante todavía existen civilizaciones y zonas geográficas en las que es obligado trabajar de sol a sol casi todos los días del año. Que se puede ver de madrugada acudir al tajo a quienes todavía no han cruzado la adolescencia. Todo por el crecimiento y una supuesta mejora del bienestar en unas sociedades hundidas en la pobreza, en las que tanto trabajar, sin que les llegue para quitarse el hambre y desterrar la miseria.
      Allí todavía siguen engañando a la población,
      Algún día les dirán que no hace falta trabajar tanto.
      Es vergonzoso lo que hacen los poderes con el trabajo de la gente.
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      En el desarrollo de la actividad en las últimas décadas, el tiempo que se tiene para hacer las tareas es muy diferente según de qué producto se trata. En los procesos de la industria cada vez han de costar menos hacer las tareas porque los métodos industriales han ido mejorando paulatinamente y la competencia global hace que el tiempo las limite.
       Sin embargo, en las tareas de cuestiones sociales, aquellas para las que solamente es necesaria mano de obra con una cualificación que es  relativamente sencilla de alcanzar, por su necesidad incuestionable, cada vez es necesario más tiempo para hacerlas. Un tiempo que hay que buscar y habilitar en lugar de destinarlo a otras cosas que socialmente son menos importantes. Un tiempo del que dicen, al menos en términos económicos, no podemos permitirnos costear y que se limita en contra de los intereses generales de la sociedad.
      Dentro de estas variables que significan el tiempo que se tiene para hacer las cosas y la capacidad de aprovechamiento de ese tiempo y por lo tanto la capacidad  de producción se ha creado dos mundos paralelos:
      ·  El primero en el que todo el mundo va corriendo y siempre llega mucho más tarde que los orientales porque dicen que han demostrado que están más y mejor capacitados.
      ·  Y otro mundo de servicio a los demás en el que se trabaja con tranquilidad y permisividad y que está imbuido en la desorganización y la desidia y de una burocratización que lo está convirtiendo en inviable.
      Pero en los dos mundos está desapareciendo la gente que trabaja. Una por una en cualquier organización que no haya más personal del estrictamente necesario aunque no se esté haciendo el trabajo mínimo necesario para asegurar su eficiencia.
      En ninguno de ellos se entiende que se haya de limitar el tiempo de trabajo y en todo caso limitar y precarizar el número.
      Es importante entender esta dualidad en el mundo del trabajo.
      Este concepto del mundo interior y de las necesidades básicas en el que los unos nos servimos a los otros de todas esas cosas que conforman las necesidades de la condición humana, es un mundo que no tiene por qué verse afectado porque todo nos lo pagamos a todos.
      Y entre nosotros tenemos todo el tiempo del mundo.
      Y este tiempo en el que nos servimos, nos lo tienen más tasado que ningún otro, para que no nos sirvamos nosotros sino que les sirvamos a quien nos lo tasa: al sistema.
      Quizás en el fondo solamente quede una idea y es que las nuevas formas y conceptos de gestión hablan del trabajo y que aquellas funciones que se hacen por dos caminos distintos para ahorrar costes humanos y económicos haya que despedir a aquellos que duplican el esfuerzo o que le han cogido gusto a no hacer nada.
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      He observado durante muchos años que les cuesta mucho más hacer las cosas a quienes tienen que trabajar por necesidad, por obligación. Desde la concienciación cultural que han asumido, no ven el trabajo como un castigo que han de evitar y en todo caso han de aminorar en tiempo y esfuerzo, sino que tienen interiorizado que lo tienen que hacer porque su sino vital es que tienen que trabajar, y si acaso, sólo alguna vez limitan el esfuerzo. He comprobado que nunca tratan de poner freno al tiempo y siempre están dispuestos a hacer unas horas que total: para estar en casa sin hacer nada.
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lunes, 12 de mayo de 2014

Otros trabajos dignos.

Sin embargo hay otros trabajos en la sociedad que no son dignos.
      Las autoridades tratan de perseguirlos y ocultarlos.
      La filosofía y sabiduría social los desprecia.
      En estas páginas los quiero dignificar.
     
      Me llamo Pepe soy un mendigo y trabajo en esta calle.
      ¿Es la mendicidad un trabajo?
       Los poderes públicos prohíben la mendicidad y en todo caso la toleran en estos tiempos en los que hay quien ha de vivir pidiendo en la calle o de puerta en puerta,
       No obstante una parte importante de la población la rechaza y la mejor manera de rechazarla es no dando un euro a quien se lo pide. Algunas personas, para aliviar sus conciencias transmiten la leyenda de cómo son las mafias que se crean en torno a los limosneros que tienen tanto poder o más que las mafias de las mafias de verdad y cuentan cuántos mendigos han muerto siendo millonarios.
       Si los mendigos murieran siendo millonarios, no cabe ninguna duda de que el sistema no necesitaría de ningún cambio.
        Es la mendicidad un trabajo que ha de perseguir la autoridad porque no genera empleo ni paga impuestos y degrada el nivel de justicia social que parece corresponder con el sistema existente.

      ¿La prostitución es un trabajo?
       También las autoridades ven con malos ojos la prostitución y ni siquiera para recaudar impuestos le da visos de legalidad y aunque son muchas más las personas que utilizan los servicios de la prostitución que quienes confiesan que la utilizan, la realidad es que esta actividad está muy mal vista por la población tanto por las mentes bien pensantes como las mal pensantes.
       Qué diferencia hay entre la mendicidad y la prostitución y el trabajo como lo entendemos habitualmente en el que entregamos muchas horas de nuestra vida, nuestra fuerza física y nuestra capacidad intelectual por el precio que alguien nos quiere pagar y en tiempos como los que estamos viviendo, debiendo dar las gracias.

       Es muy complicado determinar cuáles son los trabajos dignos.
       Vamos a ver algunos ejemplos:
       Esta mañana he estado en una manifestación a propósito de una huelga general que se ha convocado donde vivo.
       Allí estábamos mucha gente de todas clases y condiciones y seguramente con ideas muy contradictorias entre las que nos movían a unas y a otras. Pero juntos andábamos de manera pacífica por medio de la calle casi todo el rato hablando con el que va a tu lado que a lo mejor hace mucho tiempo que no lo veías y que además había sido en las mismas circunstancias. De repente  más delante de donde yo iba, una avalancha de gente salió corriendo despavorida después de que sonara los disparos de pelotas de goma. De pronto delante de mí no había nadie y a unos cincuenta metros quedaba dos contingentes de la policía. Unos: vestidos de negro y los otros: uniformados de rojo.
Allí parado por la incapacidad de moverme a mí no se me ocurría otra cosa que no tener miedo. Y gritaba ¡vamos, vamos que no hay que tener miedo! Y me acercaba junto con otros hasta donde estaba la policía y pensaba para mis adentros para hacer acopio de valor: cómo puede alguien tener un trabajo en el que ha de: amedrentar, provocar, amenazar, pegar, disparar y en casos extremos llegar a matar, a personas como yo que no hemos hecho nada de lo que se nos pueda acusar… si acaso protestar.
      Protestar por una sola de las cosas por las que protestaría.
      Es este un trabajo digno.
     
      Aquí, donde estoy escribiendo estas páginas, recogido entre las montañas de la Sierra del Cuera, en el Valle Oscuro, las pocas personas que viven y que tienen capacidad para trabajar no tienen trabajo. Es el resultado de las políticas que para ser más eficientes han implantado y acabado con todas las economías rurales en las que se había vivido durante siglos sin más dependencia y denuedo que la que procuraba la propia naturaleza a la que se agarraban.
      También eran trabajos dignos con los que ya no se puede subsistir.
       En medio de la crisis, quien puede, trabaja algunos meses en el sector del turismo, el de la construcción hace tiempo que ha muerto y no se ha acabado con el problema de trabajar porque quien vuelve a trabajar a la ganadería difícilmente se gana la vida.
       Hay quien se apunta al ejército para defender la patria.
       Luego lo mandan a Afganistán a trabajar por la paz.
      ¿Son éstos los nuevos trabajos dignos de ser mantenidos…?
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       Uno de los trabajos, que no profesión, que a mí más me asombran es el de guardaespaldas, escoltas. Personas con las que me he cruzado por las calles de mi pueblo haciéndole la corte al alcalde de turno corriendo tras él y mirando a todas las partes a la vez.
       No me cabe en la cabeza: cómo es posible que haya personas que sean capaces de asegurar que van a entregar su vida por otro porque es ese su trabajo.
       Qué sabrá él, de lo qué pasará el día que se vea en ese brete.
       Qué concepto se puede tener del trabajo si ha de jugarse la vida. 
        Es conveniente reflexionar cuántas personas y cuántos empleos tienen el mismo cariz que el de los guardaespaldas, guardar: los intereses, las propiedades, la fama y el buen nombre de otros tantos poderosos: sistemas, instituciones o personas a cuenta de su propio nombre, de su propia fama y de su mayor propiedad.
       Todos sobran.
       Quien nada ha hecho nada tiene que temer. Decía un ministro.
      
       Otro trabajo que me transmite mucha pena interior es el de las personas contratadas para que vigilen los coches y no estén en los aparcamientos de pago más tiempo que el que han pagado. Todo el día en la calle tratando de poner buena cara a quién han denunciado. La verdad es que me enteré hace unos días que les llaman gusanos porque hay uno en cada manzana. Estos empleos tienen todos los componentes de lo que nunca debería ser un trabajo.
        -     Servicio público absolutamente innecesario.
     -  Gestionado por la empresa privada.
     -   Mal pagado y sancionador.
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Los bancarios me vienen ahora mismo a la cabeza.
      Nos tocan muy de cerca y nadie sabemos qué son en realidad.
      No hay más orgullo para los trajes de paño y las corbatas.
      Para las mujeres que han triunfado profesionalmente.
      Trabajar tras las ventanillas de un banco es una de las dichas más grandes que ha encontrado cualquier persona joven y brillante.
       Los bancarios son de los escasos profesionales a los que por medio de los ordenadores les han medido su productividad al céntimo.
       Productividad que a ellos se la han pagado también al céntimo.
       Sueldos, primas, comisiones, objetivos, bonos.
       Aquellas personas que hace unos años eran las de tu confianza, las únicas que sabían cuánto dinero tenías y si te iba la cosa bien o mal, en los últimos años han aprendido a robar, a robar a sus clientes a los más débiles mucho más que a los pudientes.
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        Empresario, creo que también es una profesión de la que se había de evaluar su necesidad social como líderes de la actividad económica sobre la que se basa el sistema. En la división del trabajo, cuando a alguien le corresponde ser empresario, con mejor o peor fortuna, como si de un sacerdocio que imprime carácter se tratara, se es empresario durante toda la vida. Si la empresa le lleva al empresario al trabajo abnegado de muchas horas y de muchos días y al fracaso económico, las consecuencias financieras le puede perseguir de por vida.
       La sociedad no perdona el fracaso de los demás.
       Si la empresa le lleva al trabajo límite estresante y absorbente y al éxito, las consecuencias son más insignificantes pero garantizan convertirse en un perfecto sinvergüenza ante los ojos de quienes la conocen y en un presunto delincuente.
       La sociedad no asimila el éxito que no sea el suyo.
       Para seguir vivo con su empresa el empresario tira para adelante. Trata de buscar nichos de mercado en aquellos lugares en los que nunca nadie ha pensado antes, por lo tanto se ha inventado un servicio, un trabajo que aunque no sirva para nada, el mercado lo ha dado por bueno y ya trabaja para que ese cuento dure toda la vida.
       No merece la pena: ni tanto mérito, ni tanta tragedia.
       No merece la pena crear tanto trabajo ni tanto cuento.
       El mismo empresario atenta contra su propia dignidad.
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